​Al día siguiente me levanté muy pronto y llevé a cabo los ritos de un soltero veterano con la misma parsimonia que si fuera domingo por la mañana. Por la ventana del salón, que daba a un patio de luces demasiado amplio para calificarlo de siniestro, aunque lo suficiente estrecho para considerarlo triste, vi que lucía un sol espléndido. En el piso de arriba alguien a quien solía encontrar en el ascensor con cierta frecuencia tendía sobre las cuerdas de la ropa un pijama conocido  que con el paso del tiempo había llegado a adquirir cierto aire de mortaja.

Mi conciencia estaba más vacía que mi estómago, pese a que yo intentaba rellenarla con diversos estímulos procedentes de un caudal emotivo que cada año se secaba un poco más.

Telefoneé a la redacción y dije que continuaría enfermo el resto de la semana. El redactor jefe se puso un poco pesado y tuve que explicarle algunas de las complicaciones más frecuentes de la gripe. Su hipocondría le impidió seguir preguntando, de manera que pude colgar pronto sin tener que dar demasiados detalles.

Tomé un par de cafés solubles y encendí un cigarro para calcular, por el dolor que me producía el humo al atravesar la garganta, el estado de mi faringitis crónica. Después me duché y estuve 15 minutos frente al espejo quitándome espinillas.

Cuando salí a la calle, el sol era más cegador de lo que yo había podido advertir desde la ventana de mi patio.

Pero ese sol apenas era capaz de suavizar un frío semejante al que debe hacer en los lugares sin atmósfera. Por lo demás, la gente, las casas, los vehículos y el resto de los objetos urbanos que decoraban las alcantarillas que llamamos calles parecían siluetas planas más que cuerpos dotados de espesor o volumen.

La sensación que tuve esa mañana es que me encontraba en una de las páginas de un cuento troquelado, al que la habilidad de un artesano había conseguido darle cierta animación. Supe entonces que con tales argucias sensitivas me defendía del miedo inmediato a conocer a conocer el nombre del asesino de mi amigo.

Llegué a la comisaría antes de las 11, pero el inspector me recibió en seguida.

Tenía un despacho con cierto olor a cuartel, que no encajaba con la personalidad del anciano. Me senté al otro lado de su mesa y sonreí a la espera de la sentencia. El inspector sacó de un cajón el pequeño muestrario de papel que le había entregado el día anterior y me lo pasó a través de la mesa.

-He numerado las muestras dijo. Busque usted la 32.

La busqué y dije:

-Ya está.

-Tóquela suavemente con la yema de los dedos.

La toqué del modo que me dijo y después me dirigí a él con una mirada interrogante.

-¿No le recuerda nada ese tacto? Preguntó.

-Sí respondí, pero no sé de que.

Sacó entonces el inspector su billetero  y extrajo de él un billete nuevo de 5000 pesetas.

Me lo dio sonriendo. Dijo:

-Compare ahora entre el papel y el bilete.

Lo hice y me pareció que tenían idéntica trama. Dije:

-Ambos papeles tienen una trama igual o muy parecida.

-Eso es afirmó satisfecho. ¿No le sugiere nada tal coincidencia?

Compuse, la expresión de quien se esforzara en comprender algo y de repente, de forma gratuita, comprendí: si los documentos de la dichosa cartera no valían nada, era preciso concluir que lo que todo el mundo buscaba era el dinero. Ahora bien, esa cantidad no justificaba, en principio, los medios empleados para recuperarla; por tanto, aquellos billetes tenían un valor añadido. Dije:

-Dinero falso.

-Correcto respondió el inspector.

-¿Cómo no se me ocurrió antes?

-Estaba usted ofuscado con el tema del delito fiscal, porque el problema no era tan difícil.

-Por eso nos detuvieron al salir del restaurante, porque pagué con un billete falso.

-Efectivamente. Hace tiempo que la brigada que se encarga de esta clase de delitos andaba detrás de esa partida. La falsificación era casi perfecta, pero tenían un defecto que cualquier especialista podía detectar. Los falsificadores habían puesto en circulación 300.000 pesetas y entonces advirtieron el fallo. Decidieron, pues, destruir el resto, las 600.000, que estaban en poder de Carolina Orúe. Lo que paso es que, cuando esta mujer fue a buscarlo, se encontró con que su marido lo había robado.

-¿Luis Mary conocía el asunto?

-No. Imagino que lo robó por placer y porque a esas alturas ya había comenzado a sospechar que su mujer se entendía directamente con los del laboratorio.

-Explíquemelo con un poco de orden, por favor.

-De acuerdo. Carolina Orúe intuye, por alguna indiscreción de Campuzano, que en los laboratorios Basedow se está llevando a cabo algo ilegal que puede producir enormes beneficios. Usa entonces sus influencias para colocar en esos laboratorios a su marido, pero sin explicarle cuál es la naturaleza de sus sospechas. Le engaña, pues haciéndole creer que lo que van a investigar es un fraude fiscal. Su amigo, que en el fondo seguramente era un ingenuo, obedece las órdenes y saca papeles de donde ella se los manda sacar.

Llegado a un punto, sospecha que su mujer le oculta información y decide actuar solo.

Entonces, coge de su propia casa la cartera donde guardan la documentación que ha ido acumulando y, de paso, se encuentra con 600.000 pesetas que decide robar por placer o por venganza. A continuación, esconde esa cartera en casa de su amiga Teresa. En ese momento, los falsificadores detectan el fallo al que me referido y le piden el dinero a Carolina al objeto de destruirlo. Pero el dinero no está en su sitio y eso les pone nerviosos. Creo, sin embargo, que consiguieron recuperar una parte que Campuzano trasladó de la consulta de Carolina a la Casa de Campo la tarde aquella que tan bien describe usted en los primeros capítulos de su novela. Las precauciones que toman en esos momentos están justificadas, porque saben ya que Luis Mary se ha convertido en la sombra de Campuzano.

El inspector hizo una pausa algo teatral y continuó enseguida:

-Bien, entonces comienzan a pensar en el modo de presionar a su amigo de forma que les devuelva el dinero, pero sin que sospeche al mismo tiempo. La suerte les juega una mala pasada, porque en esos momentos su amigo aparece colgando del gancho de la lámpara, en el salón de su casa.

-¿No lo hicieron ellos? Pregunté inquieto.

-Tenga paciencia, amigo. Eso lo veremos más tarde. Ahora entra usted en el juego y los falsificadores se tranquilizan de momento, porque confían en la habilidad de Carolina para manejarle, de manera que les entregue todo sin escándalo. Entretanto, la policía ha detectado ya la falsificación y da aviso a los bancos y a los establecimientos públicos por si a alguien se le ocurriera poner el circulación un nuevo billete. Eso es lo que hace usted la noche que cena con Carolina, y por eso mismo se produce la detención de ambos.

-¿Quién era el cerebro? Pregunté.

-En eso respondió demostró usted cierta intuición, porque no era otro que Menéndez Cueto. Tenía su propio laboratorio y contaba, para las pruebas, con la pequeña imprenta de la revista Hipófisis, que dirigía Campuzano.

-¿Por qué liquidaron a Campuzano? Pregunté con indiferencia.

-Se liquidó él solo. No pudo soportar la tensión a que estaba sometido, sobre todo después de la muerte de su amigo, que él relacionó en equivocación con el asunto de falsificar. Podía aceptar ser cómplice de una estafa, pero nunca de un crimen.

Pasé por alto la última observación, pues a esas alturas ya había advertido que el inspector me reservaba una sorpresa final, y pregunté:

-¿Y Carolina?

-Era una buena cómplice, por eso no les importó negociar con ella. Sabía manejar a la gente y era la persona indicada para distribuir adecuadamente las partidas de dinero falso. Además, se trataba de una mujer prudente a juzgar por la acertada decisión de dejar fuera de todo a su marido, que sin duda era un insensato.

El inspector se calló en ese punto y yo encendí un cigarro. Ahora me tocaba hablar a mí, pero temí preguntar lo que él esperaba: ¿Quién había matado a Luis Mary? Giré el cuello y vi el sol, que penetraba por una ventana con barrotes. El día era tan cegador como los acontecimientos. Finalmente conseguí elaborar algunas frases:

-Mi actividad dije ha servido para cazar a un grupo de falsificadores. ¿Y mi novela? ¿Ha sido útil para localizar al asesino de mi amigo?

El inspector me miró como si se encontrara muy alejado de mí y del mundo en general. 

Después abrió un cajón y sacó de él los folios mecanografiados. Los echó sobre la mesa y dijo:

-Esto es papel mojado, amigo, letra muerta, y más vale que sea así, pues, de tener alguna utilidad, ésta no sería otra que la de llevarle a usted a la cárcel.

-¿Y eso? Pregunté algo pálido ya, aunque con cierto tono indiferente.

-Bien respondió con cansancio, usted necesitaba que su amigo muriera, no ya para escribir una novela, sino para ser alguien simplemente. No abundaré en esa idea que está presente a lo largo de todo el relato. Sin embargo, el azar le hizo un favor gracias al cual descubrió que, si su amigo moría, ni siquiera necesitaría escribir esa novela, porque ya estaba escrita. Se lo diré de otro modo: esta novela en la que usted y yo hablamos ahora mismo fue escrita por su amigo. 

Se calló unos segundos para observar en mi rostro el efecto devastador de sus palabras. En seguida continuó:

-Es mentira que no volvieran a verse después de aquella tarde que pasaron juntos en el teleférico, detrás de Campuzano. Su amigo le llamó a los pocos días y se encontraron en la buhardilla que éste tenía en la calle de La Palma. Hablaron de los tiempos pasados, quizá también de las ambiciones adolescentes no realizadas, y, entonces Luis María le enseñó esta novela en la que al final nos encontramos usted y yo en una comisaría de Madrid. Por si fuera poco, y por uno de esos juegos a los que sin duda era muy aficionado, la había escrito en primera persona usando el nombre de usted y colocándose a sí mismo en el papel del muerto. Usted leyó el relato y le gustó, llegó a creer incluso que era suyo, pero había un testigo. Eliminó, pues, al testigo, al verdadero escritor,  y cambió la firma. Le dije el otro día que en tiempos fui un buen aficionado al género policíaco y por lo tanto sé que, cuando un autor conoce el final, no puede enviar contarlo en el transcurso de la acción. Luis María sabía ese final y no deja de lanzar señales que lo explican. ¿Acaso no recuerda un capítulo en el que Carolina y usted están en la buhardilla de su amigo cuando ésta descubre un papel en el que hay una idea para una novela? Para esta precisamente. Por eso se encarga usted de destruir esa prueba. Teresa dice en otra ocasión, no sé en qué capítulo, que Luis Mary había escrito o estaba escribiendo una novela en la que sacaba a todos los amigos; hablaba también de esta novela. Y, en fin, ¿no recuerda las preguntas que hace usted a todo el mundo sobre si el muerto ha dejado algún manuscrito? Temía que hubiera una copia fuera de su control que pudiera delatarle. A todo esto aún habría que añadir el canto que hace su personaje al asesino solitario en el capítulo once, pero creo que no vale la pena insistir más en algo que resulta evidente.

El inspector puso las manos sobre la mesa en un gesto que quería decir que la función había terminado. Yo estudié sus ojos con desconfianza durante algunos segundos, y al fin pregunté:

-¿Por qué no me detiene, pues?

-Porque no vale la pena, amigo respondió. Mi carrera profesional termina con este capítulo y a estas alturas me encuentro algo cansado. Recibirá usted un castigo peor que la cárcel: ser un mal detective de ficción. Irá de una novela a otra como un Caín imaginario, despojado de la realidad y de sus adherencias. No lo lamente; a fin de cuentas todo es tan imaginario como esta situación absurda que nos ha tocado vivir a usted y a mí durante estos últimos días.

Encendí otro cigarro y advertí que tenía ganas de llorar, pero logré contenerme. Dije:

-Siendo todo tan imaginario, ¿podría haber matado impunemente a Carolina aquella tarde, en la buhardilla?

-Podría haberlo hecho dijo, pero quizá no impunemente. La realidad, amigo, es un espesamiento de la imaginación como la voz es un espesamiento del aire. Su crimen podría haber coincidido con uno de esos pensamientos o vuelta de noria, y le aseguro a usted que la realidad que llamamos cárcel puede llegar a resultar muy espesa. 

Se levantó y sacó de un bolsillo el cheque que me había dado Carolina entregándomelo a través de la mesa.

-Ahora, váyase dijo.

Cogí el cheque, me levanté y me fui.

En la calle me acometió una sensación de irrealidad insoportable. La vida continuaba troquelada, aunque móvil, y yo era un personaje de ficción en busca de algo espeso en lo que fundirme. Tomé un taxi y me marché a casa de Teresa. Me recibió un poco borracha a pesar de la hora. Nos sentamos uno junto al otro, en el sofá, y le conté el fin de la historia. Esperé su agresión, pero ésta no llegó a producirse. Al rato me preguntó:

-¿Estás triste por Carolina?

-Sí dije. Tú continúas siendo el amor de mi vida, a pesar de que representas ese espacio en el que todo se trascendentaliza o se convierte en otra cosa. Pero Carolina es dueña de un lugar distinto y maravilloso en el que todo se frivoliza porque todo en él es superficial y aparente.

La esperaré.

-¿Y qué harás entretanto?

-No sé. Podría especializarme en sucesos para seguir conectado de algún modo a la investigación privada. Tal vez sea capaz de escribir otra novela distinta a ésta que para nosotros escribió Luis Mary.

-El autor de cualquier novela que escribas dijo será inevitablemente él.

-Sí respondí tristemente y sentí que se acababa el tiempo, aunque no sabría decir de qué tiempo se trataba. Entonces saqué el cheque y se lo di.

-Toma, he conseguido esto para ti.

Lo miró largamente, con cierto gesto de avaricia. Luego preguntó:

-¿No anularán la orden de pago?

-No tendría sentido. Somos seres imaginarios con un talón imaginario entre las manos.

Entonces se acercó, me dio un beso imaginario y yo sentí una reminiscencia de otra vida, un sonido de pájaro que atravesó años luz de odio y enloquecido penetró en mi cuerpo y a golpes recorrió sus zonas huecas. Ese sonido era el mismo que me había conducido a la casa, al escenario, a la puerta del crimen. 

                            FIN.

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