RACHEL

Jueves, 15 de agosto de 2013 

Mañana

Cathy me ha conseguido una entrevista de trabajo. Una amiga suya ha montado su propia empresa de relaciones públicas y necesita una asistente. Básicamente, se trata de un empleo de secretaria y el sueldo es ridículo, pero me da igual. Esta mujer está dispuesta a verme sin referencias (Cathy le ha contado que sufrí una crisis nerviosa, pero que ya estoy recuperada del todo). La entrevista es mañana por la tarde en su casa (en el jardín trasero de su casa ha instalado uno de esos cobertizos pensados para emplearlos como oficina), y resulta que está en Witney. Así pues, pensaba pasarme el día puliendo mi currículo y practicando la entrevista. Eso era lo que pensaba hacer, pero entonces Scott me ha llamado. —Me gustaría hablar contigo —ha dicho. —No hace falta… Es decir, no tienes por qué decir nada. Ambos sabemos que fue un error. —Sí, lo sé —ha respondido. El tono de su voz era extremadamente triste, no como el Scott enfadado de mis pesadillas, sino más bien como el tipo desconsolado que se sentó en mi cama y me contó lo del embarazo de su esposa asesinada—. Pero me gustaría hablar contigo de todos modos. —Claro—he dicho—. Claro que podemos hablar. —Quiero decir en persona. —¡Ah!—he exclamado. Lo último que quería era tener que ir a esa casa—. Lo siento, hoy no puedo. —Por favor, Rachel. Es importante. —Parecía desesperado y, a mi pesar, me he sentido mal por él. Estaba intentando pensar en una excusa cuando ha vuelto a decirlo—: Por favor. —De modo que al final he accedido. Y nada más hacerlo me he arrepentido de ello.

En los periódicos hay una noticia sobre la hija de Megan —su primera hija, la que mató—. Bueno, en realidad es sobre el padre. Han descubierto quién era. Se llamaba Craig McKenzie, y murió en España hace cuatro años por una sobredosis de heroína. Eso lo descarta como asesino y, en cualquier caso, a mí nunca me pareció que tuviera un motivo plausible. Si alguien hubiera querido castigarla por lo que hizo, lo habría hecho hace años. Así pues, ¿quién queda ahora? Los sospechosos habituales: el marido y el amante. Scott y Kamal. Aunque también existe la posibilidad de que el asesinato de Megan lo llevara a cabo un hombre cualquiera que la asaltara por la calle. Puede que lo llevara a cabo un asesino en serie que está comenzando y ella fuera su primera víctima, como Wilma McCann, o Pauline Reade. ¿Y quién dice que el asesino tenga que ser un hombre? Megan Hipwell era una mujer pequeña. Tenía la constitución de un pajarillo. No haría falta mucha fuerza para reducirla.

Tarde 

Lo primero que advierto cuando Scott abre la puerta es su olor rancio y amargo.

Huele a sudor y cerveza. Y, por debajo, a otra cosa, algo peor. Algo podrido. Va vestido con unos pantalones de chándal y una camiseta gris manchada y tiene el pelo grasiento y la piel aceitosa, como si tuviera fiebre. —¿Estás bien? —le pregunto, y él me sonríe. Ha estado bebiendo. —Sí, sí. Estoy bien. Pasa, pasa. —No quiero, pero lo hago. Las cortinas de las ventanas que dan a la calle están echadas y el salón está teñido de un tono rojizo acorde con el calor y el olor del lugar. Scott va a la cocina, abre la nevera y coge una cerveza. —Entra y siéntate —ofrece—. Tómate algo. —La sonrisa de su cara es una mueca estática y triste. Detecto cierta animosidad en su expresión. El desprecio que vi el sábado por la mañana, después de que nos hubiéramos acostado, sigue ahí. —No puedo quedarme mucho rato —le digo—. Mañana tengo una entrevista de trabajo y necesito prepararme. —¿De verdad? —Enarca las cejas y luego se sienta y empuja una silla hacia mí con el pie—. Siéntate y tómate algo—sugiere. Se trata de una orden, no de una invitación. Yo hago lo que me dice y él empuja hacia mí su botella de cerveza. La cojo y le doy un trago. Fuera se oyen gritos —unos niños que juegan en el jardín trasero de otra casa—y, más allá, el leve y familiar murmullo del tren. —Ayer la policía recibió los resultados del ADN —me cuenta Scott—, y la sargento Riley vino a verme por la noche. —Se queda un momento callado, a la espera de que yo diga alguna cosa, pero temo decir algo equivocado, de modo que opto por guardar silencio—. No era mío. El niño no era mío. Lo curioso es que tampoco era de Kamal. —Se ríe—. Al parecer, Megan tenía otro amante más. ¿Te lo puedes creer? —En su rostro vuelve a dibujarse esa horrible sonrisa—. Tú no sabías nada de esto, ¿verdad? Ella no te confió que había ningún otro hombre, ¿no?

La sonrisa desaparece de su cara y todo esto comienza a darme mala espina. Muy mala espina. Me pongo en pie y doy un paso en dirección a la puerta, pero él se interpone, me coge del brazo y me empuja hacia la silla. —Siéntate, joder. —Coge mi bolso y lo tira a un rincón del salón. —Scott, no entiendo qué está pasando… —¡Vamos! —exclama, inclinándose hacia mí—. ¿Megan y tú no erais tan buenas amigas? ¡Seguro que estabas al tanto de todos sus amantes! Se ha enterado. Y, en cuanto lo pienso, debe de notármelo en la cara porque se acerca todavía más a mí hasta que puedo oler su aliento rancio y me dice: —Vamos, Rachel. Cuéntamelo. Niego con la cabeza y él extiende el brazo y le da un golpe a la botella que tengo delante. Rueda por la mesa y cae al suelo de baldosas. —¡Ni siquiera la llegaste a conocer! —exclama—. ¡Todo lo que me contaste era una puta mentira! Me pongo de pie y, con la cabeza gacha, mascullo: —Lo siento, lo siento. —Trato de rodear la mesa para recoger mi bolso y mi móvil, pero él me vuelve a agarrar del brazo. —¿Por qué lo hiciste? —pregunta—. ¿Qué te impulsó a hacer esto? ¿Se puede saber qué es lo que te pasa? Scott te mira fijamente a los ojos y siento pánico. Al mismo tiempo, sin embargo, su pregunta es razonable. Le debo una explicación. Así pues, no tiro del brazo y, mientras sus dedos se me clavan en la piel, intento hablar con calma y claridad. Intento no llorar. Intento no entrar en pánico. —Quería que supieras lo de Kamal —le explico—. Como te dije, los vi juntos, pero no me habrías tomado en serio si yo sólo era una chica del tren. Necesitaba… —¿Necesitabas? —Me suelta y se aparta—. ¿Me estás diciendo lo que tú necesitabas…? —Su tono de voz es ahora más suave, se está tranquilizando. Yo respiro hondo y procuro ralentizar los latidos de mi corazón. —Quería ayudarte —le digo—. Sabía que la policía siempre sospecha del marido y quería que supieras que había otra persona… —¿Y decidiste inventarte la historia de que conocías a mi esposa? ¿Tienes idea de lo chiflada que pareces? —Sí. Me dirijo a la encimera de la cocina para coger una bayeta y luego me agacho para limpiar la cerveza que se ha derramado. Mientras tanto, Scott se sienta, coloca los codos en las rodillas y agacha la cabeza.

—Ella no era quien yo pensaba—dice—. La verdad es que no tengo ni idea de quién era. Escurro la bayeta en el fregadero y luego me limpio las manos con agua fría. Mi bolso está a apenas medio metro, en un rincón del salón. Justo cuando voy a ir a por él, Scott levanta la mirada hacia mí, de modo que me quedo quieta. Con la espalda contra la encimera y agarrada a su borde para mantener el equilibrio. —Me lo contó la sargento Riley. Me estuvo preguntando por ti. Quería saber si tú y yo teníamos una relación. —Scott se ríe—. ¡Una relación! ¡Por el amor de Dios! Le pregunté si había visto el aspecto de mi mujer. Mis estándares no han caído tan rápido. —Yo me sonrojo y noto un sudor frío en las axilas y en la base de la columna vertebral—. Al parecer, Anna se ha estado quejando de ti. Te ha visto rondando por aquí. Así es como salió todo. Yo le dije a Riley que tú y yo no teníamos ninguna relación y que no eras más que una vieja amiga de Megan que me estaba ayudando…— suelta una risita triste—, y entonces ella me dijo que no conocías a Megan y que no eras más que una mentirosa sin vida propia. —La sonrisa desaparece de su rostro—. Sois todas unas mentirosas. Todas y cada una de vosotras. De repente, suena mi móvil. Doy un paso hacia el bolso, pero Scott llega antes. —Espera un momento. Todavía no hemos terminado —dice y, tras coger el bolso, vuelca su contenido en la mesa: móvil, monedero, llaves, pintalabios, Tampax, recibos de la tarjeta de crédito —. Quiero saber exactamente cuántas de las cosas que me has contado son patrañas. —Entonces coge el móvil y le echa un vistazo a la pantalla. Luego vuelve a levantar la mirada hacia mí y se me hiela la sangre. Lee en voz alta—: «Este mensaje es para confirmar su cita con el doctor Abdic el lunes 19 de agosto a las 16.30. En caso de que no pueda acudir a la cita, le agradeceríamos que nos avisara con veinticuatro horas de antelación». —Scott… —¿Qué demonios está pasando? —pregunta en un tono de voz apenas más alto que un carraspeo—. ¿Qué has estado haciendo? ¿Qué has estado contándole? —No he estado contándole nada… —Deja caer el móvil en la mesa y se acerca a mí con las manos cerradas. Yo retrocedo hasta que mi espalda queda arrinconada en el ángulo que forman la pared y la puerta corredera de cristal. Él levanta la mano y yo me encojo y agacho la cabeza a la espera del dolor y de repente tengo la sensación de que esto ya lo he hecho antes, lo he sentido antes, pero no puedo recordar cuándo y ahora tampoco tengo tiempo para pensarlo porque aunque no me pega, sí me agarra de los hombros con fuerza y me clava los pulgares en las clavículas. Duele tanto que suelto un grito.

—Todo este tiempo —dice entre dientes—, todo este tiempo he creído que estabas de mi lado, pero en realidad has estado actuando en mi contra. Le has estado pasando información, ¿verdad? Le has estado diciendo cosas sobre mí y sobre Megs. Has sido tú quien ha hecho que la policía sospechara de mí. Has sido tú… —¡No! ¡Por favor, no! ¡No ha sido así! ¡Yo quería ayudarte! —Me suelta los hombros, desliza una mano hasta mi nuca y me agarra del pelo con fuerza—. ¡Scott, por favor, no! ¡Por favor! ¡Me estás haciendo daño! ¡Por favor! Entonces comienza a arrastrarme hacia la puerta de entrada y me invade una sensación de alivio. Va a echarme a la calle. Gracias a Dios. Pero no lo hace. Sin dejar de escupir y maldecir, sigue arrastrándome y me lleva al piso de arriba y yo intento resistirme, pero él es demasiado fuerte y no puedo. Empiezo a llorar.

—¡Por favor, no! ¡Por favor! —Sé que está a punto de suceder algo terrible. Intento gritar, pero no puedo. De mi boca no sale sonido alguno. Las lágrimas y el pánico me ciegan. Scott me mete a empujones en una habitación y cierra la puerta de golpe tras de mí. Luego oigo cómo la llave gira en la cerradura. La bilis caliente asciende entonces por mi garganta y vomito en la moqueta. Espero con los oídos aguzados. No sucede nada y no aparece nadie. Me encuentro en una habitación de sobra. En mi casa, esta habitación era el estudio de Tom. Ahora, es la habitación del bebé, la que tiene la persiana de color rosa claro. En casa de Scott, es un cuarto trastero repleto de papeles y archivos, una cinta para correr plegable y un ordenador Apple antiguo. También hay una caja de papeles con números —tal vez contabilidad del negocio—y otra llena de viejas postales—en blanco y con restos de masilla adhesiva en el dorso, como si antaño hubieran estado pegadas a una pared: los tejados de París, niños que están patinando en un callejón, viejas traviesas cubiertas de musgo, una vista del mar desde una cueva—. Rebusco entre todas las postales. No sé qué estoy buscando, sólo intento mantener a raya el pánico. Intento no pensar en el cuerpo de Megan siendo arrastrado por el barro. Intento no pensar en sus heridas, en lo asustada que debía de estar cuando comprendió lo que le iba a pasar. Mientras rebusco en la caja, noto una punzada de dolor en un dedo y retrocedo de un salto. Al sacar la mano, descubro que me he hecho un corte en la punta del dedo índice y unas gotas de sangre caen sobre mis pantalones vaqueros. Detengo la hemorragia con el dobladillo de la camiseta y sigo rebuscando entre las postales con más cuidado. Al instante, descubro la causa de la herida que me he hecho: una fotografía enmarcada con el cristal hecho añicos. En la parte superior falta un trozo y se puede ver la mancha de sangre en el borde afilado.

No había visto nunca esta fotografía. Es un retrato de Megan y Scott. Sus rostros están cerca de la cámara. Ella se está riendo y él la mira a ella con veneración. ¿O son celos? Las grietas del cristal forman una estrella que irradia desde el rabillo del ojo de Scott, de modo que es difícil interpretar su expresión. Mientras estoy sentada en el suelo contemplando la fotografía, pienso en que continuamente se rompen cosas de manera accidental y a veces nunca llegamos a arreglarlas. Pienso en todos los platos que rompí en mis peleas con Tom, o en el agujero en el yeso de la pared del pasillo. Al otro lado de la puerta cerrada, oigo reír a Scott y se me hiela la sangre. Me dirijo entonces a la ventana, la abro y, tras ponerme de puntillas para poder asomarme, pido ayuda. Llamo a Tom a gritos. Es inútil. Patético. Aunque por casualidad estuviera en su jardín, éste se encuentra a varias casas de distancia y no me oiría, está demasiado lejos. Miro hacia abajo y pierdo el equilibrio, de modo que me vuelvo a meter dentro, devuelvo y comienzo a sollozar entrecortadamente. —¡Por favor, Scott! —exclamo—. ¡Por favor! Odio el sonido de mi voz, su tono engatusador, su desesperación. Bajo la mirada a mi camiseta manchada de sangre y me digo a mí misma que todavía tengo opciones. Cojo la fotografía enmarcada y la tiro al suelo. Luego cojo el trozo de cristal más largo y me lo guardo con cuidado en el bolsillo trasero de los pantalones. Oigo unos pasos subiendo la escalera y retrocedo hasta que mi espalda toca la pared opuesta a la puerta. Una llave gira en la cerradura. Scott tiene mi bolso en una mano y lo arroja a mis pies. En la otra mano sujeta un trozo de papel. —¡Pero si está aquí Nancy Drew! —dice con una sonrisa, luego pone voz de chica y comienza a leer en voz alta—: «Megan ha huido con su novio, a quien a partir de ahora me referiré como N… —Suelta una risita burlona—. N le ha hecho daño… Scott le ha hecho daño…». —

Arruga el papel y me lo tira a los pies—. ¡Por Dios! ¡Eres realmente patética! —Entonces mira a su alrededor y, al ver el vómito en el suelo y la sangre en mi camiseta, pregunta—: Pero ¿qué cojones has hecho? ¿Acaso has intentado suicidarte? ¿Es que quieres ahorrarme el trabajo? —Se vuelve a reír—. Debería romperte el puto cuello, pero ¿sabes qué? No mereces el esfuerzo. —Se hace a un lado—. Sal de mi casa. Recojo el bolso del suelo y me dirijo hacia la puerta. Al pasar a su lado, Scott hace un amago de boxeador y por un momento pienso que me va a detener y a agarrar otra vez. Él debe de percibir el terror en mis ojos porque, en vez de eso, suelta una sonora carcajada. Cuando cierro la puerta detrás de mí todavía se está riendo.

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