MEGAN

Sábado, 13 de julio de 2013 

Tarde

Hasta que llegamos al coche no me doy cuenta de que tiene sangre en la mano. —Te has cortado—le digo. Él no me contesta. Sus manos se aferran con tanta fuerza al volante que sus nudillos palidecen. —Necesito hablar contigo, Tom —digo. Procuro hacerlo en un tono conciliatorio y comportarme como una adulta, aunque supongo que ya es demasiado tarde para eso—. Lamento haber estado agobiándote, pero ¡por el amor de Dios, Tom! ¡Dejaste de contestar mis llamadas! Tú… —No pasa nada—dice él en voz baja—. No estoy… Estoy cabreado por otra cosa. No tiene nada que ver contigo. —Se vuelve hacia mí e intenta sonreírme, pero no lo consigue— . Problemas con mi ex—añade—. Ya sabes cómo son esas cosas. —¿Qué te ha pasado en la mano? —le pregunto. —Problemas con mi ex—vuelve a decir, y advierto un desagradable tono en su voz.

El resto del camino hasta Corly Wood lo hacemos en silencio. Al llegar, vamos a un extremo del aparcamiento. Ya habíamos estado aquí antes. Por la tarde no suele haber nadie; a veces algunos adolescentes bebiendo latas de cerveza, pero eso es todo. Esta noche estamos solos. Tom apaga el motor y se vuelve hacia mí. —Bueno, ¿de qué querías hablarme? —Sigue enfadado, pero ahora se está reprimiendo y ya no es tan perceptible. Aun así, después de lo que acaba de pasar, no me apetece estar en un espacio cerrado con un hombre enfadado, de modo que le sugiero que demos una vuelta. Él pone los ojos en blanco y suspira ruidosamente, pero acepta. Todavía hace calor. Hay nubes de mosquitos debajo de los árboles y la luz del sol se filtra a través de las hojas bañando el sendero con una luz extrañamente subterránea. Sobre nuestras cabezas, las urracas cantan con furia. Caminamos un rato en silencio. Yo voy delante; Tom, unos pocos pasos detrás.

Intento pensar en qué decir, en cómo explicárselo. No quiero empeorar las cosas. He de recordarme a mí misma que estoy intentando hacer lo correcto. En un momento dado, me detengo y me doy la vuelta. Él está muy cerca de mí. Coloca las manos en mis caderas.

—¿Aquí? ¿Es esto lo que quieres? —pregunta. Parece aburrido. —No—digo, apartándome de él—. No es eso lo que quiero. Aquí el sendero desciende un poco. Aminoro la marcha, pero él adapta su paso al mío. 

—Entonces ¿qué quieres? Respiro hondo. La garganta todavía me duele. —Estoy embarazada. No hay ninguna reacción. Su rostro permanece inexpresivo, como si le hubiera dicho que necesito pasar por el Sainsbury’s de camino a casa o que tengo cita con el dentista. —Felicidades —dice al fin. Vuelvo a respirar hondo. —Tom, te lo estoy contando porque… bueno, existe la posibilidad de que sea tuyo.

Él se me queda mirando fijamente unos segundos y luego se echa a reír. —¿Cómo dices? ¡Qué suerte la mía! Y entonces ¿qué? ¿Pretendes que huyamos los tres juntos? ¿Tú, el bebé y yo? ¿Adónde querías ir? ¿España? —Pensaba que debías saberlo porque… —Aborta —dice—. Bueno, si es de tu marido, haz lo que quieras. Pero si es mío, líbrate de él. Lo digo en serio, no juegues con esto. No quiero otro hijo. Y la verdad es que no creo que estés hecha para ser madre. ¿No te parece, Megs? —añade mientras me pasa los dedos por un costado de la cara. —Puedes involucrarte tanto como quieras… —¿Es que no has oído lo que acabo de decirte?—Entonces se da la vuelta y comienza a recorrer el sendero de regreso al coche—. Serías una madre terrible, Megan. Líbrate de él. Yo salgo detrás de él, caminando rápidamente al principio y luego ya corriendo.

Cuando estoy lo bastante cerca, le doy un empujón y empiezo a gritarle y a intentar arañarle ese petulante rostro suyo. Él me esquiva con facilidad sin dejar de reírse. Yo comienzo entonces a decirle las peores cosas que se me ocurren. Insulto su hombría, a su aburrida mujer, a su fea niña. Ni siquiera sé por qué estoy tan enfadada. ¿Qué reacción esperaba? Enfado, quizá.

Preocupación, fastidio. No esto. Ni siquiera es un rechazo. Está intentando deshacerse de mí. Lo único que quiere es que desaparezcamos mi hija y yo, así que le digo…, no, le grito: —¡No pienso desaparecer! ¡Vas a pagar por esto! ¡Durante el resto de tu puta vida vas a estar pagando por esto! Él deja de reírse. Viene hacia mí. Tiene algo en la mano. Me he caído. Debo de haber resbalado. Me he golpeado la cabeza con algo. Creo que voy a vomitar. Está todo rojo. No puedo levantarme.

Una por la pena, dos por la alegría, tres por una chica. Tres por una chica. Me he quedado atascada en el tres, soy incapaz de seguir. Tengo la cabeza llena de ruidos y la boca llena de sangre. Tres por una chica. Oigo las urracas, están riéndose, burlándose de mí. Oigo su estridente carcajada. Una noticia. Malas noticias. Ahora puedo verlas, sus siluetas negras se recortan contra el sol. Los pájaros no, otra cosa. Alguien viene. Alguien me está hablando. «Mira. Mira lo que me has hecho hacer».

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