Jueves, 18 de julio de 2013 

Mañana

Antes de subir al tren esta mañana he comprado tres periódicos: Megan lleva desaparecida cuatro días y cinco noches y la noticia está recibiendo una amplia cobertura. Como era de esperar, el Daily Mail ha conseguido encontrar fotografías de Megan en biquini, pero también ha hecho el perfil más detallado que he visto de ella hasta la fecha. Nacida en Rochester en 1983, Megan Mills se mudó con sus padres a King’s Lynn en Norfolk cuando tenía diez años. Fue una chica brillante, muy extrovertida y con talento para la pintura y el canto. Según una amiga de la escuela, Megan «tenía mucho sentido del humor, era muy guapa y algo salvaje». Su salvajismo parece haber sido exacerbado por la muerte de su hermano Ben, al que estaba muy unida. Murió en un accidente de motocicleta cuando él tenía diecinueve años y ella quince. Después de su funeral, Megan se escapó tres días de casa. Fue arrestada en dos ocasiones (una por robo y otra por prostitución). Según el Mail, la relación con sus padres se rompió por completo. Ambos murieron hace unos pocos años sin haber llegado a reconciliarse nunca con su hija. (Al leer esto, me siento desesperadamente triste por Megan y me doy cuenta de que, después de todo, quizá no es tan distinta de mí. Ella también es una persona aislada y solitaria). Cuando tenía dieciséis años, se fue a vivir con un novio que tenía una casa cerca del pueblo de Holkham, en el norte de Norfolk. La amiga de la escuela dice que «era un tipo mayor, músico o algo así. Tomaba drogas. Cuando se juntaron ya no vimos mucho más a Megan». El Mail no menciona el nombre del novio, de modo que presumiblemente no lo han encontrado. Puede incluso que no exista. Tal vez la amiga de la escuela se lo esté inventando para aparecer en el periódico. Después de eso, saltan unos cuantos años: de repente, Megan tiene veinticuatro, vive en Londres y trabaja como camarera en un restaurante del norte de la ciudad. Ahí conoce a Scott Hipwell, un consultor informático amigo del encargado del restaurante, y se enamoran. Después de un «intenso noviazgo», Megan y Scott se casan cuando ella tiene veintiséis años y él treinta. Citan a unas personas más, entre ellas a Tara Epstein, la amiga con la que Megan se suponía que iba a pasar la noche el día que desapareció. Ésta dice que Megan es una «chica encantadora y desenfadada» y que parecía «muy feliz». «No creo que Scott le haya hecho daño —dice Tara—. Él la quiere mucho». No dice nada que no sea un cliché. Me interesan más las declaraciones de Rajesh Gujral, uno de los artistas que expusieron su obra en la galería que Megan dirigió: «Es una mujer maravillosa, inteligente, divertida y guapa, una persona profundamente reservada y cariñosa». Me parece que a Rajesh le gustaba un poco. La otra persona a la que citan es un hombre llamado David Clark, «un antiguo colega» de Scott para el que «Megs y Scott son una gran pareja. Son muy felices juntos y están muy enamorados». También hay algunas noticias sobre la investigación, pero las declaraciones de la policía ofrecen menos que nada: han hablado con «algunos testigos» y están «siguiendo varias líneas de investigación». El único comentario interesante proviene del inspector Gaskill, que confirma que dos hombres están ayudando a la policía. Estoy segura de que eso significa que ambos son sospechosos. Uno debe de ser Scott. ¿Podría ser el otro N? ¿Podría N ser Rajesh? He estado tan absorta en los periódicos que no he prestado la atención habitual al trayecto. Es como si no me hubiera sentado hasta que, como de costumbre, el tren se ha detenido ante el semáforo en rojo. En el jardín de Scott hay gente: dos policías uniformados justo enfrente de la puerta trasera. Los pensamientos comienzan a arremolinarse en mi cabeza. ¿Han encontrado algo? ¿Han encontrado a Megan? ¿Hay un cadáver enterrado en el jardín o debajo de los tablones del suelo? No puedo dejar de pensar en la ropa a un lado de las vías, lo cual es estúpido, pues la vi antes de que Megan desapareciera y, en cualquier caso, si le han hecho algún daño, no ha sido Scott, no puede haber sido él. Scott está locamente enamorado de ella, todo el mundo lo dice. Hoy la luz no es muy buena, el tiempo ha cambiado y el cielo está de un amenazante color gris. No puedo ver el interior de la casa ni saber lo que ocurre en su interior. Me siento algo desesperada. No puedo soportar que me dejen fuera. Para bien o para mal, ahora soy parte de esto. Necesito saber qué está pasando.

Al menos tengo un plan. En primer lugar, he de descubrir si hay algún modo mediante el que pueda recordar qué sucedió el sábado por la noche. Cuando llegue a la biblioteca, pienso investigar al respecto y averiguar si la hipnoterapia podría servir y si es posible recuperar ese tiempo perdido. En segundo —y creo que esto es importante, pues dudo que la policía me creyera cuando les dije que Megan tenía un amante—, he de ponerme en contacto con Scott Hipwell. He de contárselo. Tiene derecho a saberlo.

Tarde 

El tren está lleno de gente empapada por la lluvia y el vapor que emana su ropa se condensa en las ventanas. Una mezcla de olor corporal, perfume y jabón de lavar se extiende opresivamente sobre sus cabezas inclinadas y mojadas. Las nubes que esta mañana amenazaban lluvia lo han seguido haciendo todo el día, cada vez más pesadas y oscuras, hasta que esta tarde han estallado cual monzón justo cuando los trabajadores salían de sus oficinas y la hora punta se encontraba en su punto álgido, dejando las calles bloqueadas y las entradas de las estaciones de metro repletas de personas abriendo y cerrando paraguas. Yo no llevaba paraguas y me he empapado entera. Me siento como si alguien me hubiera tirado un cubo de agua encima. Llevo los pantalones de algodón pegados a los muslos y la camisa azul claro se ha vuelto vergonzosamente transparente. He corrido desde la biblioteca hasta la estación de metro con el bolso pegado al pecho para intentar tapar algo. Por alguna razón, esto me ha parecido gracioso —hay algo ridículo en que te pille la lluvia—y para cuando he llegado a Gray’s Inn Road estaba riendo con tal fuerza que apenas podía respirar. No recuerdo la última vez que me reí así. Ahora ya no estoy riendo. En cuanto me he sentado, he consultado las novedades del caso de Megan en el móvil y he visto la noticia que temía: «Un hombre de treinta y cinco años está siendo interrogado en la comisaría de policía de Witney en relación con la desaparición de Megan Hipwell, sin rastro de su casa desde el sábado por la noche». Se trata de Scott, estoy segura de ello. Espero que haya leído mi email antes de que lo hayan detenido, pues ser interrogado es algo serio: significa que lo consideran culpable. Aunque, claro está, el supuesto delito todavía está por determinar. Puede que no haya pasado nada. Puede que Megan esté bien. De vez en cuando, me la imagino viva y coleando en el balcón de un hotel con vistas al mar, con los pies sobre la barandilla y una bebida fría en la mesita. Este pensamiento me emociona y me desilusiona a la vez, y entonces me siento mal por estar desilusionada. No le deseo nada malo a Megan, por más que me enfadase que engañara a Scott y destrozara así mis ilusiones sobre la pareja perfecta. No, se debe a que me siento parte de este misterio. Estoy conectada a él. Ya no soy sólo una chica del tren que va de arriba abajo sin propósito alguno. Quiero que Megan aparezca sana y salva. De verdad. Pero todavía no. Esta mañana le he enviado a Scott un email. No me ha costado nada encontrar su he encontrado dirección: he buscado en Google y rápidamente <www.hipwellconsulting.co.uk>, la página web en la que ofrece «diversos servicios de consultoría informática para empresas y organizaciones sin ánimo de lucro». He sabido que se trataba de él porque la dirección del negocio era la misma que la de su casa. Le he enviado un breve mensaje a la dirección que aparecía en la página.

Estimado Scott: Me llamo Rachel Watson. No me conoces. Me gustaría hablar contigo sobre tu esposa. No tengo información de su paradero ni sé qué le ha pasado, pero poseo información que podría ayudarte. Entendería que no quisieras hablar conmigo, pero en caso de que sí lo hagas, envíame un email a esta dirección. Atentamente, RACHEL

No sé si, de ser él, yo me habría puesto en contacto conmigo; lo dudo. Al igual que la policía, probablemente Scott habrá pensado que estoy chiflada y que no soy más que una tía rara que ha leído sobre el caso de Megan en el periódico. Ahora nunca lo sabré: si lo han arrestado, puede que no llegue a leer el mensaje. De hecho, si lo han arrestado, las únicas personas que lo verán serán policías, lo cual supondrá un problema para mí. Pero tenía que intentarlo de todos modos. Y ahora me siento desesperada y frustrada. La gente que abarrota el vagón no me deja ver por la ventanilla e, incluso si pudiera, con la lluvia que sigue cayendo no podría ver nada más allá de la cerca de las vías. Me pregunto si se estarán perdiendo pruebas por culpa de este tiempo; si, en este momento, pistas vitales estarán desapareciendo para siempre: manchas de sangre, pisadas, colillas de cigarrillos con ADN. Tengo tantas ganas de beber algo que casi puedo saborear el vino en la boca. Puedo imaginar perfectamente la sensación del alcohol al llegar a mi flujo sanguíneo y la euforia extendiéndose por mi cuerpo. Quiero y no quiero una copa. Si no tomo nada, hará tres días que no bebo, y no puedo recordar la última vez que permanecí sobria durante tres días seguidos. También puedo saborear otra cosa en la boca: una vieja obstinación. Hubo un tiempo en el que tenía fuerza de voluntad y podía correr diez kilómetros antes de desayunar o subsistir durante semanas con 1300 calorías diarias. Tom me dijo que era una de las cosas que le gustaban de mí: mi terquedad, mi fortaleza. Recuerdo una discusión hacia el final de la relación, cuando las cosas estaban a punto de ponerse realmente feas. Perdió los estribos conmigo. «¿Qué te ha pasado, Rachel? —me preguntó—. ¿Cuándo te has vuelto tan débil?». No lo sé. No sé adónde se fue la fortaleza, ni siquiera recuerdo haberla perdido. Creo que, con el tiempo, la vida fue haciéndole mella poco a poco. Al llegar al semáforo entre Londres y Witney, el tren se detiene de golpe con un alarmante chirrido de frenos. El vagón se llena de murmullos de disculpa de los pasajeros por los empujones y los pisotones. Yo levanto la vista y, de repente, me encuentro mirando directamente a los ojos del hombre del sábado por la noche: el pelirrojo que me ayudó. Sus ojos azules me están mirando fijamente y me llevo tal susto que el móvil se me cae al suelo. Tras recogerlo, vuelvo a levantar los ojos. Esta vez lo hago como tentativa, evitándolo. Primero examino el vagón, luego limpio la ventanilla empañada con el codo y echo un vistazo fuera. Por fin, vuelvo a mirarlo y él me sonríe ladeando la cabeza. Noto entonces cómo mi rostro se sonroja. No sé de qué modo reaccionar a su sonrisa porque no sé lo que quiere decir. ¿Significa «Oh, hola, te recuerdo de la otra noche» o «Ah, es esa borracha que la otra noche se cayó por la escalera y no dejaba de decirme chorradas»? ¿O quizá otra cosa? No lo sé, pero al pensar ahora en ello, creo recordar un fragmento de la banda sonora que acompaña a las imágenes en las que resbalo en un escalón: él diciendo «¿Estás bien, guapa?». Entonces aparto la mirada y vuelvo a echar un vistazo por la ventanilla. Puedo sentir sus ojos observándome. Yo sólo quiero esconderme, desaparecer. El tren se pone en marcha con un traqueteo y al cabo de unos segundos llegamos a la estación de Witney. La gente comienza a colocarse en la salida a base de empujones y se prepara para desembarcar doblando sus periódicos y guardando sus Kindles y iPads. Cuando vuelvo a levantar la mirada, me invade una sensación de alivio: el tipo se ha dado la vuelta y se dispone a bajar del tren. Entonces me doy cuenta de que me estoy comportando como una idiota. Debería levantarme y seguirlo, hablar con él. Podría decirme qué sucedió, o qué no sucedió; podría rellenar algunos huecos. Me pongo en pie. Vacilo, sé que ya es demasiado tarde, las puertas están a punto de cerrarse, estoy en medio del vagón, no conseguiré abrirme paso entre la gente a tiempo. Se oye un pitido y las puertas se cierran. Todavía de pie, me vuelvo y miro por la ventana mientras el tren se pone en marcha. El tipo del sábado por la noche está en el andén, bajo la lluvia, mirando cómo me alejo. Cuanto más cerca estoy de casa más irritada me siento conmigo misma. Casi estoy tentada de cambiar de tren en Northcote y regresar a Witney para buscarlo. Se trata de una idea ridícula, claro está, además de estúpidamente arriesgada, pues ayer mismo Gaskill me advirtió que permaneciera alejada de esa zona. El problema es que cada vez tengo más claro que no podré recordar lo que sucedió el sábado. Unas pocas horas de búsqueda en internet me han confirmado lo que sospechaba: la hipnosis no suele ser útil para recuperar las horas perdidas durante una laguna mental pues, tal y como había leído, en esos casos no creamos nuevos recuerdos. No hay nada que recordar. Es y siempre será un agujero negro en mi línea temporal.

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