Tarde 

El amargo sabor de la quinina, eso es lo que más me gusta de un gin-tonic frío. La tónica debería ser Schweppes y proceder de una botella de cristal, no de plástico; estas bebidas premezcladas no son muy buenas, pero es lo que hay. Sé que no debería estar bebiendo, pero llevo todo el día deseándolo. No es sólo la anticipación de la soledad, es también la excitación, la adrenalina. El alcohol me está comenzando a hacer efecto y siento un cosquilleo en la piel. He tenido un buen día. Esta mañana, he pasado una hora a solas con el inspector Gaskill. Al llegar a la comisaría, me han llevado directamente a verlo. Esta vez nos hemos sentado en su despacho, no en la sala de interrogatorios. Me ha ofrecido café y, cuando he aceptado, me ha sorprendido ver que se levantaba y lo preparaba él mismo. En lo alto de una nevera que  había en un rincón tenía un hervidor de agua y un poco de Nescafé. Se ha disculpado por no tener azúcar. Me ha gustado estar en su compañía y ver cómo movía las manos; no es muy expresivo, pero mueve mucho las cosas que hay a su alrededor. No había advertido esto antes porque en la sala de interrogatorios no había muchas cosas que mover. En su despacho, en cambio, no ha dejado de cambiar de lugar la taza de café, la grapadora, un bote de bolígrafos y de colocar bien las pilas de papeles. Tiene las manos grandes y unos dedos largos con las uñas cuidadosamente arregladas. Sin anillos. Esta mañana las cosas han sido distintas. No me he sentido sospechosa ni alguien a quien él estuviera intentando atrapar. Me he sentido útil. Sobre todo cuando ha cogido uno de sus archivadores, lo ha abierto delante de mí y me ha enseñado una serie de fotografías: Scott Hipwell, tres hombres que no había visto nunca, y luego N. Al principio, no estaba segura. Me he quedado un momento mirando la fotografía mientras intentaba evocar la imagen del hombre que vi aquel día encorvado y con la cabeza inclinada para abrazar a Megan. —Es éste—he dicho finalmente—. Creo que es éste. —¿No está segura? —Eso creo. Él entonces ha cogido la fotografía y la ha examinado un instante. —Los vio besarse, ¿no es así? El pasado viernes, hace una semana. —Sí, así es. El viernes por la mañana. Estaban fuera, en el jardín. —¿Y no es posible que malinterpretara lo que vio? ¿Que fuera un abrazo o, no sé, un beso platónico? —No. Fue un beso de verdad. Fue… romántico. Entonces me ha parecido que sus labios hacían un ligero movimiento trémulo, como si estuviera a punto de sonreír. —¿Quién es? —le he preguntado a Gaskill—. ¿Es…? ¿Cree que ha sido él? —No me ha contestado, se ha limitado a negar ligeramente con la cabeza—. ¿Se trata de…? ¿Le he ayudado? ¿He sido de alguna ayuda? —Sí, señorita Watson. Ha sido usted de mucha ayuda. Gracias por haber venido. Nos hemos estrechado las manos un segundo y él ha colocado ligeramente la mano derecha en mi hombro izquierdo. Yo he sentido ganas de volverme y besársela. Hacía mucho que nadie me tocaba de un modo que se acercara siquiera de lejos a la ternura. Bueno, aparte de Cathy. Gaskill me ha acompañado entonces a la salida. Hemos pasado por la amplia sala principal de la comisaría, donde había más o menos una docena de agentes de policía. Uno o dos me hanmirado de reojo, puede que con cierto interés o desdén, no estoy segura. Luego hemos comenzado a recorrer un pasillo y entonces lo he visto caminando hacia mí: Scott Hipwell. Acababa de entrar junto a Riley. Iba con la cabeza gacha, pero lo he reconocido al instante. Ha levantado la mirada, ha saludado a Gaskill con un movimiento de cabeza y luego me ha mirado a mí. Durante un segundo, nuestras miradas se han encontrado y habría jurado que me reconocía. He pensado en aquella mañana que lo vi en la terraza. Él estaba mirando las vías y tuve la sensación de que me miraba directamente a mí. Hemos pasado uno al lado del otro en el pasillo. Ha estado tan cerca de mí que podría haberlo tocado. En carne y hueso era muy guapo y su tensa apariencia irradiaba una poderosa energía. Al llegar al vestíbulo, he tenido la sensación de que me estaba mirando y me he dado la vuelta, pero quien lo estaba haciendo era Riley. He cogido el tren a Londres y he ido a la biblioteca. Una vez ahí, he leído todos los artículos que he encontrado sobre el caso, aunque no he averiguado nada nuevo. Luego he buscado hipnoterapeutas en Ashbury, pero he dejado ahí la cosa porque es caro y no está claro si realmente sirve para recuperar la memoria. Mientras leía las historias de aquellos que aseguran que han recuperado la memoria a través de la hipnoterapia, me he dado cuenta de que estaba más asustada del éxito que del fracaso. No sólo tengo miedo de lo que pueda averiguar sobre la noche del sábado, sino de muchas más cosas. No estoy segura de que pueda soportar revivir las estupideces que he hecho, ni oír las palabras cargadas de rencor que he dicho, ni recordar la expresión del rostro de Tom mientras las decía. Tengo mucho miedo de adentrarme en esa oscuridad. He pensado en enviarle otro email a Scott, pero en realidad no hacía ninguna falta.

El encuentro de esa mañana con el inspector Gaskill me ha dejado claro que la policía me toma en serio. Mi papel aquí ha terminado, he de aceptarlo. Al menos puedo alegrarme de haber sido de ayuda, pues no deja de ser increíble la coincidencia de que Megan desapareciese al día siguiente de que la viera con ese hombre. Con un clic y un alegre burbujeo abro la segunda lata de gin-tonic y de repente me doy cuenta de que no he pensado en Tom en todo el día. Al menos hasta ahora. Mis pensamientos los han ocupado Scott, Gaskill, N, el hombre del tren… Tom ha quedado relegado al quinto lugar. Le doy un trago a la bebida y pienso que al menos tengo algo que celebrar. Sé que voy a estar mejor, que voy a ser feliz. No falta mucho.

Sábado, 20 de julio de 2013 

Mañana 

Nunca aprendo. Me despierto con una devastadora sensación de azoramiento y vergüenza, y al instante sé que hice algo estúpido. Inicio entonces el lamentable y doloroso ritual de intentar recordar de qué se trata exactamente. Envié un email. Eso es.

En un momento dado, Tom ascendió de puesto en la lista de hombres en los que pensaba y se me ocurrió enviarle un email. Mi ordenador portátil está ahora en el suelo, junto a la cama, a modo de inmóvil presencia acusatoria. Me levanto de la cama y paso por encima para ir al cuarto de baño. Bebo agua directamente del grifo y me echo un fugaz vistazo en el espejo. No tengo buen aspecto. Aun así, tres días sin beber no están mal, y hoy comenzaré otra vez. Me paso un largo rato en la ducha, reduciendo poco a poco la temperatura del agua hasta que se encuentra verdaderamente helada. No es aconsejable meterse de golpe bajo un chorro de agua fría, resulta demasiado traumático, demasiado brutal. Si se hace de forma gradual, en cambio, apenas se nota; es como freír una rana, pero a la inversa. El agua fría me alivia la piel y atenúa el ardiente dolor que me atraviesa la cabeza por encima del ojo. Voy a la planta baja con el portátil y me preparo una taza de té. Existe la pequeña posibilidad de que le escribiera el email a Tom pero no se lo enviara. Respiro hondo y abro mi cuenta de Gmail. Me alivia ver que no tengo nuevos mensajes. Pero cuando abro la carpeta de emails enviados, ahí está: sí le escribí un email, simplemente no ha contestado. Todavía. Se lo envié poco después de las once; para entonces ya llevaba unas cuantas horas bebiendo, lo cual significa que la adrenalina y la excitación que sentía al principio se me habrían pasado haría mucho. Abro el mensaje. ¿Podrías decirle a tu esposa que deje de mentir a la policía sobre mí? ¿No te parece algo rastrero intentar meterme en problemas? ¿Qué es eso de decirle a la policía que estoy obsesionada con ella y su fea mocosa? ¿Quién se ha creído que es? Dile que me deje en paz de una puta vez. Cierro los ojos y el portátil y, literalmente, me encojo. Todo mi cuerpo se pliega sobre sí mismo. Quiero hacerme más pequeña; quiero desaparecer. También estoy asustada, porque si Tom decide enseñarle esto a la policía, podría tener auténticos problemas. Si Anna está recopilando pruebas de que soy vengativa y obsesiva, ésta podría ser la pieza clave de su expediente. ¿Y por qué mencioné a la pequeña? ¿Qué tipo de persona hace eso? No le deseo nada malo; jamás podría hacerle daño a una niña pequeña, a ninguna niña, y menos todavía a la de Tom. No me entiendo a mí misma; no entiendo la persona en la que me he convertido. Dios mío, debe de odiarme. Yo lo hago; o, al menos, odio esta versión de mí misma, la que anoche escribió este email. Es como si fuera otra persona, yo no soy así. No soy alguien llena de odio. ¿O sí? Intento no pensar en mis peores días, pero en momentos como éstos, me asaltan los recuerdos. Me viene a la memoria otra pelea, hacia el final de nuestra relación: después de una fiesta y de otra laguna mental, Tom me contó que la noche anterior lo había vuelto a avergonzar. Al parecer, me había encarado con la esposa de un colega suyo, acusándola de flirtear con él. «Ya no quiero ir a ningún sitio contigo —me dijo—. Me preguntas por qué nunca invito a ningún amigo a casa o por qué ya no me gusta ir al pub contigo. ¿De verdad quieres saber por qué? Por ti. Porque me avergüenzo de ti». Cojo el bolso y las llaves y me dispongo a ir al Londis, el pub que se encuentra calle abajo. No me importa que todavía no sean las nueve de la mañana, estoy asustada y no quiero tener que pensar. Si me tomo algunos analgésicos y una copa, conseguiré perder el sentido y dormir todo el día. Ya me encargaré de este asunto más tarde. Llego a la puerta de entrada y coloco la mano en el tirador, pero de repente me detengo. Podría pedirle perdón. Si lo hago ahora mismo, tal vez podría arreglar un poco las cosas, podría intentar convencerlo de que no le enseñara el email a Anna o a la policía. No sería la primera vez que me protege de su esposa. Ese día en el que me presenté en casa de Tom y Anna no sucedió exactamente lo que le conté a la policía. Para empezar, no llamé al timbre. No estaba segura de cuáles eran mis intenciones (todavía ahora no lo estoy). Recorrí el sendero y salté la cerca. Estaba todo en silencio, no se oía nada. Fui hasta la puerta corredera de cristal y miré el interior de la casa. Es cierto que Anna estaba durmiendo en el sofá. No la llamé, ni a ella ni a Tom. No quería despertarla. El bebé no estaba llorando, sino durmiendo profundamente en su canasta, al lado de su madre. Por alguna razón, la cogí y me la llevé afuera tan rápido como pude. Recuerdo estar corriendo con ella hacia la cerca y que el bebé comenzó entonces a despertarse y a lloriquear un poco. No sé cuáles eran exactamente mis intenciones, pero no quería hacerle daño. Sosteniéndola con fuerza contra mi pecho, llegué por fin a la cerca. Para entonces, ella ya había empezado a llorar y a gritar. Yo la acunaba e intentaba que se calmara y entonces oí otro ruido: el de un tren acercándose. Le di la espalda a la cerca y, de repente, vi a Anna corriendo hacia mí con la boca abierta. Estaba moviendo los labios, pero no podía oír lo que decía. Cuando llegó junto a mí, me arrebató al bebé. Entonces yo intenté escapar, pero tropecé y me caí. A gritos, Anna me dijo que me quedara donde estaba o avisaría a la policía. Llamó a Tom, éste vino a casa y se sentó con ella en el salón. Ella no dejaba de llorar como una histérica. Todavía quería llamar a la policía y que me arrestaran por intento de secuestro. Tom la tranquilizó y le rogó que lo dejara estar y permitiese que me fuera. Me salvó de ella. Después, me llevó en coche a casa y cuando me dejó, me cogió de la mano. Yo pensé que se trataba de un gesto de amabilidad, de consuelo, pero él comenzó a apretar cada vez más fuerte hasta que solté un grito y, con el rostro enrojecido, me dijo que si le hacía daño a su hija, me mataría. No sé qué pretendía hacer aquel día. Aún no lo sé. En la puerta, vacilo con los dedos alrededor del tirador y me muerdo con fuerza el labio. Sé que si comienzo a beber ahora, me sentiré mejor durante una hora o dos y peor durante seis o siete. Suelto el tirador, regreso al salón y vuelvo a abrir el portátil. He de pedir perdón. He de implorar perdón. Al entrar otra vez en mi cuenta de correo electrónico, veo que he recibido un email nuevo. No es de Tom. Es de Scott Hipwell.

Estimada Rachel: Gracias por ponerte en contacto conmigo. No recuerdo que Megan te mencionara, pero a su galería acudía mucha gente y no soy muy bueno con los nombres. Me encantaría hablar contigo sobre lo que sabes. Por favor, llámame al 07583 123657 tan pronto como te sea posible. Atentamente, SCOTT HIPWELL

Por un instante, pienso que ha enviado el email a la dirección equivocada y que este mensaje es para otra persona. Luego, sin embargo, el recuerdo acude a mi mente: sentada en el sofá con la segunda botella a medias, decidí que no quería que mi papel en esta historia terminara. Quería seguir siendo un personaje central. De modo que le escribí. Sigo descendiendo para ver mi email.

Estimado Scott: Disculpa que vuelva a ponerme en contacto contigo, pero creo que es importante que hablemos. No estoy segura de si Megan te ha hablado alguna vez de mí; soy una amiga de la galería. Antes vivía en Witney. Creo que tengo información que puede ser de tu interés. Por favor, escríbeme a esta dirección. RACHEL WATSON.

Noto que me sonrojo y siento una punzada en la boca del estómago. Ayer — sensatamente, con la cabeza despejada, pensando con claridad— decidí que debía aceptar que mi papel en esta historia había terminado. Pero mis mejores ángeles volvieron a perder, derrotados por la bebida, por la persona en la que me convierto cuando bebo. La Rachel borracha no atiende a las consecuencias y, o bien se comporta de un modo excesivamente efusivo y optimista, o está consumida por el odio. La Rachel borracha, deseosa de seguir formando parte de esta historia y necesitada de convencer a Scott para que se pusiera en contacto con ella, mintió. Yo mentí.

Desearía clavarme cuchillos en la piel para poder sentir algo que no sea vergüenza, pero carezco de la valentía para hacer algo así. Comienzo a escribir un email a Tom. Escribo y borro, escribo y borro, intentando encontrar un modo de pedirle perdón por las cosas que le dije anoche. Si tuviera que hacer un listado de todas las transgresiones por las que debería pedirle perdón, podría llenar un libro entero.

Tarde 

Hace una semana, hace exactamente una semana, Megan Hipwell salió del número 15 de Blenheim Road y desapareció. Nadie la ha visto desde entonces. Ni su móvil ni sus tarjetas de crédito han sido utilizados desde el sábado. Cuando antes he leído esto en un periódico, me he puesto a llorar. Ahora me avergüenzo de los pensamientos secretos que tenía. Megan no es un misterio por resolver, no es una figura que aparece en el travelling del principio de una película, hermosa, etérea e insustancial. No es un mensaje cifrado. Es alguien real. Estoy en el tren y me dirijo a su casa. Voy a ver a su marido. Tuve que llamarle. El daño ya había sido hecho. No podía limitarme a ignorar su email, se lo contaría a la policía. De ser él, yo lo haría si un desconocido se pusiera en contacto conmigo asegurando tener información sobre mi pareja desaparecida y luego no dijera nada más. De hecho, puede que haya llamado a la policía de todos modos; puede que cuando llegue me estén esperando. Sentada aquí, en mi sitio habitual pero en un día que no lo es, me siento como si estuviera saltando en coche por un acantilado. Tuve la misma sensación cuando lo llamé por teléfono. Fue como si me cayera por un agujero oscuro sin saber cuándo llegará el impacto con el suelo. Me habló en un tono de voz bajo, como si hubiera alguien más en la habitación y no quisiera que lo oyeran. —¿Podemos hablar en persona?—me preguntó. —Yo no… No creo… —Por favor. Vacilé un momento y luego acepté. —¿Podrías venir a casa? No digo ahora mismo, hay gente. ¿Esta tarde? —Me dio la dirección y yo hice ver que la anotaba. —Gracias por ponerte en contacto conmigo —me dijo, y colgó. Nada más aceptar me he dado cuenta de que no se trata de una buena idea. Lo que sé acerca de Scott por los periódicos no es prácticamente nada. Y lo que sé por mis propias observaciones no lo sé de verdad. Es decir, no sé nada sobre Scott. Sí sé cosas sobre Jason (alguien que, he de recordarme a mí misma constantemente, no existe). Lo único que sé a ciencia cierta —y sin ningún género de dudas—es que la esposa de Scott lleva una semana desaparecida. También que probablemente él es sospechoso. Y también, porque vi ese beso, que tiene un motivo para matarla. Por supuesto, puede que él no sepa que tiene un motivo, pero… Oh, me estoy enredando yo sola… En cualquier caso, ¿cómo iba a desaprovechar la oportunidad de ir a la casa que he observado cientos de veces desde las vías o la calle, cruzar su puerta de entrada, acceder a su interior, sentarme en su cocina, en su terraza, donde ellos lo hacían, donde yo los veía? Era demasiado tentador. Ahora voy sentada en el tren, con los brazos cruzados y las manos debajo de las axilas para evitar que me tiemblen, emocionada como una niña en plena aventura. Estaba tan contenta de tener un propósito que había dejado de pensar en la realidad. Había dejado de pensar en Megan. Ahora lo vuelvo a hacer. He de convencer a Scott de que la conocía; un poco, tampoco mucho. De ese modo, me creerá cuando le cuente que la vi con otro hombre. Si admito directamente que le he mentido, nunca confiará en mí. Así pues, intento imaginar cómo habría sido ir a la galería y charlar con ella mientras nos tomábamos un café (¿bebe café Megan?). Quizá habríamos hablado de arte, o de yoga, o de nuestros maridos. El problema es que no sé nada de arte y nunca he hecho yoga. Tampoco tengo marido. Y ella traicionó al suyo.

Pienso entonces en las cosas que sus verdaderos amigos han dicho de ella:«maravillosa», «divertida», «hermosa», «cariñosa». «Querida». Megan cometió un error. Son cosas que suceden. Nadie es perfecto.

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