RACHEL

Viernes, 12 de julio de 2013 

Mañana 

Estoy agotada y con la cabeza abotargada por el sueño que tengo. Cuando bebo, apenas puedo dormir. Pierdo completamente el conocimiento durante una hora o dos y luego me despierto, presa del miedo y asqueada conmigo misma. Los días en los que no bebo nada, en cambio, por la noche me quedo sumida en el más pesado de los sueños y caigo en una profunda inconsciencia. Al día siguiente, no consigo despertarme del todo y continúo adormilada durante horas, a veces incluso todo el día. Hoy hay poca gente en mi vagón y ninguna en mi vecindad inmediata. Nadie me está mirando, así que apoyo la cabeza contra el cristal y cierro los ojos. El chirrido de los frenos del tren me despierta. Estamos en el semáforo. A esta hora de la mañana, en esta época del año, el sol ilumina directamente la parte posterior de las casas que hay junto a las vías, inundándolas de luz. Casi puedo sentir la calidez de esos rayos de sol matutinos en el rostro y los brazos mientras permanezco sentada a la mesa del desayuno, delante de Tom, con los pies sobre los suyos porque siempre están mucho más calientes que los míos y con la mirada puesta en el periódico. Él me sonríe y yo me sonrojo; noto cómo el rubor se extiende desde mi pecho hasta el cuello, tal y como siempre hacía cuando él me miraba de un modo determinado. Parpadeo con fuerza y Tom desaparece. Todavía estamos en el semáforo. Veo a Jess en el jardín y, detrás de ella, a un hombre que sale de casa. Lleva algo en las manos —una taza de café, quizá— y, al mirarle bien la cara, me doy cuenta de que no se trata de Jason. Este hombre es más alto, más delgado, más oscuro. Debe de ser un amigo de la familia; o quizá un hermano de ella, o de Jason. El tipo se inclina y deja la taza sobre la mesa metálica del patio. Tal vez se trata de un primo de Australia que ha venido a pasar un par de semanas, o el más viejo amigo de Jason (que hizo de padrino en su boda). Jess se acerca a él, coloca las manos alrededor de su cintura y le da un largo y profundo beso. El tren se pone en marcha. No me lo puedo creer. Cuando por fin consigo coger aire, me doy cuenta de que había estado conteniendo la respiración. ¿Por qué iba ella a hacer algo así? Jason la quiere, lo sé, son felices. No puedo creerme que ella le haga eso, él no se lo merece. Siento una profunda decepción, como si la persona engañada hubiera sido yo. Un dolor familiar me inunda el pecho. Ya me he sentido antes así. A una escala mayor y un nivel más intenso, claro está, pero recuerdo este tipo de dolor. Es imposible olvidarse de él.

Lo descubrí del modo que todo el mundo parece descubrirlo hoy en día: un despiste electrónico. A veces se trata de un mensaje de texto o de voz, en mi caso fue un email (ese equivalente moderno del lápiz de labios en el cuello). Fue un accidente, no estaba fisgoneando. Tenía prohibido tocar el ordenador de Tom porque él temía que le pudiera borrar por error algo importante, o abrir algo que no debiera y descargar con ello un virus, un troyano o algo así. «La tecnología no es tu punto fuerte, ¿verdad, Rach?», dijo una vez que borré sin querer todos los contactos de su cuenta de correo electrónico. Así pues, no debía tocar su ordenador. Pero ese día estaba haciendo algo bueno, sólo quería compensarlo por haber estado últimamente un poco arisca y difícil. Había planeado hacer una escapada para celebrar nuestro cuarto aniversario, un viaje para recordar cómo éramos antes. Quería que fuera una sorpresa, de modo que tuve que mirar su agenda de trabajo. Tuve que hacerlo. No estaba fisgoneando. Mi intención no era pillarlo ni nada de eso. No quería convertirme en una de esas lamentables esposas recelosas que rebuscan en los bolsillos de sus maridos. Una vez, contesté su móvil mientras él estaba en la ducha y él se enfadó mucho y me acusó de no confiar en él. Pareció sentirse realmente dolido, de modo que me sentí fatal.

Necesitaba ver su agenda de trabajo y él había dejado su portátil encendido porque llegaba tarde a una reunión. Era la oportunidad perfecta, de modo que eché un vistazo en su calendario y anoté algunas fechas. Cuando cerré la ventana de la agenda, la de su cuenta de correo electrónico con la sesión abierta quedó a plena vista. El último email recibido era de aboyd@cinnamon.com. Lo abrí. XXXXX. Eso era todo: una línea de equis. Al principio, pensé que se trataba de correo basura, pero luego me di cuenta de que eran besos. Era la respuesta a un email que él había enviado hacía unas pocas horas, justo antes de las siete, cuando yo todavía estaba durmiendo. Anoche me quedé dormido pensando en ti, soñando con que besaba tu boca, tus pechos, el interior de tus muslos. Al despertarme esta mañana, tú seguías ocupando mis pensamientos y me moría por tocarte. No esperes que esté cuerdo, no puedo, no sin ti. Revisé sus emails: había docenas escondidos en una carpeta llamada «Admin».

Descubrí que la mujer se llamaba Anna Boyd y que mi marido estaba enamorado de ella. Eso era lo que él le decía frecuentemente. También que nunca antes se había sentido así, que se moría de ganas de estar con ella, que dentro de poco estarían juntos. No tengo palabras para describir lo que sentí aquel día, pero ahora, sentada en el tren, me invade la furia. Me clavo las uñas en las palmas de las manos y las lágrimas acuden a mis ojos. Siento una oleada de intensa ira. Tengo la sensación de que algo me ha sido arrebatado. ¿Cómo ha podido hacerlo? ¿Cómo ha podido Jess hacer algo así? ¿Qué diantre le pasa? ¡Con la vida que tienen! ¡Es realmente maravillosa! Nunca he comprendido cómo la gente puede ignorar como si tal cosa el daño que causa al seguir el dictado de su corazón. ¿Quién ha dicho que hacer eso sea algo bueno? Es puro egoísmo, mero interés personal por conquistarlo todo. Me inunda el odio. Si viera a esa mujer ahora, si viera a Jess, le escupiría en la cara. Le arrancaría los ojos.

Tarde 

Hay un problema en la línea. Han cancelado el tren rápido de las 17.56 a Stoke, de modo que sus pasajeros han ocupado el mío y van apretujados de pie en el vagón. Afortunadamente, he conseguido asiento, pero es de pasillo, no de ventanilla, así que ahora hay cuerpos pegados a mi hombro y mi rodilla, invadiendo mi espacio. Siento el impulso de obligarlos a retroceder, de levantarme y empujarlos. El calor ha ido en aumento todo el día, asfixiándome cada vez más. Me siento como si respirara a través de una máscara. Todas las ventanas del vagón están abiertas y, a pesar de que estamos en marcha, parece que no haya aire. Es como si fuéramos encerrados en una caja metálica. Mis pulmones no tienen suficiente aire. Siento náuseas. Sigo pensando en la escena de la cafetería. Me siento como si todavía estuviera ahí, viendo la expresión de sus rostros. Culpo a Jess. Esta mañana seguía obsesionada con el asunto. No podía dejar de pensar en lo que le había hecho a Jason y en la pelea que tendrían cuando él lo descubriera y su mundo —como antaño el mío— se hiciera pedazos. Iba absorta en mis pensamientos sin fijarme por dónde iba y, sin darme cuenta, me he metido en la cafetería a la que acude todo Huntingdon Whitely. No los he visto hasta que estaba en la puerta y, para entonces, ya era demasiado tarde: me estaban mirando. Han abierto los ojos como platos durante una fracción de segundo, pero rápidamente han fingido una sonrisa. El triunvirato de incomodidad formado por Martin Miles, Sasha y Harriet ha comenzado a hacerme señas y a indicarme que me acercara. —¡Rachel! —ha dicho Martin extendiendo los brazos y dándome un abrazo. No me lo esperaba y mis brazos han quedado atrapados entre ambos, incómodamente apretujados contra su cuerpo. Sasha y Harriet me han sonreído y me han dado un par de vacilantes besos en la mejilla, procurando no acercar demasiado el rostro al mío.

—¿Qué estás haciendo aquí? Durante un momento excesivamente largo, me he quedado en blanco. He bajado la mirada al suelo, he notado que me sonrojaba y, al darme cuenta de que estaba empeorando la situación, he fingido una sonrisa y he dicho: —Una entrevista. Una entrevista.

—¡Oh! —Martin no ha conseguido ocultar su sorpresa, mientras que Sasha y Harriet han asentido y sonreído—. ¿Con quién? No he conseguido recordar el nombre de ninguna empresa de relaciones públicas.

Ni una sola. Tampoco el de ninguna inmobiliaria (y ya no digamos una en la que fuera plausible que estuvieran contratando personal). Me he limitado a quedarme ahí de pie, frotándome el labio inferior con el dedo índice y negando con la cabeza hasta que finalmente Martin ha dicho: —Es alto secreto, ¿no? Algunas empresas son así de raras, ¿verdad? No quieren que uno diga nada hasta que los contratos están firmados y todo es oficial. Eso era una gilipollez y él lo sabía. Lo ha dicho para salvarme y nadie se lo ha tragado, pero todo el mundo ha hecho ver que sí y ha asentido. Avergonzadas de mí, Harriet y Sasha no dejaban de mirar la puerta por encima de mi hombro en busca de una escapatoria. —Será mejor que vaya a pedir mi café —he dicho—. No quiero llegar tarde. Martin me ha colocado la mano sobre mi antebrazo y ha afirmado: —Me alegro de verte, Rachel. —Su compasión era casi palpable. Hasta estos últimos uno o dos años no me había dado cuenta de lo vergonzoso que resulta que se compadezcan de una.

Mi plan para esa mañana consistía en ir a la biblioteca de Holborn, en Theobalds Road, pero después de ese encuentro ya no tenía ánimos para ello, así que he optado por ir a Regents Park. Una vez ahí, me he dirigido al extremo más lejano —cerca del zoo—, me he sentado bajo la sombra de un sicomoro y me he puesto a pensar en todas las horas que se extendían ante mí mientras recordaba la conversación de la cafetería y la expresión en el rostro de Martin cuando se ha despedido de mí. No debía de llevar ni media hora en el parque cuando de repente ha sonado el móvil.

Era otra vez Tom, esta vez llamándome desde el fijo de casa. He intentado visualizarlo trabajando con el portátil en nuestra soleada cocina, pero la imagen se ha visto arruinada por las intrusiones de su nueva vida: ella estaría rondando a su alrededor, haciendo té o dando de comer a la pequeña. Así pues, he dejado que saltara el buzón de voz y he vuelto a guardar el móvil en el bolso. No quería volver a oír a Tom, hoy no: ya estaba siendo un día lo bastante horrible y todavía no eran las diez y media de la mañana. Sin embargo, al cabo de tres minutos he vuelto a coger el móvil para consultar el buzón de voz. Me he preparado para lo doloroso que todavía me resulta oír su voz —esa voz antiguamente risueña y luminosa y que ahora utiliza sólo para regañarme, consolarme o mostrarme su compasión— , pero no era él. —Rachel, soy Anna. —He colgado de golpe.

De repente, me costaba respirar y no he podido evitar que los pensamientos se arremolinaran en mi cabeza ni que me picara la piel, de modo que me he puesto en pie y he ido hasta el colmado de Titchfield Street. Allí he comprado cuatro latas de gin-tonic y, tras regresar al parque, he abierto la primera, me la he bebido tan rápido como he podido y rápidamente he abierto la segunda. Todo de espaldas al sendero para no ver a los corredores, a las madres con cochecitos o a los turistas, pues si no los veía podía fingir que ellos tampoco me veían a mí, como si fuera una niña. Entonces he vuelto a llamar al buzón de voz.

—Rachel, soy Anna. —Una larga pausa—. Necesito hablar contigo sobre las llamadas. —Otra larga pausa. Tal y como suelen hacer las esposas y las madres ocupadas, mientras hablaba conmigo estaba haciendo otra cosa: recogiendo la casa, cargando el lavavajillas…—. Mira, sé que lo estás pasando mal —ha dicho, como si ella no tuviera nada que ver con mi dolor—, pero no puedes llamarnos continuamente por la noche. —Su tono de voz era cortante e irritado—. Cuando llamas, no sólo nos despiertas a nosotros, sino también a Evie, y eso es inaceptable. Últimamente nos está costando mucho que se duerma. —Últimamente nos está costando mucho que se duerma. Nos. A nosotros. A nuestra pequeña familia. Con nuestros problemas y nuestras rutinas. Puta zorra. Es un cuco que dejó su huevo en mi nido. Me lo quitó todo, absolutamente todo, ¿y ahora me llama para decirme que mi sufrimiento la incómoda? En cuanto me he terminado la segunda lata, he abierto la tercera. Por desgracia, el dichoso bienestar provocado por la presencia del alcohol en el flujo sanguíneo tan sólo ha durado unos minutos y luego me he comenzado a sentir mal. Estaba yendo demasiado deprisa, incluso para mí, y he tenido que bajar el ritmo; si no lo hacía, iba a pasar algo malo. Haría algo de lo que me arrepentiría. La llamaría y le diría que no me importa ella, ni me importa su familia, ni me importa si su hija no vuelve a dormir bien el resto de su vida. Le diría que la frase que Tom utilizó con ella —«No esperes que esté cuerdo»— también la había utilizado conmigo al principio de nuestra relación; me la escribió en una carta en la que me declaraba su imperecedera pasión. Y ni siquiera era suya: la había copiado de Henry Miller. Todo lo que ella tenía era de segunda mano. Me gustaría saber cómo le hacía sentir eso. Me gustaría llamarla y preguntárselo: ¿cómo te sienta, Anna, vivir en mi casa, rodeada de los muebles que compré yo, dormir en la cama que compartí con él durante años, dar de comer a tu hija en la mesa de la cocina sobre la que me follaba? Todavía me parece increíble que decidieran quedarse ahí, en esa casa, en mi casa.

Cuando Tom me lo dijo, no podía creérmelo. A mí me encantaba esa casa. Era la que insistí que compráramos a pesar de su localización. Me gustaba estar cerca de las vías y ver pasar los trenes. Me encantaba su sonido; no el aullido del exprés interurbano, sino el antitraqueteo de los viejos trenes. Tom me dijo que no siempre sería así, que poco a poco irían actualizando la línea y al final sólo habría trenes rápidos, pero a mí me costaba creer que eso fuera a pasar. Yo me habría quedado ahí cuando nos divorciamos. Si hubiera tenido el dinero, le habría comprado a Tom su parte. Pero no lo tenía y no encontramos un comprador que pagara un precio decente, de modo que fue él quien compró mi parte y ambos decidieron quedarse. Imagino que ella debía de sentirse muy segura de sí misma y de ambos para que no le molestara caminar por donde lo había hecho otra mujer. Está claro que no me considera una amenaza. Pienso en Ted Hugues y en el hecho de que acogiera a Assia Wevill en la casa que él había compartido con Plath. La imagino a ella llevando las ropas de Sylvia, o peinándose con su cepillo. Me entran ganas de llamar a Anna y recordarle que Assia terminó metiendo la cabeza en el horno, igual que Sylvia. Debo de haberme quedado dormida arrullada por los gin-tonics y el sol. De pronto, me he despertado con un sobresalto y he comenzado a buscar desesperadamente el bolso. Todavía estaba ahí. Me picaba la piel; estaba llena de hormigas. Las tenía en el pelo, en el cuello y en el pecho. Me he puesto de pie de un salto mientras me las quitaba de encima a palmetazos. Dos adolescentes que jugaban a la pelota a unos veinte metros se han detenido para mirarme y se han puesto a reír. El tren frena. Estamos casi delante de la casa de Jess y Jason, pero no puedo ver nada por la ventana porque hay demasiada gente en medio. Me pregunto si estarán en casa y si él ya se ha enterado y se ha marchado, o si todavía está viviendo una vida que es una mentira.

Sábado, 13 de julio de 2013 

Mañana 

Sin mirar siquiera el reloj, sé que son alrededor de las ocho de la mañana. Lo sé por la luz, los sonidos de la calle que oigo a través de la ventana y el ruido que hace Cathy al pasar el aspirador en el pasillo. Todos los sábados, se despierta pronto para limpiar la casa. Ya sea su cumpleaños o el día del Juicio Final, Cathy se despertará pronto para limpiar. Dice que es catártico, que la predispone a pasar un buen fin de semana y que, como lo hace con movimientos aeróbicos, así ya no le hace falta ir al gimnasio. A mí que pase la aspiradora tan pronto no me importa, pues tampoco estaría dormida. Por las mañanas no puedo dormir; soy incapaz de dormitar tranquilamente hasta el mediodía. Suelo despertarme de golpe, con la respiración agitada, el corazón a mil por hora y un sabor rancio en la boca y, de inmediato, sé que ya está: estoy despierta. Cuanto más inconsciente deseo estar, menos posible resulta. La vida y la luz no me lo permiten. Permanezco un rato tumbada en la cama, escuchando el ruido de la apremiante y alegre actividad de Cathy, y pienso en la pila de ropa que hay a un lado de las vías y en Jess besando a su amante bajo la luz matutina. El día se extiende ante mí y no sé con qué ocuparlo. Podría ir al mercadillo de granjeros que hay en Broad, comprar carne de venado y panceta y pasarme el día cocinando. Podría sentarme en el sofá con una taza de té y ver Saturday Kitchen en la tele.

Podría ir al gimnasio. Podría rehacer mi currículo. Podría esperar a que Cathy se fuera de casa, ir al colmado y comprar dos botellas de Sauvignon Blanc. En mi otra vida, también me despertaba temprano. Abría los ojos con el sonido del tren de las 8.04, y, si llovía, me quedaba un momento escuchando el ruido de la lluvia en la ventana mientras lo sentía detrás de mí, dormido, cálido y duro. Luego, él iba a buscar los periódicos y yo hacía huevos revueltos, nos sentábamos a la mesa de la cocina a tomar té, íbamos al pub a almorzar tarde y finalmente nos quedábamos dormidos delante de la tele con las extremidades entrelazadas. Imagino que para él ahora las cosas son distintas. Los sábados ya no debe de disfrutar de sexo perezoso ni de huevos revueltos. En vez de eso, ahora disfruta de otro tipo de felicidad: una balbuceante niña pequeña tumbada entre él y su esposa. Ahora su hija debe de estar aprendiendo a hablar y seguramente no dejará de decir papá y mamá y palabras de un lenguaje secreto incomprensible para todo el mundo salvo sus padres. El dolor es sólido y pesado, lo siento en medio del pecho. No puedo esperar a que Cathy se vaya de casa.

Tarde 

Voy a ir a ver a Jason. Me he pasado todo el día en el dormitorio, esperando a que Cathy se fuera de casa para poder beber algo, pero no lo ha hecho. Ha permanecido toda la tarde sentada en el salón, «poniéndose al día con el papeleo». A última hora de la tarde, yo ya no podía soportar más el encierro ni el aburrimiento, de modo que le he dicho que iba a dar un paseo y he ido al Wheatsheaf, el pub grande y anónimo que hay junto a High Street. Allí me he tomado tres grandes vasos de vino y dos chupitos de Jack Daniel’s. Luego he ido hasta la estación, he comprado un par de latas de gin-tonic y he subido al tren. Voy a ir a ver a Jason. No voy a visitarlo; mi intención no es presentarme en su casa y llamar a la puerta. Nada de eso. No voy a cometer ninguna locura. Sólo quiero pasar por delante de su casa con el tren. No tengo nada más que hacer y no me apetece volver a casa. Sólo quiero verlo. Sólo quiero verlos. No es una buena idea. Sé que no es una buena idea. Pero ¿qué daño puede hacer? Iré a Euston, daré la vuelta y regresaré. (Me gustan los trenes, ¿qué tiene eso de malo? Los trenes son maravillosos). Antes, cuando todavía era yo misma, solía soñar con que hacía románticos viajes en tren con Tom. (La Línea de Bergen para celebrar nuestro quinto aniversario, el Tren Azul para celebrar sus cuarenta años). Un momento, vamos a pasar por delante. Tienen las luces encendidas, pero no puedo ver demasiado bien. (Veo doble. Cierro un ojo. Mejor). ¡Ahí están! ¿Es ése él? Están en la terraza, ¿no? ¿Es ése Jason? ¿Es ésa Jess? Quiero acercarme, no veo bien. Quiero estar más cerca de ellos. No voy a ir hasta Euston. Voy a bajar en Witney. (No debería bajar en Witney, es demasiado peligroso, ¿y si Tom o Anna me ven?). Voy a bajar en Witney. No es una buena idea. Es una idea muy mala. En el vagón hay un hombre de pelo rubio pajizo tirando a pelirrojo que me sonríe.

Me gustaría decirle algo, pero las palabras no dejan de evaporarse y desaparecer de mi lengua antes de que tenga siquiera oportunidad de pronunciarlas. Puedo saborearlas, pero no sé si son dulces o amargas. ¿Es eso una sonrisa o una mueca de desdén? No lo tengo claro.

Domingo, 14 de julio de 2013 

Mañana

Siento los latidos del corazón en la base de la garganta, molestos y ruidosos. Tengo la boca seca y tragar saliva me resulta doloroso. Me pongo de lado, de cara a la ventana. Las cortinas están echadas, pero aun así la luz me hace daño en los ojos. Me llevo la mano a la cara y me presiono los párpados con los dedos para mitigar el dolor de cabeza. Tengo las uñas sucias. Algo va mal. Durante un segundo, me siento como si me estuviera cayendo, como si la cama hubiera desaparecido de debajo de mi cuerpo. Anoche sucedió algo. Aspiro bruscamente y me incorporo de golpe; el corazón me late con fuerza y siento palpitaciones en la cabeza. Espero un momento a que lleguen los recuerdos. A veces tardan un rato. Otras están ante mis ojos al cabo de unos segundos. En alguna ocasión, ni siquiera consigo evocarlos.

Pasó algo, algo malo. Hubo una discusión. A gritos. ¿Puñetazos? No lo sé, no lo recuerdo. Fui al pub, subí al tren, llegué a la estación, salí a la calle. Blenheim Road. Fui a Blenheim Road. Siento una oleada de oscuro pavor. Pasó algo, lo sé. No puedo recordarlo, pero lo noto. Me duele el interior de la boca, como si me hubiera mordido la parte interna de los carrillos, y la lengua tiene un sabor metálico. Tengo náuseas y me siento mareada. Me paso las manos por el pelo y recorro el cuero cabelludo. Me encojo de dolor. Tengo un chichón en la parte derecha de la cabeza. Y el pelo apelmazado de sangre. Tropecé, eso es. En la escalera, en la estación de Witney. ¿Me golpeé en la cabeza?

Recuerdo ir en el tren, pero después de eso hay un abismo negro, un vacío. Respiro hondo e intento ralentizar mis pulsaciones y sofocar el pánico que crece en mi pecho. ¿Qué hice? Fui al pub, me subí al tren. Había un hombre, ahora lo recuerdo. Pelirrojo. Me sonrió. Creo que me dijo algo, pero no me acuerdo de qué. Hay algo más relacionado con este tipo y su recuerdo, pero no consigo saber de qué se trata, no consigo evocarlo en medio de la negrura de mi mente. Estoy asustada, pero no estoy segura de qué, lo cual todavía exacerba más el miedo que siento. Ni siquiera sé si hay algo de lo que tener miedo. Miro a mi alrededor. Mi móvil no está en la mesita de noche. Mi bolso no está en el suelo. Tampoco en el respaldo de la silla donde suelo dejarlo. Pero si estoy en casa, es que tenía las llaves, así que no debí de perderlo. Me levanto de la cama. Estoy desnuda. Me miro en el espejo de cuerpo entero del armario. Me tiemblan las manos. Tengo el rímel corrido por las mejillas y un corte en el labio inferior. También moratones en las piernas. Siento náuseas. Me vuelvo a sentar en la cama y coloco la cabeza entre las rodillas para que se me pasen. Luego me pongo otra vez en pie, cojo mi bata y entreabro la puerta de la habitación. El apartamento está en silencio. Por alguna razón, estoy segura de que Cathy no está. ¿Me dijo que se quedaría en casa de Damien? Tengo la sensación de que sí, aunque no puedo recordar cuándo. ¿Antes de que yo saliera de casa? ¿O hablé con ella después? Salgo al pasillo con cuidado de no hacer ruido. Veo que la puerta del dormitorio de Cathy está abierta. Echo un vistazo. La cama está hecha. Es posible que ya se haya levantado y la haya hecho, pero no creo que pasara aquí la noche, lo cual supone cierto alivio. Si no está aquí, anoche no me vio ni me oyó llegar y no sabe lo mal que iba. Esto no debería importarme, pero lo hace: la vergüenza que siento por un incidente es proporcional no sólo a la gravedad de la situación sino al número de personas que fueron testigos del mismo. En lo alto de la escalera me vuelvo a sentir mareada y me cojo con fuerza a la barandilla. Es uno de mis grandes miedos (junto con desangrarme internamente cuando por fin me reviente el hígado): caer por la escalera y romperme el cuello. Pensar en ello hace que vuelva a sentir náuseas. Quiero tumbarme, pero antes necesito encontrar el bolso y consultar el móvil. Al menos he de asegurarme de que no perdí las tarjetas de crédito. También necesito saber a quién llame y cuándo. Veo mi bolso tirado en el pasillo, frente a la puerta de entrada. Mis pantalones vaqueros y mi ropa interior descansan a su lado formando una pila de ropa arrugada. Desde el pie de la escalera puedo oler la orina. Cojo el bolso y busco el móvil. Gracias a Dios, está dentro junto con un puñado de billetes de veinte arrugados y un pañuelo de papel manchado de sangre. Vuelvo a sentir náuseas. Esta vez son más fuertes: siento la bilis en la garganta y salgo corriendo, pero no consigo llegar al cuarto de baño y al final vomito sobre la moqueta en mitad de la escalera. He de tumbarme. Si no lo hago, me desmayaré y me caeré. Ya limpiaré luego. En mi habitación, enchufo el móvil y me tumbo en la cama. Lenta y cuidadosamente, alzo las piernas para inspeccionarlas. Hay unos cuantos moratones por encima de la rodilla, pero son los habituales de cuando voy bebida, los que me suelo hacer al tropezar con cosas. Las oscuras marcas ovaladas que tengo en la parte superior de los brazos son más preocupantes. Parecen huellas dactilares. Ahora bien, su origen no tiene por qué ser a la fuerza siniestro. Ya las he tenido antes. Normalmente, se deben a que alguien me ha ayudado a levantarme tras una caída. La herida de la cabeza parece más grave, pero podría habérmela hecho al entrar en un coche. Quizá cogí un taxi para venir a casa. Cojo el móvil. Hay dos mensajes. El primero es de Cathy, lo recibí justo después de las cinco y me pregunta dónde me he metido. Dice que va a pasar la noche en casa de Damien y que ya me verá mañana. También que espera que no esté bebiendo sola. El segundo es de Tom y lo recibí a las diez y cuarto. Casi se me cae el teléfono al oír su voz: está gritando. —Por el amor de Dios, Rachel, ¿qué coño pasa contigo? Ya he tenido bastante, ¿lo entiendes? Me acabo de pasar una hora en el coche buscándote. Has asustado a Anna. Ella pensaba que ibas a… Pensaba que… Ya no sé qué puedo hacer para que no llame a la policía. Déjanos en paz. Deja de llamarme, deja de venir a casa, déjanos en paz de una vez. No quiero hablar contigo. ¿Me entiendes? No quiero hablar contigo, no quiero verte, no quiero que te acerques a mi familia. Puedes arruinar tu vida si quieres, pero no vas a arruinar la mía. Ya no. No pienso seguir protegiéndote, ¿lo entiendes? Mantente alejada de nosotros. No sé a qué viene todo esto. ¿Qué hice ayer? ¿Qué estuve haciendo entre las cinco y las diez y cuarto? ¿Qué le hice a Anna? Me tapo la cabeza con el edredón y cierro los ojos con fuerza. Me imagino a mí misma yendo a su casa, recorriendo el pequeño sendero que hay entre su jardín y el del vecino y saltando por encima de la cerca. Luego me veo abriendo las puertas correderas del patio y colándome sigilosamente en su cocina. Anna está sentada a la mesa. La agarro por detrás, enrollo la mano en su largo pelo rubio y, tirando con fuerza, la tumbo en el suelo y le hago añicos la cabeza contra los duros y fríos azulejos.

Tarde 

Alguien está gritando. A juzgar por el ángulo de la luz que entra por la ventana de mi dormitorio, he estado dormida mucho rato. Ya debe de ser última hora de la tarde, o primera del anochecer. Me duele la cabeza. Hay sangre en mi almohada. Oigo los gritos de alguien en la planta baja. —¡No me lo puedo creer! ¡Por el amor de Dios! ¡Rachel! ¡RACHEL! Me he quedado dormida sin limpiar antes el vómito de la escalera ni recoger la ropa del vestíbulo. Oh, Dios. Oh, Dios. Me pongo unos pantalones de chándal y una camiseta. Cuando abro la puerta del dormitorio, Cathy está delante, esperándome. Al verme, parece sentirse horrorizada. —¿Qué diantre te ha pasado?—dice, y luego levanta la mano—. En realidad, Rachel, lo siento, pero no quiero saberlo. No puedo aguantar esto en mi casa. No puedo aguantar… —Se calla, pero echa un vistazo por encima del hombro hacia la escalera. —Lo siento—digo—. Lo siento mucho. Estaba muy enferma y pretendía limpiarlo… —No estabas enferma, ¿verdad? Lo que estabas es borracha. O tenías resaca. Lo siento, Rachel. No puedo aguantarlo más. No puedo vivir así. Vas a tener que marcharte, ¿de acuerdo? Te daré cuatro semanas para que encuentres otro lugar, pero tienes que irte. —Se da la vuelta y se dirige hacia su dormitorio—. Y por el amor de Dios, limpia ese desastre. — Se marcha a su dormitorio y cierra tras de sí la puerta de un portazo. Cuando termino de limpiarlo todo, vuelvo a mi habitación. La puerta del dormitorio de Cathy está cerrada, pero a través de ella puedo sentir su silenciosa rabia. Yo también estaría furiosa si al llegar a casa me encontrara con unas bragas empapadas de orina y un charco de vómito en la escalera. Me siento en la cama, abro el ordenador portátil y entro en mi cuenta de correo electrónico con la intención de escribirle un email a mi madre. Creo que finalmente ha llegado el momento. He de pedirle ayuda. Si me mudara con ella, no podría seguir así, tendría que cambiar, tendría que mejorar. Pero no me salen las palabras. No se me ocurre cómo explicarle todo esto. Imagino su rostro mientras lee mi petición de ayuda, la amarga decepción, la exasperación. Casi puedo oír cómo suspira. Mi móvil emite un pitido. Se trata de un mensaje recibido hace horas. Vuelve a ser Tom. No quiero oír lo que tiene que decirme, pero he de hacerlo, no puedo ignorarlo. Los latidos del corazón se me aceleran mientras llamo a mi buzón de voz, preparándome para lo peor.

—¿Puedes llamarme, Rachel? —Ya no parece enfadado y mi corazón se tranquiliza un poco—. Sólo quiero asegurarme de que llegaste bien a casa. Anoche ibas muy mal. —Se oye un largo y sentido suspiro—. Mira, siento haberte gritado, las cosas se pusieron un poco… tensas. Lo siento mucho, Rachel, de verdad, pero esto ha de terminar. Vuelvo a reproducir el mensaje otra vez y se me saltan las lágrimas al oír la amabilidad de su voz. Pasa mucho rato hasta que dejo de llorar y puedo escribir un mensaje de texto diciéndole que lo siento mucho y que estoy en casa. No sé qué más decir porque no sé exactamente qué es lo que lamento. Desconozco qué es lo que le hice a Anna, cómo la asusté. La verdad es que tampoco me importa mucho, pero sí me preocupa que Tom se enfade. Después de todo lo que ha pasado, merece ser feliz. Nunca le envidiaré su felicidad, sólo desearía que pudiéramos disfrutarla juntos. Permanezco tumbada en la cama y me meto debajo del edredón. Quiero saber qué es lo que pasó; me gustaría saber qué es lo que lamento. Intento desesperadamente encontrarles sentido a mis elusivos recuerdos fragmentarios. Estoy segura de que estuve involucrada en una discusión o de que fui testigo de una. ¿Fue con Anna? Me llevo los dedos a la herida de la cabeza y el corte del labio. Casi puedo verlo, casi puedo oír las palabras, pero el recuerdo vuelve a eludirme. No consigo evocarlo. Cada vez que estoy a punto de hacerlo, se oculta de nuevo en las sombras y queda fuera de mi alcance.

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