RACHEL

Viernes, 5 de julio de 2013

Mañana

Hay una pila de ropa a un lado de las vías del tren. Una prenda de color azul cielo —una camisa, quizá—, mezclada con otra de color blanco sucio. Seguramente no es más que basura que alguien ha tirado a los arbustos que bordean las vías. Puede que la hayan dejado los ingenieros que trabajan en esta parte del trayecto, suelen venir por aquí. O quizá es otra cosa. Mi madre solía decirme que tenía una imaginación hiperactiva; Tom también me lo decía. No puedo evitarlo, veo estos restos de ropa, una camiseta sucia o un zapato solitario, y sólo puedo pensar en el otro zapato, y en los pies que los llevaban. El tren se vuelve a poner en marcha con una estridente sacudida, la pequeña pila de ropa desaparece de mi vista y seguimos el trayecto en dirección a Londres con el enérgico paso de un corredor. Alguien en el asiento de atrás exhala un suspiro de impotente irritación; el lento tren de las 8.04 que va de Ashbury a Euston puede poner a prueba la paciencia del viajero más experimentado. El viaje debería durar cincuenta y cuatro minutos, pero rara vez lo hace: esta sección de las vías es antigua y decrépita, y está asediada por problemas de señalización e interminables trabajos de ingeniería. El tren sigue avanzando poco a poco y pasa por delante de almacenes, torres de agua, puentes y cobertizos. También de modestas casas victorianas con la espalda vuelta a las vías. Con la cabeza apoyada en la ventanilla del vagón, veo pasar estas casas como si se tratara del travelling de una película. Nadie más las ve así; seguramente, ni siquiera sus propietarios las ven desde esta perspectiva. Dos veces al día, sólo por un momento, tengo la posibilidad de echar un vistazo a otras vidas. Hay algo reconfortante en el hecho de ver a personas desconocidas en la seguridad de sus casas. Suena el móvil de alguien; una melodía incongruentemente alegre y animada.

Tardan en contestar y sigue sonando durante un rato. También puedo oír cómo los demás viajeros cambian de posición en sus asientos, pasan las páginas de sus periódicos o teclean en su ordenador. El tren da unas sacudidas y se bambolea al tomar la curva, y luego ralentiza la marcha al acercarse a un semáforo en rojo. Intento no levantar la mirada y leer el periódico gratuito que me dieron al entrar en la estación, pero las palabras no son más que un borrón, nada retiene mi interés. En mi cabeza, sigo viendo esa pequeña pila de ropa tirada a un lado de las vías, abandonada.

Tarde

El gin-tonic premezclado burbujea en el borde de la lata y yo me la llevo a los labios y le doy un sorbo. Agrio y frío. Es el sabor de mis primeras vacaciones con Tom. En 2005 fuimos a un pueblo de pescadores en la costa del País Vasco. Por las mañanas, nadábamos ochocientos metros hasta la pequeña isla de la bahía y hacíamos el amor en ocultas playas secretas. Por las tardes, nos sentábamos en un bar y bebíamos cargados y amargos gintonics mientras observábamos los partidos de fútbol de veinticinco personas por equipo que la gente jugaba aprovechando la marea baja. Doy otro sorbo al gin-tonic, y luego otro: ya casi me he terminado la lata, pero no pasa nada, llevo tres más en la bolsa de plástico que descansa a mis pies. Es viernes, así que no tengo por qué sentirme culpable por beber en el tren. Por fin es viernes. La diversión comienza aquí. Este fin de semana va a hacer un tiempo maravilloso. Eso es lo que han dicho. Sol radiante, cielos despejados. En los viejos tiempos, quizá habríamos ido a Corly Wood con comida y periódicos y nos habríamos pasado toda la tarde tumbados en una manta, bebiendo vino bajo la moteada luz del sol. O habríamos hecho una barbacoa con amigos. O tal vez habríamos ido al The Rose, nos habríamos sentado en la terraza y habríamos dejado pasar la tarde con los rostros encendidos a causa del sol y del alcohol. Luego habríamos regresado paseando a casa cogidos del brazo y nos habríamos quedado dormidos en el sofá. Sol radiante, cielos despejados, nadie con quien jugar, nada que hacer. Vivir tal y como lo hago hoy día resulta más duro en verano, cuando hay tantas horas de sol y tan escaso es el refugio de la oscuridad; cuando todo el mundo está en la calle, mostrándose flagrante y agresivamente feliz. Resulta agotador y una se siente mal por no unirse a los demás.

El fin de semana se extiende ante mí, cuarenta y ocho horas vacías para ocupar. Me vuelvo a llevar la lata a los labios, pero ya no queda una sola gota.

Lunes, 8 de julio de 2013 

Mañana

Es un alivio estar de vuelta en el tren de las 8.04. No es que me muera de ganas de llegar a Londres para comenzar la semana. De hecho, no tengo ningún interés en particular por estar en Londres. Sólo quiero reclinarme en el suave y mullido asiento de velvetón y sentir la calidez de la luz del sol que entra por la ventanilla, el constante balanceo del vagón y el reconfortante ritmo de las ruedas en los raíles. Prefiero estar aquí, mirando las casas que hay junto a las vías, que en casi ningún otro lugar.

Aproximadamente a medio camino de mi trayecto, hay un semáforo defectuoso. O, al menos, creo que está defectuoso, pues casi siempre está en rojo. La mayor parte de los días nos detenemos en él, a veces unos pocos segundos, otras durante minutos. Cuando voy en el vagón D—cosa que normalmente hago—y el tren se detiene en este semáforo —cosa que acostumbra hacer—, puedo ver perfectamente mi casa favorita de las que están junto a las vías: la del número 15. La casa del número 15 es muy parecida a las demás casas que hay en este tramo de las vías: una casa adosada victoriana de dos plantas, con un estrecho y cuidado jardín que se extiende unos seis metros hasta la cerca, más allá de la cual hay unos pocos metros de tierra de nadie antes de llegar a las vías del tren. Conozco esta casa de memoria. Conozco todos sus ladrillos, el color de las cortinas del dormitorio del piso de arriba (beis, con un estampado azul oscuro), los desconchados de la pintura que hay en el marco de la ventanilla del cuarto de baño y las cuatro tejas que faltan en una sección del lado derecho del tejado. También sé que a veces, en las cálidas tardes de verano, los ocupantes de esta casa, Jason y Jess, salen por la ventana de guillotina para sentarse en la terraza que han improvisado sobre el tejado de la extensión de la cocina. Se trata de una pareja perfecta. Él es moreno y fornido. Parece fuerte, protector y amable. Tiene una gran sonrisa. Ella es una de esas mujeres pequeñas como un pajarillo, muy guapa, de piel pálida y pelo rubio muy corto. La estructura ósea de su rostro le permite llevarlo así: prominentes pómulos salpicados de pecas y marcada mandíbula. Mientras estamos parados en el semáforo en rojo, echo un vistazo por si los veo. Por las mañanas, Jess suele estar en el jardín tomando café, sobre todo en verano. A veces, cuando la veo ahí, tengo la sensación de que ella también me ve a mí y me entran ganas de saludarla. Soy excesivamente consciente de mí misma. A Jason no lo veo tan a menudo porque suele estar de viaje de trabajo. Pero incluso si no están en casa, suelo pensar en lo que deben de estar haciendo. Esta mañana puede que se hayan tomado el día libre y ella esté tumbada en la cama mientras él prepara el desayuno, o quizá se han ido a correr juntos, porque ése es el tipo de cosas que hacen. (Tom y yo solíamos salir a correr juntos los domingos; yo lo hacía a un ritmo un poco más rápido de lo habitual en mí y él mucho más lento, así podíamos ir los dos juntos). Tal vez Jess está en la habitación de sobra del piso de arriba, pintando, o quizá están duchándose juntos, ella con las manos contra las baldosas y él sujetándola por las caderas.

Tarde 

Volviéndome levemente hacia la ventanilla para darle la espalda al resto del vagón, abro una de las pequeñas botellas de Chenin Blanc que compré en la estación de Euston. No está fría, pero servirá. Tras verter un poco de vino en un vaso de plástico, vuelvo a cerrar la botella y la guardo en el bolso. Los lunes no es tan aceptable beber en el tren a no ser que lo hagas en compañía, y éste no es mi caso. En estos trenes hay rostros familiares, gente que veo todas las semanas yendo de un lado para otro. Los reconozco y seguramente ellos me reconocen a mí. Lo que no sé es si me ven tal y como realmente soy. Es una tarde magnífica. Cálida, pero no demasiado. El sol ha iniciado su perezoso descenso y las sombras se alargan y la luz comienza a teñir de dorado los árboles. El traqueteante tren sigue adelante y pasamos frente a la casa de Jason y Jess, apenas un borrón bajo la luz vespertina. En ocasiones, no muy a menudo, puedo verlos desde este lado de las vías. Si no hay ningún tren en la dirección opuesta, a veces llego a vislumbrarlos en la terraza. Si no —como hoy—, me limito a imaginar lo que estarán haciendo. Jess sentada en la terraza con los pies sobre la mesa, con un vaso de vino en la mano y Jason detrás de ella, con las manos en sus hombros. Imagino el tacto y el peso de las manos de él, reconfortantes y protectoras. A veces me sorprendo a mí misma recordando la última vez que tuve un contacto físico significativo con otra persona, sólo un abrazo o un cordial apretón de manos, y siento una punzada en el corazón.

Martes, 9 de julio de 2013 

Mañana

La pila de ropa de la semana pasada sigue ahí, y todavía parece más polvorienta solitaria que hace unos días. Leí en algún lugar que un tren puede arrancarte la ropa al impactar con tu cuerpo. No es tan inusual, morir atropellada por un tren. Dicen que sucede unas doscientas o trescientas veces al año; es decir, al menos uno de cada dos días. No estoy segura de cuántas de estas muertes son accidentales. Al pasar lentamente junto a la ropa, miro si hay algún resto de sangre, pero no veo ninguno. Como es habitual, el tren se detiene en el semáforo y veo a Jess en el patio, de pie delante de las puertas correderas. Lleva un vestido con un estampado de color claro y los pies desnudos. Está mirando hacia la casa por encima del hombro. Es probable que esté hablando con Jason, que estará preparando el desayuno. Mientras el tren se vuelve a poner en marcha, mantengo la mirada puesta en Jess. No quiero ver las otras casas; en particular, no quiero ver la que hay cuatro puertas más abajo, la que era mía. Viví en el número 23 de Blenheim Road durante cinco años, un periodo dichosamente feliz y absolutamente desgraciado. Ahora no puedo mirarla. Fue mi primera casa. No la de mis padres ni un piso compartido con otros estudiantes: mi primera casa. Ahora no soporto mirarla. Bueno, sí puedo, lo hago, quiero hacerlo, no quiero hacerlo, intento no hacerlo. Cada día, me digo a mí misma que no debo mirarla y cada día lo hago. No puedo evitarlo, a pesar de que ahí no hay nada que quiera ver y de que todo lo que vea me dolerá; a pesar de que recuerdo claramente cómo me sentí la vez que la miré y advertí que el estor de color crema del dormitorio del piso de arriba había sido reemplazado por algo de un infantil color rosa pálido; a pesar de que todavía recuerdo el dolor que sentí cuando, al ver a Anna regando los rosales de la cerca, reparé en su prominente barriga de embarazada debajo de la camiseta y me mordí el labio con tal fuerza que me hice sangre. Cierro los ojos y cuento hasta diez, quince, veinte. Ya está, ya ha pasado, ya no hay nada que ver. Entramos en la estación de Witney y luego volvemos a salir y el tren comienza a ganar velocidad a medida que los suburbios dan paso al sucio norte de Londres y las casas con terraza son reemplazadas por puentes llenos de grafitis y edificios vacíos con las ventanas rotas. Cuanto más cerca estamos de Euston, más inquieta me siento. Aumenta la presión: ¿qué tal será el día de hoy? Unos quinientos metros antes de que lleguemos a Euston, en el lado derecho de las vías, hay un sucio edificio bajo de hormigón. En un lateral, alguien ha pintado: «LA VIDA NO ES UN PÁRRAFO». Pienso en la pila de ropa a un lado de las vías y siento un nudo en la garganta. La vida no es un párrafo y la muerte no es un paréntesis.

Tarde 

El tren que cojo por la tarde, el de las 17.56, es un poco más lento que el de la mañana: tarda una hora y un minuto, siete minutos más que el de la mañana, a pesar de que no se detiene en ninguna otra estación. No me importa. Del mismo modo que no tengo ninguna prisa por llegar a Londres por las mañanas, tampoco la tengo por llegar a Ashbury por las tardes. Y no sólo porque se trate de Ashbury, aunque sin duda es un lugar suficientemente malo. Este pueblo, creado en los sesenta y que se extiende como un tumor por el centro de Buckinghamshire, no es ni mejor ni peor que docenas de poblaciones similares: un centro plagado de cafeterías, tiendas de móviles y sucursales de JD Sports, rodeado de suburbios y, más allá de éstos, el reino de los cines multiplex y los grandes almacenes Tesco. Yo vivo en un edificio más o menos elegante y más o menos nuevo situado en el punto en el que el centro comercial del pueblo comienza a dar paso a las afueras residenciales, pero no es mi hogar. Mi hogar es la casa adosada victoriana de las vías, de la que era copropietaria. En Ashbury no soy propietaria de nada, ni tampoco arrendataria, sino una mera huésped del pequeño segundo dormitorio del insulso e inofensivo dúplex de Cathy, a cuya buena voluntad estoy sujeta. Cathy y yo éramos amigas en la universidad. Medio amigas, en realidad; nuestra relación nunca llegó a ser tan estrecha. El primer año, vivía al otro lado del pasillo y hacíamos el mismo curso, de modo que surgió una alianza natural en esas amedrentadoras primeras semanas en las que todavía no habíamos conocido a gente con la que teníamos más cosas en común. Ya no nos solíamos ver demasiado una vez pasado ese primer año, y prácticamente nada después de la universidad salvo en alguna boda ocasional. Sin embargo, cuando me encontré en apuros resultó que ella tenía una habitación de sobra disponible y me pareció una opción aceptable. Yo estaba convencida de que sólo sería por un par de meses, seis a lo sumo, y no sabía qué otra cosa hacer. Nunca había vivido sola; había pasado de vivir en casa de mis padres a hacerlo en una residencia y luego con Tom. La idea, pues, me resultaba abrumadora, así que finalmente acepté la oferta de Cathy. De eso ya casi hace dos años. No es tan horrible. Cathy es una buena persona de un modo incluso impositivo. Se asegura de que seas consciente de su bondad. Su bondad es palpable, se trata de su rasgo definitorio, y necesita que se le reconozca con frecuencia, casi a diario. Eso puede resultar agotador, pero en el fondo no es tan malo, se me ocurren peores cosas en una compañera de piso. No, lo que más me molesta de mi nueva situación (todavía me parece nueva, aunque ya hayan pasado dos años) no es Cathy, ni tampoco Ashbury, sino la pérdida de control. En el apartamento de Cathy siempre me siento como una invitada no especialmente bienvenida. Es algo que percibo en la cocina, donde a duras penas cabemos cuando ambas hacemos la cena a la vez, o en el sofá cuando me acomodo a su lado (ella aferrada al mando a distancia). El único espacio que siento mío es mi diminuto dormitorio, ocupado casi por entero por una cama doble y un escritorio y sin apenas espacio entre ellos para poder caminar. Es lo bastante cómodo, pero no es un lugar en el que apetezca pasar el rato, de modo que suelo estar en el salón o en la mesa de la cocina, sintiéndome incómoda e impotente. He perdido el control de todo, incluso de los lugares que visito mentalmente.

Miércoles, 10 de julio de 2013 

Mañana

Cada vez hace más calor. Apenas son las ocho y media y el calor ya aprieta y la humedad es altísima. Me gustaría que cayera una tormenta, pero hoy el cielo es de un insolente, pálido y acuoso azul. Me seco el sudor del labio superior. Desearía haberme acordado de comprar una botella de agua. Esta mañana no veo a Jason y a Jess y siento una profunda decepción. Es una tontería, ya lo sé. Observo atentamente la casa, pero no se ve nada. Las cortinas de la planta baja están descorridas pero las puertas correderas están cerradas y la luz del sol se refleja en el cristal. La ventana de guillotina del piso de arriba también está cerrada. Jason debe de estar fuera por trabajo. Es médico, creo; seguramente trabaja en una de esas organizaciones que operan en el extranjero. Está siempre de guardia, con la bolsa preparada en el estante superior del armario. Cuando hay un terremoto en Irán o un tsunami en Asia, él lo deja todo, coge su bolsa y al cabo de unos minutos ya está en Heathrow, preparado para volar y salvar vidas. En cuanto a Jess y sus atrevidos estampados, sus zapatillas de deporte Converse, su belleza y su presencia, trabaja en la industria de la moda. O quizá en el negocio de la música, o en publicidad; también podría ser estilista o fotógrafa. Y además, pinta bien. Tiene una marcada vena artística. Ya la imagino en la habitación de sobra del piso de arriba, con la música a todo volumen, las ventanas abiertas, un pincel en la mano y un enorme lienzo apoyado en la pared. Estará ahí hasta medianoche; Jason sabe que no debe molestarla mientras está trabajando. En realidad no puedo verla, claro está. No sé si pinta ni si Jason se ríe mucho ni tampoco si Jess tiene los pómulos marcados. Desde aquí, no puedo ver su estructura ósea y nunca he oído la voz de Jason. Ni siquiera los he visto nunca de cerca: cuando yo vivía en esa calle ellos todavía no vivían ahí. No sé exactamente cuándo se trasladaron. Creo que comencé a reparar en ellos hará cosa de un año y, poco a poco, a medida que fueron pasando los meses, se fueron volviendo cada vez más importantes para mí. Tampoco conozco sus nombres, así que tuve que inventármelos. Jason, porque es tan atractivo como una estrella de cine británica; no en plan Depp ni Pitt, sino más bien Firth, o Jason Isaacs. Y Jess simplemente porque queda bien con Jason y a ella le pega. Hace juego con lo guapa y despreocupada que parece. Son un dueto, un equipo. Y son felices, lo noto. Son lo que yo era, son Tom y yo hace cinco años. Son lo que perdí, son todo lo que quiero ser.

Tarde 

La camisa me va demasiado pequeña —los botones del pecho parecen a punto de reventar— y unas amplias manchas de sudor son visibles bajo las axilas. Me escuecen los ojos y la garganta. Esta tarde no quiero que el viaje se alargue; quiero llegar cuanto antes a casa, desvestirme y meterme en la ducha, donde nadie pueda verme. Me quedo mirando al hombre que va sentado delante de mí. Es más o menos de mi edad, unos treinta y pocos años, y tiene el pelo moreno y las sienes canosas. Piel cetrina. Va trajeado, pero se ha quitado la americana y la ha colgado en el respaldo del asiento de al lado. Un MacBook delgado como un papel descansa sobre su regazo. Teclea despacio. En la muñeca derecha lleva un reloj plateado con una esfera de gran tamaño; parece caro, quizá un Breitling. No deja de mordisquearse el interior de la mejilla. Puede que esté nervioso. O quizá profundamente concentrado. Escribiendo un importante email a un colega de la oficina de Nueva York, o redactando con cuidado un mensaje de ruptura a su novia. De repente, levanta la mirada y me repasa de arriba abajo sin dejar de reparar en la pequeña botella de vino que hay en la mesilla. Luego aparta la mirada. Algo en el rictus de su boca sugiere aversión. Me encuentra repulsiva. No soy la misma chica de antes. Ya no soy deseable. Resulto más bien desagradable.

No es sólo que haya engordado un poco, ni que tenga el rostro hinchado por la bebida y la falta de sueño; es como si la gente pudiera ver el dolor escrito en todo mi cuerpo; es visible en mi cara, en mi postura, en mis movimientos. Una noche de la semana pasada, salí de mi habitación para tomar un vaso de agua y, sin querer, oí a Cathy hablando con Damien, su novio, en el salón. «Estoy realmente preocupada con ella. No ayuda el hecho de que esté siempre sola». Y luego añadió: «¿No conocerás a alguien en tu trabajo, o quizá en el club de rugby?». A lo que Damien le contestó: «¿Para Rachel? No pretendo ser gracioso, Cath, pero no estoy seguro de conocer a nadie tan desesperado».

Jueves, 11 de julio de 2013

Mañana 

No dejo de toquetear la tirita que llevo en el dedo índice. Esta mañana he lavado la taza del café con ella puesta, de modo que todavía está mojada. Y también sucia a pesar de que antes estaba limpia. No quiero quitármela porque el corte es profundo. Cuando llegué ayer por la tarde, Cathy no estaba en casa de modo que fui a la licorería y compré un par de botellas de vino. Me bebí la primera y luego se me ocurrió aprovechar el hecho de estar sola y decidí hacerme un filete con salsa de cebollas rojas y una ensalada verde. Una comida buena y sana. Mientras cortaba las cebollas me hice un corte en la punta del dedo, así que fui al cuarto de baño para limpiarme la herida y luego a la habitación a tumbarme un rato. Debí de olvidarme de todo y quedarme dormida, porque me desperté sobre las diez y Cathy y Damien estaban hablando. Él decía lo mal que le parecía que yo hubiera dejado la cocina así. Cathy subió a verme. Tras llamar con suavidad a la puerta, la abrió ligeramente, asomó la cabeza ladeándola un poco y me preguntó si estaba bien. Yo le pedí disculpas sin estar segura de por qué lo hacía. Ella dijo que no pasaba nada, pero que si no me importaba limpiar un poco la cocina. Había sangre en la tabla de cortar, la cocina olía a carne cruda y el filete se estaba volviendo gris sobre la encimera. Damien ni siquiera me dijo hola, se limitó a negar con la cabeza al verme y se marchó al dormitorio de Cathy. Cuando ambos se hubieron ido a la cama, recordé que todavía no me había bebido la segunda botella, de modo que la abrí. Me senté en el sofá y puse la televisión con el sonido muy bajo para que no la oyeran. No recuerdo qué estaba viendo, pero en un momento dado me debí de sentir sola, o feliz, o algo, porque quería hablar con alguien. La necesidad debía de ser abrumadora y no había nadie a quien pudiera llamar salvo Tom. No hay nadie con quien quiera hablar salvo Tom. El registro de llamadas de mi móvil indica que le llamé cuatro veces: a las 23.02, las 23.12, las 23.54 y las 00.09. A juzgar por la duración de las llamadas, dejé dos mensajes. Puede que él incluso llegara a descolgar el teléfono, pero no recuerdo haber hablado con él. Sí recuerdo dejar el primer mensaje; creo que sólo le pedía que me llamara. Eso debió de ser lo que dije en ambos, lo cual tampoco es tan malo. Al llegar al semáforo en rojo, el tren se detiene con una sacudida y levanto la mirada.

Jess está sentada en el patio, bebiendo una taza de café. Tiene los pies encima de la mesa y toma el sol con la cabeza echada hacia atrás. Detrás de ella, creo ver la sombra de alguien moviéndose: Jason. Me muero de ganas de vislumbrar su atractivo rostro. Quiero que salga afuera y, tal y como suele hacer, se coloque detrás de ella y le bese en la coronilla. Él no sale y, en un momento dado, ella levanta la cabeza. Hay algo en sus movimientos que parece distinto; son más pesados, como si alguien tirara de sus extremidades hacia abajo. Espero que Jason salga, pero el tren se pone en marcha con una sacudida y comienza a avanzar sin que dé ninguna señal; Jess está sola. Y, de repente, me sorprendo a mí misma mirando directamente mi casa, incapaz de apartar la vista. Los ventanales están abiertos de par en par y la luz entra en la cocina. No sé si lo estoy viendo de verdad o son imaginaciones mías. ¿Está ella lavando los platos? ¿Hay una niña pequeña sentada en la mecedora para bebé que descansa sobre la mesa de la cocina? Cierro los ojos y dejo que la oscuridad se extienda hasta que pasa de ser una sensación de tristeza a algo peor: un recuerdo, un flashback. No sólo le pedí que me devolviera la llamada. Ahora también recuerdo que lloraba y que le dije que lo quería y que siempre lo haría. «Por favor, Tom, por favor, necesito hablar contigo. Te echo de menos». No no no no no no no. He de aceptarlo, de nada sirve intentar no pensar en ello. Me voy a sentir fatal todo el día. Las oleadas —fuertes, luego más débiles y luego más fuertes otra vez— me provocarán un nudo en la boca del estómago, la zozobra de la vergüenza y un repentino calor en el rostro y yo me limitaré a cerrar con fuerza los ojos como si de ese modo pudiera conseguir que desapareciera todo. Mientras tanto, no dejaré de decirme que, al fin y al cabo, tampoco es lo peor que he hecho. No es como si me hubiera caído en público, o le hubiera gritado a un desconocido en la calle. Tampoco como si hubiera humillado a mi marido durante una barbacoa veraniega al insultar a gritos a la esposa de uno de sus amigos. Ni como si nos hubiéramos peleado una noche en casa, hubiera ido a por él con un palo de golf y hubiera abierto un boquete en la pared del pasillo. Ni como si hubiera vuelto con paso tambaleante a la oficina después de un almuerzo de tres horas y que todo el mundo me mirara y luego Martin Miles me hubiera llevado a un lado y me hubiera dicho: «Creo que deberías irte a casa, Rachel». Una vez leí el libro de una exalcohólica en el que contaba que les había practicado una felación a dos hombres que acababa de conocer en el restaurante de una abarrotada calle de Londres. Cuando lo leí, pensé que yo no estaba tan mal. Ahí es donde pongo el límite.

Tarde 

He estado pensando en Jess todo el día y no he podido concentrarme en nada salvo en lo que he visto esta mañana. ¿Qué es lo que me ha hecho pensar que algo iba mal? A esa distancia no podía verla bien, pero he tenido la sensación de que estaba sola. Más que sola: abandonada. Quizá efectivamente lo estaba, quizá él ha viajado a uno de esos países calurosos a los que acude para salvar vidas. Y ella lo echa de menos y se preocupa aunque sepa que él tiene que ir. Claro que lo echa de menos, igual que yo. Jason es amable y fuerte, todo lo que un marido debería ser. Y los dos forman un auténtico equipo, puedo verlo, lo sé. La fuerza de Jason, la actitud protectora que irradia, no quiere decir que ella sea débil. Ella es fuerte de otro modo: las conexiones intelectuales que realiza lo dejan a él con la boca abierta de admiración; es capaz de diseccionar el meollo de un problema y analizarlo en el tiempo que otras personas tardan en decir buenos días. En las fiestas, él suele cogerla de la mano aunque hace años que están juntos. Se respetan mutuamente, jamás infravaloran al otro. Esta tarde me siento agotada. Estoy completamente sobria. Algunos días me muero por beber; otros soy incapaz. Hoy, la simple idea hace que se me revuelva el estómago. Pero la sobriedad en el tren vespertino es un desafío. Sobre todo ahora, con este calor. Una fina capa de sudor cubre cada centímetro de mi piel, siento un hormigueo en el interior de la boca y los ojos me escuecen cuando, al frotármelos, el rímel se me mete por las comisuras. De repente, el móvil vibra en mi bolso, me sobresalta. Las dos chicas que van sentadas al otro lado del vagón se vuelven hacia mí y luego se miran entre sí e intercambian una sonrisa. No sé qué pensarán de mí, pero sé que no es algo bueno. El corazón me late con fuerza cuando cojo el teléfono. Sé que esto tampoco será algo bueno: quizá se trata de Cathy para pedirme amablemente que esta tarde le dé un descanso a la bebida. O de mi madre para decirme que la semana que viene estará en Londres y se pasará por mi oficina para ir a almorzar. Miro la pantalla. Es Tom. Vacilo durante un segundo y luego contesto. —¿Rachel?

Durante los primeros cinco años, nunca fui Rachel. Siempre Rach. O, a veces, Shelley, porque él sabía que lo odiaba y le hacía gracia ver cómo me enfadaba y que, a pesar de ello, al final no pudiera evitar unirme a sus risas. —Soy yo, Rachel —dice con voz plúmbea, parece cansado—. Escucha, tienes que dejar de hacer esto, ¿de acuerdo? —Yo no digo nada. El tren está aminorando su marcha y casi está enfrente de su casa, mi antigua casa. Me gustaría decirle que saliera al patio y me permitiera verlo —. Por favor, Rachel, no puedes estar llamándome continuamente. Has de resolver tus problemas de una vez. —Siento un nudo en la garganta tan grande como un guijarro, prieto e inamovible. No puedo tragar. No puedo hablar—. ¿Rachel? ¿Estás ahí? Sé que las cosas no te van bien, y lo siento de veras pero… Yo no puedo ayudarte, y todas estas llamadas están molestando a Anna. Ya no te puedo ayudar más. Ve a Alcohólicos Anónimos o algo así. Por favor, Rachel. Cuando salgas hoy del trabajo, ve a una reunión de Alcohólicos Anónimos. Me quito la sucia tirita del dedo y me quedo mirando la carne pálida y arrugada y la sangre reseca que hay en el borde de la uña. Entonces presiono con el pulgar de la mano derecha el centro del corte hasta que noto cómo se abre. El dolor es intenso y candente. Contengo el aliento y la herida comienza a sangrar. Las chicas que van sentadas al otro lado del vagón se me quedan mirando con el rostro lívido.

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