—Ya sabes lo que quiere decir, ¿no? ¿Una cena con su madre? —apuntó Marcia al tiempo que esbozaba una mueca de escepticismo.
Mientras hablaba, no paraba de picotear pasas de una cajita. Sophia sabía que esas pasas constituían su desayuno, almuerzo y cena de aquel día. Marcia, al igual que otras chicas en la residencia, hacía dieta para poder tomarse luego un
cóctel por la noche sin remordimientos o para compensar las calorías de más que contenía la bebida que ya había tomado la noche anterior.
Sophia se estaba colocando una horquilla en el pelo, a punto de salir.
—Creo que quiere decir que comeremos algo.
—Ya vuelves a contestar con evasivas —advirtió Marcia—. Ni siquiera me
has contado lo que hicisteis el jueves por la noche.
—Te dije que al final cambiamos de idea y cenamos en un restaurante
japonés. Luego fuimos al rancho.
—¡Vaya, vaya! —exclamó—. Puedo imaginar con gran lujo de detalles qué
sucedió después.
—Pero ¿se puede saber qué esperas que te cuente? —soltó Sophia,
exasperada.
—¡Pues eso, que me des detalles específicos! Y dado que es obvio que no piensas hacerlo, deduzco que los dos os pusisteis calientes y con ganas de sexo.
Sophia terminó con la horquilla.
—Te equivocas. Pero ¿por qué te interesa tanto…?
—¡Ay, chica! ¡Yo qué sé! —la atajó Marcia—. ¿Quizá por tu aspecto risueño estos últimos días, o porque el viernes en la fiesta no te pusiste tensa cuando viste a Brian, o porque durante el partido de fútbol americano, cuando te llamó tu
cowboy, te alejaste para hablar tranquilamente con él, a pesar de que nuestro equipo estaba a punto de marcar? Si quieres que te diga la verdad, diría que vuestra relación va en serio.
—Nos conocimos el fin de semana pasado. No puede ir en serio.
Marcia sacudió la cabeza.
—No, mira, no me lo trago, ¿sabes? Creo que ese chico te gusta mucho más de lo que estás dispuesta a admitir. Pero también debería prevenirte de que probablemente no es una buena idea.
Cuando Sophia se volvió hacia ella, Marcia se echó las últimas pasas en la
palma de la mano e hizo un borujo con la cajita de cartón. La lanzó a la papelera, pero erró el tiro, como de costumbre.
—Acabas de salir de una relación. Todavía te estás recuperando. Y las relaciones que surgen en periodo de recuperación no funcionan —argumentó con absoluta seguridad.

—No me estoy recuperando de nada. Hace tiempo que corté con Brian.
—No tanto. Y para que lo sepas, él todavía siente algo por ti. Incluso después del incidente del fin de semana pasado, todavía quiere volver contigo.
—¿Y?
—Solo te recuerdo que Luke es el primer chico con el que sales desde la
ruptura, lo que significa que no has tenido tiempo para recapacitar sobre qué es lo que realmente buscas. Aún estás descolocada. ¿Acaso no recuerdas cómo actuaste el fin de semana pasado? Casi te da un patatús cuando viste a Brian en el
granero. Y de golpe, mientras todavía te encuentras en este estado emocional tan frágil, conoces a otro chico. Pero recuperarse significa darse un tiempo para recapacitar, y las relaciones que surgen en esa fase no funcionan, porque uno no
está debidamente centrado. Luke no es Brian, eso y a lo entiendo. Lo que quiero decir es que, dentro de unos meses, quizá quieras algo más que no simplemente un « él no es Brian» y, por consiguiente, si no andas con cuidado, te harás daño.
O se lo hará él.
—Solo voy a cenar —protestó Sophia—. Nada del otro mundo.
Marcia se echó las últimas pasas a la boca.
—Si tú lo dices…
A veces, Sophia detestaba a su compañera de habitación. Como en ese preciso instante, sentada al volante de camino al rancho. Llevaba tres días de un humor excelente, incluso se lo había pasado bien en la fiesta y en el partido de fútbol del
viernes. Aquel mismo día, unas horas antes, había conseguido redactar bastantes páginas del trabajo sobre el Renacimiento que tenía que entregar el martes. En resumen, había sido una semana magnífica, y entonces, justo cuando se estaba preparando para salir en un estado de ánimo casi eufórico, Marcia había abierto
la boca y le había metido todas esas estúpidas ideas en la cabeza. Porque si de una cosa estaba segura era de que no estaba tratando de recuperarse de lo de Brian sin más.
¿De acuerdo?
No se trataba solo de haber roto con Brian, sino que estaba encantada de
haberlo hecho. Desde la primavera pasada, la relación entre ellos se había
deteriorado; Sophia se sentía como Jacob Marley, el fantasma en el Cuento de Navidad, de Dickens, que se ve obligado a arrastrar las cadenas que él mismo se forjó en vida. Después de que Brian le pusiera los cuernos por segunda vez, Sophia erigió un muro emocional entre ella y él, si bien no cortó con él de
inmediato. Todavía le amaba, pero no de la misma forma ciega, inocente y
apasionada. En parte, sabía que Brian nunca cambiaría, y ese sentimiento no hizo más que consolidarse a lo largo del verano.
Al final, sus instintos le demostraron que tenía razón. Cuando cortó con él,
tuvo la impresión de que los dos llevaban mucho tiempo yendo por sendas separadas.
Sophia no podía negar que después se desmoronó. ¿A quién no le pasaría?
Llevaban casi dos años saliendo juntos; habría sido extraño que no le hubiera afectado. Pero le dolían mucho más otras cosas que él había hecho: las llamadas, los mensajes de texto, que la siguiera por el campus. ¿Cómo era posible que Marcia no pudiera comprenderlo?
Satisfecha de haber sido capaz de pasar página, Sophia se aproximó a la
salida de la carretera que la llevaría hasta el rancho, sintiéndose un poco mejor.
Marcia no sabía qué decía. Ella se sentía bien, emocionalmente hablando, y no se estaba recuperando de una ruptura. Luke era un chico estupendo y se estaban
conociendo. ¡Ni que fuera a enamorarse perdidamente de él! ¡Vaya, que ni se le
había pasado por la cabeza!
¿De acuerdo?
Mientras recorría el último tramo de la carretera, seguía intentando silenciar la enervante voz de su compañera de cuarto, sin estar segura de si debería aparcar delante de la cabaña de Luke o un poco más arriba, en la explanada que había
delante del rancho. Empezaba a oscurecer, y una fina capa de niebla iba ganando terreno poco a poco. A pesar de los faros, tuvo que inclinarse sobre el volante para ver adónde iba. Conducía despacio, preguntándose si Perro aparecería para guiarla. Justo entonces, lo avistó un poco más arriba, junto al desvío.
Perro trotó delante del vehículo. De vez en cuando giraba el hocico hacia
atrás para confirmar que ella lo seguía, hasta que llegaron a la cabaña de Luke.
Sophia aparcó en el mismo sitio que la vez anterior. Había luz dentro de la
cabaña, y atisbó a Luke, apostado junto a la ventana de una estancia que debía de ser la cocina. Cuando apagó el motor y se apeó del coche, Luke ya había salido al porche y se dirigía hacia ella. Llevaba vaqueros, botas y una camisa blanca con las mangas subidas hasta los codos. Le faltaba el sombrero.
Sophia respiró hondo, intentando relajarse al tiempo que deseaba por enésima vez no haber hablado con Marcia. Pese a la oscuridad, estaba segura de que él sonreía.
—¿Qué tal? —gritó él.
Cuando estuvo más cerca, se inclinó para besarla. Sophia aspiró el aroma a
champú y jabón. Fue un beso corto, de bienvenida, pero Luke detectó su
indecisión.
—Te preocupa algo —dijo.

—No es nada —apostilló ella a la vez que le ofrecía una sonrisa fugaz, aunque no se atrevió a mirarlo a los ojos.
Luke no dijo nada por unos instantes, luego asintió con la cabeza.
—Me alegro de que hayas venido.
A pesar de que la miraba sin vacilar, Sophia se preguntó qué debía de estar
pensando.
—Yo también.
Luke retrocedió un paso y hundió la mano en el bolsillo.
—¿Has acabado el artículo?
La distancia propició que Sophia pudiera pensar sin tanta presión.
—No del todo, pero está bastante adelantado. ¿Qué tal por aquí?
—Muy bien —contestó él—. Hemos vendido casi todas las calabazas. Las
únicas que quedan son para preparar tartas.
Sophia se fijó, por primera vez, en que Luke tenía el pelo un poco húmedo.
—¿Qué haréis con ellas?
—Mi madre hará conservas. Y luego, durante el resto del año, preparará las
tartas más deliciosas y el pan de calabaza más sabroso del mundo.
—Quizá podríais montar otro negocio.
—Ni hablar. Pero no porque ella no sea una buena cocinera, sino porque
odiaría pasarse el día en la cocina. Le gusta más estar al aire libre.
Por un momento, ninguno de los dos dijo nada. Por primera vez desde que se habían conocido, Sophia tuvo la impresión de que el silencio se tornaba incómodo.
—¿Estás lista? —preguntó Luke, al tiempo que señalaba hacia la casa—. Hace unos minutos he encendido el carbón para las brasas.
—Estoy lista —anunció ella.
Mientras caminaban, Sophia se preguntó si él le cogería la mano, pero no lo hizo. En vez de eso, la dejó sola con sus pensamientos. Rodearon la plantación de abetos; la niebla seguía espesándose, en especial a lo lejos, donde los pastizales quedaban y a completamente ocultos. El granero no era más que una sombra, y
el rancho, con sus luces en las ventanas, parecía una calabaza de Halloween gigante.
Ella podía oír el crujido de la gravilla bajo sus pies.
—¿Sabes que todavía no me has dicho cómo se llama tu madre? ¿Me he de
dirigir a ella como señora Collins?
La pregunta pareció desconcertarlo.
—No lo sé, y o siempre la llamo « mamá» .
—¿Cuál es su nombre de pila?
—Linda.
Sophia hizo una prueba mental, hasta que al final concluy ó:
—Creo que me dirigiré a ella como señora Collins. Dado que es la primera vez que nos conocemos, quiero caerle bien.
Luke se dio la vuelta y, pillándola por sorpresa, le estrechó la mano entre las
suyas.
—Le caerás bien.
Antes de que tuvieran tiempo de cerrar la puerta de la cocina, Linda Collins dejó de pulsar el botón de la batidora y miró primero a Luke y luego escrutó a Sophia, antes de darse de nuevo la vuelta hacia Luke. Dejó la batidora en la encimera, con las cuchillas revestidas de puré de patatas, y se secó las manos en el delantal.
Tal como Luke había dicho, iba vestida con unos vaqueros y una camisa de manga corta, aunque había reemplazado las botas por unos zapatos cómodos.
Llevaba el pelo canoso recogido en una cola de caballo holgada.
—Así que esta es la jovencita que has estado ocultando, ¿eh?
Abrió los brazos y le ofreció a Sophia un rápido abrazo.
—Encantada de conocerte. Soy Linda.
Su cara mostraba los efectos de los años pasados trabajando a pleno sol, si bien su piel estaba menos curtida de lo que Sophia había esperado. Su abrazo le transmitió una fuerza inherente, la clase de tono muscular que provenía del trabajo duro.
—Encantada. Soy Sophia.
Linda sonrió.
—Me alegro de que por fin Luke haya decidido invitarte para que te conozca.
Estaba empezando a creer que se avergonzaba de su vieja madre.
—Ya sabes que eso no es verdad —protestó Luke.
Su madre le guiñó el ojo a Sophia antes de abrazar a su hijo.
—¿Qué tal si empiezas a preparar los bistés? Se están marinando en la nevera; así nos darás a Sophia y a mí la oportunidad de conocernos mejor.
—De acuerdo. Pero recuerda que me has prometido que no serías muy dura con ella.
Linda no pudo ocultar su cara de júbilo.
—De verdad, no sé por qué dices esas cosas. ¡Si soy muy campechana! ¿Te
apetece beber algo? Esta tarde he preparado té al sol.
—Pues sí que me apetece, gracias —contestó Sophia.
Luke le dedicó una expresión de « buena suerte» antes de enfilar hacia el
porche, mientras Linda servía té en un vaso y luego se lo ofrecía a Sophia. Ella tenía su propio vaso en la encimera, y volvió a acercarse a los fogones, donde abrió un frasco de judías verdes que Sophia dedujo que eran del huerto de la finca.
Linda las vertió en una sartén y las salpimentó, luego añadió un poco de
mantequilla.

—Luke me ha dicho que estudias en Wake Forest, ¿verdad?
—Sí, estoy en el último curso.
—¿De dónde eres? —le preguntó mientras encendía uno de los quemadores y bajaba la llama—. Tengo la impresión de que no eres de esta zona.
Se lo preguntó del mismo modo que lo había hecho Luke la noche en que se
conocieron, con curiosidad, pero sin mostrar ningún juicio de valor. Sophia respondió contándole todos los detalles básicos de su vida, aunque solo a grandes rasgos. A su vez, Linda le contó algunos pormenores de la vida en el rancho, y la conversación fluyó con tanta facilidad como con Luke. Por la descripción de
Linda, era evidente que ella y Luke eran intercambiables cuando se trataba de llevar a cabo las tareas diarias; los dos podían encargarse de todo, aunque Linda se ocupaba más de las cuentas y de cocinar, mientras que Luke se dedicaba al trabajo al aire libre y a reparar la maquinaria, más por preferencia que por otros motivos.
Linda señaló hacia la mesa para que Sophia se sentara, justo en el momento en que Luke entraba de nuevo en la cocina. Él se sirvió un vaso de té y volvió a salir al porche para acabar de preparar los bistés.
—A veces me arrepiento de no haber ido a la universidad —prosiguió Linda
—. O, como mínimo, de no haber asistido a algunas asignaturas.
—¿Qué te habría gustado estudiar?
—Contabilidad, y quizás algo relacionado con la agricultura o la gestión de la ganadería. Tuve que aprenderlo todo por mí misma, y cometí un montón de errores.
—Pues se te ve muy cómoda en este entorno —observó Sophia.
Linda no dijo nada. Se limitó a coger el vaso y tomó otro sorbo.
—¿Decías que tienes hermanas menores?
—Tres —puntualizó Sophia.
—¿Cuántos años tienen?
—Tengo una de diecinueve y dos de diecisiete.
—¿Gemelas?
—Mi madre dice que ella ya estaba más que satisfecha con dos, pero mi
padre realmente quería un hijo varón, así que lo intentaron una vez más. Según mi madre, casi le dio un ataque al corazón cuando el médico le anunció que esperaba gemelos.
Linda tomó otro sorbo de té.
—Supongo que debió de ser divertido, crecer en una casa llena de gente.
—Bueno, era un piso. Todavía lo es. Pero sí que era divertido, a pesar de que a veces nos faltara espacio. Echo de menos compartir mi cuarto con mi hermana Alexandra. Dormimos en la misma habitación hasta que fui a la universidad.
—Así que sois una familia unida.
—Así es —admitió Sophia.

Linda la escrutó con la misma ternura con que Luke solía hacerlo.
—Pero hay un « pero» , ¿no?
—Bueno…, es que… es diferente. Es mi familia, y seguimos muy unidos,
pero todo cambió cuando me marché a estudiar a la universidad. Alexandra
estudia en Rutgers, pero, más o menos, puede ir a casa todos los fines de semana, a veces incluso durante la semana, y Branca y Dalena todavía viven con mis padres, van al instituto y trabajan en la charcutería de la familia. En cambio, yo estoy lejos de ellos ocho meses al año. En verano, justo cuando empiezo a recuperar la sensación de normalidad, me toca marcharme de nuevo. —Sophia
deslizó la uña por la superficie de la mesa de madera, llena de arañazos—. La cuestión es que no sé qué puedo hacer para volver a ser una más. Dentro de unos meses me graduaré, y a menos que acabe con un trabajo en Nueva York o en Nueva Jersey, no sé con qué frecuencia podré ir a visitarlos. ¿Y qué pasará
entonces?
Sophia podía notar la mirada incisiva de Linda, y se dio cuenta de que era la
primera vez que expresaba esos pensamientos en voz alta. No estaba segura de por qué lo había hecho; quizá porque la conversación con Marcia le había provocado una sensación de inestabilidad, o quizá porque Linda parecía una
persona en la que se podía confiar. Mientras expresaba sus temores, de repente se dio cuenta de que hacía tiempo que quería compartirlos con alguien que pudiera comprenderla.
Linda se inclinó hacia delante y le propinó unas palmaditas en la mano.
—Es duro, pero ten en cuenta que eso pasa en casi todas las familias. Los
hijos se separan de los padres, los hermanos y las hermanas se distancian por circunstancias de la vida. Pero luego, a menudo, vuelven a unirse. Lo mismo le pasó a Drake y a su hermano…
—¿Drake?
—Mi difunto esposo —explicó—. El padre de Luke. Él y su hermano estaban muy unidos, y entonces Drake empezó a competir en los rodeos y durante muchos años apenas se vieron. Después, cuando Drake se retiró, retomaron el contacto. Esa es la diferencia entre la familia y las amistades. La familia siempre está a tu lado, pase lo que pase, aunque no viva en la casa de al lado. Eso
significa que encontrarás una forma de mantener el contacto con ellos;
especialmente si valoras tanto ese vínculo.
—Es cierto, lo valoro mucho —admitió Sophia.
Linda suspiró.
—Siempre quise tener hermanos —confesó—. Creía que sería divertido eso de tener a alguien con quien jugar, con quien hablar… Solía pedirle un hermanito a mi madre, y ella siempre contestaba con un « ya veremos» . Hasta unos años
después no supe que mi madre había sufrido varios abortos espontáneos y… —se le quebró la voz antes de continuar— que ya no podía tener más hijos. A veces, las cosas no salen como uno quiere.
Por su expresión, Sophia intuyó que Linda también había sufrido varios
abortos. De repente, retiró la silla para ponerse nuevamente de pie, un gesto más que obvio para zanjar el tema.
—He de cortar unos tomates para la ensalada —apuntó—. Los bistés estarán listos en un pispás.
—¿Puedo ay udar en algo?
—Si quieres, puedes poner la mesa —sugirió Linda—. Los platos están ahí, y
los cubiertos en ese cajón —indicó, al tiempo que señalaba con el dedo.
Sophia siguió sus indicaciones y puso la mesa. Linda troceó unos tomates,
unos pepinos y cortó la lechuga. Luego lo mezcló todo en un cuenco de vivos colores justo cuando Luke regresaba con los bistés.
—Hay que dejarlos reposar un par de minutos —anunció Luke, mientras
depositaba la bandeja en la mesa.
—Justo a tiempo —apuntó su madre—. Solo he de servir las judías y las
patatas en unos cuencos y la cena estará lista.
Luke tomó asiento.
—¿De qué hablabais? Desde el porche, daba la impresión de que estabais
inmersas en una conversación seria.
—Hablábamos de ti —dijo su madre antes de darse la vuelta con un cuenco en cada mano.
—Espero que no; no soy un tipo tan fascinante.
—Nunca hay que perder la esperanza, hijo —replicó su madre, y Sophia se
echó a reír.
La cena fue amena, salpicada de risas y anécdotas. Sophia contó algunas
chiquilladas y vicisitudes de la residencia de estudiantes, incluido el hecho de que habían tenido que reemplazar las cañerías porque muchas chicas eran bulímicas,
y su vómito picaba las tuberías. Luke relató algunas de las cosas más divertidas que le habían pasado en los rodeos; en una de sus anécdotas, habló de un amigo —del que no quiso decir el nombre— que una vez ligó con una mujer en un bar y
que luego descubrió que no era…, bueno, que no era realmente una mujer. Linda amenizó la charla con historias sobre la infancia de Luke y explicó algunas trastadas que había cometido en el instituto, ninguna de ellas demasiado escandalosa. Como muchos de los chicos que Sophia había conocido en el instituto, Luke se había metido en algún que otro lío, pero también supo que todos
los años ganaba el campeonato estatal de lucha libre (además de los rodeos, por supuesto). No era de extrañar que no se hubiera sentido intimidado por Brian.
Durante la velada, Sophia se dedicó a observar y a escuchar. Cada minuto
que pasaba, las advertencias de Marcia iban perdiendo fuerza. Cenar con Linda y Luke era fácil. Ambos escuchaban y hablaban del mismo modo informal, como
lo hacía su familia, algo completamente diferente a sus inhibidos encuentros sociales en Wake Forest.
Tras dar buena cuenta de los bistés, Linda sirvió la tarta que había horneado.
Era la cosa más deliciosa que Sophia jamás había probado. Después, los tres recogieron la cocina: Luke lavaba los platos y Sophia los secaba, mientras que Linda envasaba la comida restante y la guardaba.
Era tan parecido a estar en casa, que Sophia pensó en su familia, y por
primera vez se preguntó qué opinarían sus padres de Luke.
De camino a la puerta, Sophia abrazó a Linda, igual que Luke. Sophia se fijó
nuevamente en la definición de la musculatura en los brazos de aquella mujer mientras abrazaba a su hijo. Cuando se separaron, Linda le guiñó el ojo.
—Ya sé que os quedaréis un rato juntos, pero recuerda, Luke: Sophia tiene clase mañana, así que no la entretengas demasiado. Además, ya sabes que tienes que madrugar.
—Siempre madrugo —alegó él.
—Esta mañana no, ¿recuerdas? —Acto seguido, se volvió hacia Sophia—. Me
ha encantado conocerte. Vuelve pronto, ¿de acuerdo?
—Así lo haré —prometió ella.
Luke y Sophia salieron al encuentro del aire frío de la noche. La niebla, que se había vuelto más espesa, otorgaba al paisaje una calidad onírica. El aliento de Sophia se condensaba en pequeñas nubes de vapor. De camino a la cabaña, se
colgó del brazo de Luke.
—Me gusta tu madre —admitió—. No es como me la imaginaba, según tu
descripción.
—¿Cómo te la imaginabas?
—Supongo que pensaba que me intimidaría. O que se mostraría muy poco afectuosa. No suelo conocer a personas capaces de soportar el dolor de una muñeca rota todo el día sin quejarse.
—Estaba de buen humor —alegó Luke—. Te aseguro que no siempre se
muestra tan efusiva.
—¿Como cuando está enfadada contigo, por ejemplo?
—Como cuando está enfadada conmigo, por ejemplo —repitió él—. Y
también en otras ocasiones. Cuando hace tratos con los proveedores o va a la feria a vender el ganado, puede ser tremenda.
—Eso es lo que tú dices. A mí me parece una mujer dulce, inteligente y
divertida.
—Me alegro. A ella también le has gustado. Para mí era evidente.
—¿Ah, sí? ¿Por qué?
—No te ha hecho llorar.
Sophia le propinó un codazo cariñoso.

—Más vale que seas agradable con tu madre o daré media vuelta y le
contaré lo que dices de ella.
—Nunca soy desagradable con ella.
—¿Nunca? —lo pinchó Sophia, en parte en broma y en parte para provocarlo—. De ser así, ella no se habría enfadado contigo.
Ya en la cabaña, Luke la invitó a pasar por primera vez. Él entró primero y enfiló hacia la chimenea del comedor, donde había unos troncos apilados. Tomó una caja de cerillas de la repisa y se agachó para encender el fuego.
Mientras tanto, Sophia examinó el comedor y luego la cocina, sorprendida ante la decoración ecléctica. Había un par de modernos sofás bajitos de piel color marrón con pinta de ser muy cómodos, complementados con una mesita
rústica sobre la típica alfombra de piel de vaca. Dos mesitas rinconeras
desiguales servían de base para unas lámparas de hierro forjado iguales. En la pared, sobre la chimenea, colgaba una cabeza de ciervo con una impresionante cornamenta. La sala era funcional y sin pretensiones, desprovista de trofeos,
medallas o artículos enmarcados.
Sophia vio unas pocas fotos de Luke tomadas en algún rodeo, expuestas entre otras más tradicionales: una de su madre y su padre en lo que supuso que era una fiesta de cumpleaños; otra de un Luke jovencito y su padre, en la que ambos sostenían un pez recién pescado; y, por último, una foto de su madre junto a uno de los caballos, en la que ella sonreía a la cámara.
La cocina, situada a un lado, era más difícil de describir. Al igual que la de su madre, en el centro había una mesa, pero los armarios y las encimeras de madera de arce estaban prácticamente nuevos. En el lado opuesto, el corto pasillo que salía del comedor llevaba al cuarto de baño y a lo que supuso que eran las habitaciones.
En la chimenea, las llamas empezaban a chispear. Luke se puso de pie y se
limpió las manos en los vaqueros.
—¿Qué te parece?
—Muy acogedor —contestó ella mientras se acercaba a la chimenea.
Se quedaron de pie junto al fuego, dejando que los calentara, antes de
dirigirse al sofá. Sophia se sentó junto a Luke y notó que él la observaba
atentamente.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —dijo él.
—Adelante.
Él vaciló unos instantes.
—¿Te encuentras bien?
—¿Por qué no iba a estarlo?
—No lo sé. Cuando has llegado, parecías preocupada.

Sophia permaneció callada unos momentos. No estaba segura de si contestar o no. Finalmente se decidió: « ¿Por qué no?» . Se inclinó hacia él al tiempo que le alzaba la muñeca. Luke comprendió lo que ella quería y deslizó el brazo por encima de su hombro, permitiéndole apoyarse en su pecho.
—Solo es una tontería que me ha dicho Marcia.
—¿Sobre mí?
—No, más bien era sobre mí. Ella cree que vamos un poco deprisa y que yo
no estoy lista, emocionalmente hablando, para una nueva relación seria. Está convencida de que aún me estoy recuperando de la ruptura con Brian.
Él se apartó para estudiarla.
—¿Y lo estás?
—No tengo ni idea —admitió Sophia—. Todo esto es nuevo para mí.
Luke soltó una carcajada antes de volver a ponerse serio. La abrazó con
ternura y le besó el pelo.
—Bueno, si con ello consigo que te sientas mejor, te diré que para mí también es algo nuevo.
La noche fue avanzando, y ellos continuaron sentados frente al fuego,
charlando tranquilamente, con familiaridad, como desde el primer día. De vez en cuando, la leña crepitaba en la chimenea y desprendía unas chispas refulgentes
que bañaban la estancia con una luminosidad tamizada, íntima y acogedora.
Sophia pensó que no solo era fácil pasar el rato con Luke, sino que además se le antojaba una experiencia totalmente positiva. Con él, podía ser ella misma; era
como si pudiera explicarle cualquier cosa, pues él, de forma intuitiva, la
comprendía. Con sus cuerpos acurrucados, Sophia tenía la maravillosa impresión
de que estaban hechos el uno para el otro.
Con Brian no había tenido la misma sensación. Con Brian, siempre le había preocupado no ser lo bastante buena para él; peor todavía, a veces dudaba si realmente lo conocía. Siempre había tenido la impresión de que todo era fachada, de cara a la galería, y que en realidad no sabía cómo era. Había asumido que era ella la que hacía algo mal, que sin querer creaba barreras entre ellos. Con Luke, en cambio, no le pasaba lo mismo. Se sentía como si lo conociera de toda la vida. Habían sintonizado enseguida. Se dio cuenta de lo que se había estado perdiendo.
Mientras la madera ardía hipnóticamente, las palabras de Marcia acabaron de alejarse de sus pensamientos, hasta que, de repente, y a no la importunaron más. ¡Qué más daba si aquella relación iba demasiado deprisa o no! La cuestión
era que Luke le gustaba y que disfrutaba de cada minuto que pasaba con él. No estaba enamorada, pero mientras sentía cómo el pecho de Luke se hinchaba y deshinchaba rítmicamente, no le costó en absoluto imaginar que sus sentimientos
pudieran empezar a cambiar muy pronto.
Más tarde, cuando entraron en la cocina para tallar la calabaza, sintió una punzada de pena al pensar que la noche estaba a punto de tocar a su fin.
Permaneció de pie junto a Luke, observando con desmedida atención cómo, despacio pero con firmeza, él iba dando forma a la típica calabaza de Halloween, con una apariencia más intrincada de las que ella tallaba cuando era pequeña. En la encimera había cuchillos de diversos tamaños, cada uno con una forma distinta. Sophia observó a Luke, que perfilaba la sonrisa de la boca tallando solo la
corteza exterior, hasta dar forma a lo que parecían los labios y los dientes. De vez en cuando, él se apartaba un poco hacia atrás, para examinar su trabajo. Los ojos fueron lo siguiente; de nuevo talló solo la corteza y esculpió con detalle unas
pupilas antes de cortar con cuidado el resto.
Luke esbozó una mueca cuando empezó a vaciar el contenido.
—Nunca me ha gustado esta sensación pegajosa —comentó, y ella rio, divertida.
Cuando prácticamente ya había acabado, le ofreció el cuchillo y le preguntó si quería rematar el trabajo. Al notar la calidez de su cuerpo contra el suyo, a Sophia le tembló la mano. Por suerte, la nariz de la calabaza de Halloween salió bien, pero una de las cejas acabó torcida, lo que añadió un toque de locura a su expresión.
Cuando aquella obra de arte estuvo terminada, Luke insertó una pequeña vela y la encendió, luego llevó la calabaza hasta el porche. Se sentaron en las mecedoras y se pusieron otra vez a charlar tranquilamente mientras la calabaza iluminada les mostraba su consentimiento a través de su sonrisa.
Luke arrimó su mecedora a la de Sophia. A ella no le costó nada imaginarse a ambos sentados juntos durante cientos de noches más como aquella. Más tarde, cuando la acompañó hasta el coche, Sophia tuvo la sensación de que él había
estado imaginando exactamente lo mismo. Tras colocar la calabaza en el asiento del pasajero, él le cogió la mano y con suavidad tiró de ella hasta que quedaron pegados. Podía ver el deseo en su expresión; podía notar en su abrazo cómo quería que no se marchara. Cuando sus labios se unieron, Sophia supo que quería
quedarse. Pero no lo haría; aquella noche no. Aún no estaba lista para eso, pero en aquellos últimos y sedientos besos sintió la promesa de un futuro que deseaba
que no tardara en llegar.

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