MEGAN

Jueves, 13 de junio de 2013 

Mañana 

Con este calor no puedo dormir. Bichos invisibles corretean por mi piel, me ha salido un sarpullido en el pecho, no estoy cómoda. Y Scott parece irradiar calor; yacer a su lado es como hacerlo junto a un fuego. Intento alejarme de él y finalmente me encuentro en el borde mismo de la cama, destapada. Es intolerable. He pensado en ir a dormir al futón de la habitación de los invitados, pero él odia que no esté a su lado cuando se despierta, algo que siempre termina conduciendo a una discusión por una u otra razón. Normalmente, sobre los usos alternativos de la habitación de invitados, o en quién estaba pensando mientras estaba ahí sola. A veces me entran ganas de gritarle: «Déjame en paz de una vez. Déjame respirar». Así pues, no puedo dormir y estoy enojada. Me siento como si ya estuviéramos discutiendo aunque la pelea sólo tenga lugar en mi imaginación. Y en mi cabeza, los pensamientos dan vueltas y más vueltas, vueltas y más vueltas.

Tengo la sensación de que me ahogo. ¿Cuándo comenzó esta casa a ser tan jodidamente pequeña? ¿Cuándo mi vida a ser tan aburrida? ¿Es esto lo que de verdad quería? No puedo recordarlo. Lo único que sé es que hace unos pocos meses me sentía mejor y que ahora no puedo pensar, ni dormir, ni dibujar. La necesidad de huir se está volviendo abrumadora. Por las noches, puedo oír en mi cabeza un susurro bajo pero implacable e incontestable: «Escápate». Cuando cierro los ojos, mi cabeza se llena de imágenes de vidas pasadas y futuras, las cosas que soñé que quería, las cosas que tenía y tiré. Me resulta imposible relajarme, pues todo aquello en lo que pienso me lleva a un callejón sin salida: la galería cerrada, las casas en esta calle, las agobiantes atenciones de las tediosas mujeres de pilates o las vías al final del jardín con sus trenes, siempre llevando a otras personas a otros lugares, recordándome una y otra vez, una docena de veces al día, que yo permanezco inmóvil. Me siento como si fuera a volverme loca. Y, sin embargo, hace apenas unos pocos meses me sentía mejor. Estaba mejor. Podía dormir. No tenía miedo de las pesadillas. Podía respirar. Sí, a veces también quería huir. Pero no todos los días. Hablar con Kamal me ayudó, no tengo ninguna duda al respecto. Y me gustaba hacerlo. Él me gustaba. Me hacía más feliz. Y ahora todo eso ha quedado inconcluso; no llegué al quid de todo esto. Es culpa mía, claro está. Me comporté de un modo estúpido, como una niña, porque no soporto sentirme rechazada. Necesito aprender a perder un poco mejor. Ahora me avergüenzo de mi comportamiento. Me sonrojo al recordarlo. No quiero que ése sea su último recuerdo de mí. Quiero volver a verlo, que me vea mejor. Y tengo la sensación de que si voy a verlo, me ayudará. Él es así. Necesito llegar al final de la historia. Necesito contárselo a alguien, sólo una vez.

Decirlo en voz alta. Si no lo hago, me comerá viva. El agujero de mi interior, el que me dejaron, se hará más y más grande hasta que me consuma del todo. Voy a tener que tragarme el orgullo y la vergüenza e ir a verlo. Tendrá que escucharme. Lo obligaré.

Tarde 

Scott piensa que estoy en el cine con Tara. Llevo quince minutos delante del apartamento de Kamal, mentalizándome para llamar a su puerta. Después de lo que pasó la última vez, tengo miedo de cómo me pueda recibir. He de demostrarle que lo siento, de modo que me he vestido para ello: voy con unos sencillos pantalones vaqueros, una camiseta y casi sin maquillaje. Ha de quedarle claro que no pretendo seducirlo. Cuando llego a su puerta y llamo al timbre noto cómo se me acelera el corazón. Nadie abre. Las luces están encendidas pero nadie abre. Quizá me ha visto fuera, acechando; o quizá está en el piso de arriba y cree que si me ignora, me largaré. No lo haré. Él no sabe lo determinada que puedo ser. Una vez que tomo una decisión, soy una fuerza imparable. Vuelvo a llamar, y luego una tercera vez. Finalmente, oigo pasos en la escalera y la puerta se abre. Lleva pantalones de chándal y una camiseta blanca. Va descalzo y con el pelo mojado. Tiene el rostro sonrojado. —¡Megan! —dice sorprendido, pero no enfadado, lo cual es un buen inicio—. ¿Estás bien? ¿Sucede algo? —Lo siento —digo, y él se hace a un lado para dejarme pasar. Siento una oleada de gratitud tan grande que casi parece amor. Me conduce a la cocina. Está hecha un desastre: hay platos apilados en la encimera y el fregadero, y cartones de comida vacíos llenan hasta arriba el cubo de basura. No puedo evitar preguntarme si estará deprimido. Me quedo en la puerta y él se apoya en la encimera que hay enfrente con los brazos cruzados. —¿Qué puedo hacer por ti?—pregunta. La expresión de su rostro es absolutamente neutra. Es su cara de terapeuta. Me entran ganas de pellizcarlo sólo para que sonría. —He de contarte… —comienzo a decir, y luego me callo porque no puedo hacerlo de buenas a primeras. Necesito un preámbulo, así que cambio de táctica—. Quiero pedirte perdón. Por lo que ocurrió la última vez.

—No pasa nada—dice él—. No te preocupes por eso. Si necesitas hablar con alguien, puedo recomendarte a otra persona, pero yo no puedo… —Por favor, Kamal. —Megan, ya no puedo seguir siendo tu psicólogo. —Ya lo sé, ya lo sé. Pero no puedo volver a empezar con otra persona. No puedo.

Llegamos muy lejos. Estábamos muy cerca. He de contártelo. Sólo una vez. Y luego me iré, te lo prometo. No volveré a molestarte. Él ladea la cabeza. Noto que no me cree. Piensa que, si me deja hablar, ya nunca se librará de mí. —Escúchame, por favor. Sólo por esta vez. Necesito a alguien que me escuche. —¿Y tu marido? —pregunta. Yo niego con la cabeza. —No puedo. A él no puedo contárselo. No después de todo este tiempo. Él no… Él ya no sería capaz de verme igual. Para él pasaría a ser otra persona. No sabría cómo perdonarme. Por favor, Kamal. Si no escupo el veneno, no conseguiré volver a dormir. Te lo pido como amigo, no como psicólogo. Por favor, escúchame. Cuando deja caer los hombros y comienza a darse la vuelta, pienso que todo ha terminado y se me hunde el corazón. Entonces abre un armario de la cocina y saca dos vasos. —Como amigo, entonces. ¿Quieres un poco de vino? Me lleva al salón, tenuemente iluminado por lámparas convencionales. Tiene el mismo aire de dejadez doméstica que la cocina. Nos sentamos en extremos opuestos de una mesa de centro de cristal llena de papeles, revistas y menús de comida para llevar. Mis manos se aferran al vaso de vino. Le doy un sorbo. Es tinto pero está frío y amargo. Le doy otro sorbo. Kamal está esperando a que comience a hablar, pero es duro, más de lo que esperaba. He guardado este secreto durante mucho tiempo. Una década, más de un tercio de mi vida. No es tan fácil compartirlo. Sé que he de empezar a hablar. Si no lo hago ahora, puede que no llegue a tener nunca el valor de decir las palabras en voz alta. Podrían quedarse atascadas en la garganta y ahogarme mientras duermo. —Cuando dejé Ipswich, me mudé con Mac a su casa de campo en las afueras de Holkham al final de un camino. Esto ya te lo he contado, ¿no? La casa estaba muy aislada, el vecino más cercano se encontraba a unos tres kilómetros, y las tiendas más próximas a otros tantos. Al principio, celebrábamos muchas fiestas, siempre había gente en el salón o, en verano, durmiendo en la hamaca que había fuera, pero al final nos cansamos de eso y Mac se fue distanciando de todo el mundo, así que la gente dejó de venir y nos quedamos los dos solos. Pasábamos días sin ver a nadie. Comprábamos la comida en la gasolinera. Resulta raro rememorarlo, pero por aquel entonces era lo que necesitaba después de todos los hombres con los que había estado y las cosas que había hecho en Ipswich. Me gustaba. Sólo Mac y yo y las viejas vías del tren, la hierba, las dunas y el agitado mar gris. Kamal ladea la cabeza y me ofrece una media sonrisa. Siento que se me remueven las entrañas. —Suena bien, pero ¿no crees que lo estás idealizando un poco? ¿«El agitado mar gris»? —Eso no importa —digo, descartando su comentario con un movimiento de la mano—. Y, en cualquier caso, no. ¿Has estado alguna vez en el norte de Norfolk? No es el Adriático. Es un mar gris e implacablemente agitado. Kamal alza las manos y, sonriendo, dice: —Está bien. Al instante me siento mejor y la tensión desaparece de mi cuello y hombros. Le doy otro sorbo al vaso de vino; ahora sabe menos amargo. —Era feliz con Mac. Sé que no parece el tipo de lugar ni el tipo de vida que me podrían gustar, pero por aquel entonces, tras la muerte de Ben y todo lo que sucedió después, lo fue. Mac me salvó. Me acogió, me amó, me mantuvo a salvo. Y no era aburrido. Además, tomábamos un montón de drogas, y cuando una está colocada todo el rato es difícil aburrirse. Era feliz. Era realmente feliz. Kamal asiente. —Lo entiendo, aunque no estoy seguro de que se tratara de auténtica felicidad —dice—. No parece una felicidad que pueda durar y sustentarlo a uno. Me río. —Tenía diecisiete años. Estaba con un hombre que me excitaba, que me adoraba.

Me había marchado de casa de mis padres, había abandonado una casa en la que todo, absolutamente todo, me recordaba a mi hermano muerto. No necesitaba que la felicidad durara o me sustentara. Sólo la necesitaba para entonces. —¿Y qué pasó? De repente, es como si el salón se oscureciera. Aquí está, hemos llegado a lo que nunca cuento. —Me quedé embarazada. Él asiente y se queda a la espera de que continúe. A una parte de mí le gustaría que me interrumpiera y me hiciera más preguntas, pero no lo hace. Se limita a esperar. El salón se vuelve todavía más oscuro. —Ya era demasiado tarde cuando pensé en… librarme de ello. De ella. Es lo que habría hecho de no haber sido tan estúpida, tan inconsciente. Lo cierto es que no queríamos tener una hija. Ninguno de los dos.

Kamal se pone en pie, va a la cocina y regresa con un rollo de papel de cocina para que me seque los ojos. Tardo un poco en continuar. Kamal permanece sentado igual que en nuestras sesiones, mirándome directamente a los ojos con las manos entrelazadas en el regazo, paciente, inmóvil. Esa quietud, esa pasividad, debe de requerir un autocontrol increíble; debe de ser agotadora. Me tiemblan las piernas. Es como si los hilos de un marionetista tiraran de mis rodillas. Para detener el temblor, me pongo en pie, voy hasta la puerta de la cocina y luego vuelvo al sillón frotándome las palmas de las manos. —Los dos éramos estúpidos —digo a continuación—. No queríamos reconocer lo que estaba pasando, nos limitamos a seguir adelante como si nada. No fui a ver a ningún médico, no comía los alimentos adecuados ni tomaba suplementos. No hice ninguna de las cosas que se supone que se deben hacer. Seguimos viviendo nuestras vidas sin admitir siquiera que algo había cambiado. Yo comencé a engordar, me volví más lenta y estaba más cansada. Ambos estábamos irritables y nos peleábamos todo el rato, pero nada cambió hasta que ella llegó. Kamal deja que llore. Mientras lo hago, viene hasta el sillón que hay junto al mío y se sienta. Sus rodillas casi tocan mi muslo. Se inclina hacia delante. No me toca, pero nuestros cuerpos están cerca y puedo oler su fragancia limpia en medio de este sucio salón penetrante y astringente. Mi voz es ahora un mero susurro. Me resulta extraño estar contando todo esto en voz alta. —La tuve en casa —prosigo—. Fue una estupidez, pero por aquel entonces sentía cierta aprensión por los hospitales porque la última vez que había estado en uno fue cuando murió Ben. Además, no me había hecho ninguna ecografía y durante el embarazo había estado fumando y bebiendo un poco. No tenía ganas de sermones ni de vérmelas con médicos. Creo que hasta el último momento no tuve la sensación de que mi embarazo fuera real, no terminaba de creerme que fuera a pasar realmente. »Mac tenía una amiga que era enfermera, o que había estudiado enfermería o algo así. Vino a casa y la cosa fue bien. No fue tan terrible. Es decir, fue horrible, doloroso y aterrador, claro está, pero…, al final llegó ella. Era muy pequeña. No recuerdo exactamente cuánto pesó. Eso es terrible, ¿no? —Kamal no se mueve ni dice nada—. Era adorable. Tenía los ojos oscuros y el pelo rubio. No lloraba mucho, y desde el principio dormía bien. Era buena. Era una buena niña.—Tengo que parar un momento—. Esperaba que sería todo muy duro, pero no lo era. Ha oscurecido todavía más, estoy segura de ello, pero levanto la mirada y Kamal está ahí, mirándome a los ojos, con una expresión suave. Me está escuchando. Quiere que se lo cuente. Tengo la boca seca, así que doy otro sorbo al vaso de vino. Al tragar me duele la garganta. —La llamamos Elizabeth. Libby. —Me resulta muy raro pronunciar su nombre en voz alta después de tanto tiempo—. Libby —repito, disfrutando de la sensación de pronunciar su nombre. Quiero decirlo una y otra vez. Finalmente, Kamal toma mi mano entre las suyas. Puedo sentir su pulgar en mi muñeca, en mi pulso. »Un día, Mac y yo tuvimos una pelea. No recuerdo por qué. Sucedía de vez en cuando, una pequeña discusión desembocaba en una gran pelea. No llegábamos a las manos ni nada de eso, pero nos gritábamos y yo amenazaba con marcharme, o él se largaba y no lo veía en un par de días. »Era la primera vez que eso sucedía desde que ella había nacido, la primera vez que Mac se largaba y me dejaba sola. Libby apenas tenía unos meses. El tejado tenía goteras. Recuerdo el sonido del agua al caer en los cubos que había en la cocina. Hacía mucho frío: soplaba viento del mar y llevaba días lloviendo. Intenté encender la chimenea del salón, pero se apagaba una y otra vez. Yo estaba muy cansada. Me puse a beber para entrar en calor, pero no parecía funcionar, así que decidí darme un baño con Libby. Una vez en la bañera, me la llevé al pecho y coloqué su cabeza justo debajo de mi barbilla. El salón se vuelve cada vez más y más oscuro hasta que estoy de nuevo ahí, tumbada en el agua, con el cuerpo de la pequeña pegado al mío y una vela parpadeando a mi espalda. Sumergida en el agua caliente puedo oír su titileo y oler su cera. Estoy agotada. Y, de repente, la vela se apaga y comienzo a tener frío. Mucho frío. Me castañetean los dientes y todo mi cuerpo tirita. Tengo la sensación de que toda la casa lo hace. El viento aúlla al acariciar las tejas del tejado. —Me quedé dormida —digo, y luego ya no puedo decir nada más, porque vuelvo a sentir su cuerpo. Ya no está en mi pecho, sino entre mi brazo y la pared de la bañera, boca abajo en el agua. Por un momento, ni Kamal ni yo nos movemos. Me siento incapaz de levantar la mirada, pero cuando lo hago, él no se aparta. No dice una palabra. Me rodea el hombro con el brazo, me atrae hacia sí y coloca mi rostro contra su pecho. Respiro hondo y espero sentirme distinta, más ligera, mejor o peor ahora que hay otra persona que lo sabe. Me siento aliviada, creo, porque sé por su reacción que he hecho lo correcto. No está enfadado conmigo, ni piensa que soy un monstruo. Aquí, con él, estoy completamente a salvo. No sé cuánto tiempo paso en sus brazos, aunque cuando finalmente recobro la compostura, mi móvil está sonando. No lo cojo, pero un momento después un pitido me alerta de que he recibido un mensaje de texto. Es de Scott. «¿Dónde estás?». Unos segundos después, el teléfono vuelve a sonar. Esta vez es Tara. Me deshago del abrazo de Kamal y contesto.

—Megan, no sé qué estás haciendo, pero has de llamar a Scott. Me ha llamado cuatro veces. Yo le he dicho que has ido un momento a la licorería para comprar algo de vino, pero me parece que no me ha creído. Dice que no contestas a sus llamadas. —Suena cabreada y sé que debería apaciguarla, pero ahora mismo no tengo la energía necesaria para ello. —Está bien—digo—. Gracias, ahora lo llamo. —Megan…—dice, pero yo cuelgo antes de oír otra palabra más. Son pasadas las diez. Llevo aquí más de dos horas. Apago el móvil y me vuelvo hacia Kamal.

—No quiero ir a casa —digo. Él asiente, pero no me invita a quedarme. En vez de eso, dice: —Puedes volver cuando quieras. En otra ocasión. Doy un paso adelante para salvar la distancia que separa nuestros cuerpos, me pongo de puntillas y le doy un beso en los labios. Él no me aparta.

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