​Conseguí dormir hasta las 16:00.

A esa hora otro soltero inconsolable, que ocupada un apartamento contiguo al mío, llegó del banco en que trabajaba y, mientras abría alguna lata para comer, puso un disco de Simon y Garfunkel. Si algo puede hacerme llorar en este mundo, son las canciones de ese dúo adolescente. Soy una roca, soy una isla, decían los tabiques en inglés mientras yo me incorporaba en castellano aturdido por el sentimiento y destrozado por la vida, por la mía y por la de los dezado por la vida, por la mía y por la de los demás, que todo era un desastre breve y contingente, pero atronador y en fin…

Al poco llamaron a la puerta sin reparos deseando que algún matón me vaciara un cargador en el estómago. Sin embargo, se trataba del inspector Constantino Cárdenas, a quien invité a pasar sin dilación.

-Buenas tardes, ¿ha dormido usted? Preguntó.

-Unas horas dije. Luego, un vecino triste me ha despertado con música.

Me miró con una expresión paternal, que agradecí profundamente, y fue a sentarse en la esquina del sofá desde la que yo solía ver la tele.

-¿Desea tomar algo? Pregunté.

-Un vaso de agua, por favor.

Se lo serví, se lo bebió. Volvió a mirarme.

-Da usted la impresión de estar un poco nervioso dijo.

-En realidad, sí, lo estoy respondí. Todo este asunto ha conseguido desquiciarme. He faltado dos días al trabajo y creo que empiezo a lamentar el haberme metido en este asunto que me concierne de forma muy lateral.

-Por lo que he leído de su informe novelado, no parece que usted apreciara mucho a su amigo Luis María Ruíz.

-Eso es un error respondí sentándome a su lado. Es cierto que manteníamos una relación de amor-odio, pero ése es el componente normal de todas las amistades fuertes. Lo que ocurre es que yo soy capaz de confesarlo y otros no.

-¿Qué quiere decir? Preguntó de un modo que delataba cierto gusto por la conversación.

-Quiero decir respondí en un tono algo profesoral que en toda relación donde el afecto se expone demasiado hay siempre una ambivalencia difícil de reconocer. La gente dice, por lo general quiero a fulano o detesto a mengano, como si el amor y el odio fueran sentimientos unívocos. Lo que se hace, en el primer caso, es negar la parte de odio que todo sentimiento amoroso conlleva. Lo que se niega, en el segundo, es el porcentaje de amor que comparta el odio.

-Ya respondió el inspector Cárdenas algo pensativo. ¿Y cuál es la situación de sus afectos respecto a Carolina Orúe?

-Pues un poco lo mismo respondí algo molesto por estas intromisiones de orden personal. Estoy preocupado por ella. La imagino detenida en uno de esos horribles calabozos y sufro al pensar que el destino logró separarnos.

Me reí de forma algo grotesca y esperé a que se produjera una respuesta a mi estímulo. El inspector, sin embargo, endureció el rostro y no dijo nada, por lo que en seguida hube de añadir:

-No, en serio, quiero decir que la he tratado y que me parece una mujer fascinante por muchos motivos, aun en el caso de que haya asesinado a su marido. El modo en que me refiero a ella o a mi amigo, que en paz descanse, puede parecerle a usted algo desafectivado, si ese término existe, pero es el tono que empleo para defenderme de los afectos que van más allá de mi capacidad de control.

-No sé dijo el inspector mirándome de golpe desde todos sus trienios, pero por lo que llevo leído de su novela forman todos ustedes un grupo un poco raro en el que los papeles se intercambian con cierta frecuencia. Usted, por ejemplo, no parece personalmente tan cínico como el personaje que lleva su nombre en ese informe o lo que quiera que sea.

-Bueno respondí ya a la defensiva, se trata de un recurso literario. Mi ambición era escribir una novela, no un retrato. ¿Lo ha leído ya todo?

-Casi todo. Se lee de un tirón. Pero aún no he tenido tiempo de reflexionar. Lo acabaré esta noche, y mañana, si le parece, hablaremos; ahora había venido a otra cosa.

-Usted dirá respondí en un tono algo sumiso.

-Cuenta usted en algún capítulo que la segunda vez que los matones se presentaron aquí descubrieron los papeles que había cogido en la casa del difunto Campuzano.

-Así es. Por cierto, que me robaron una colección de monedas.

El inspector pasó por alto el tema y continuó con el suyo:

-Pero olvidaron o no vieron un pequeño muestrario de papel que pertenecía también a Campuzano.

-Sí dije, y me levanté a buscarlo.

Se lo di, lo observó detenidamente y se lo guardó luego en el bolsillo de la chaqueta. Después se levantó e hizo los gestos de quien ha decidido marcharse de algún sitio.

-Pues eso es todo, amigo dijo a modo de conclusión. Le espero mañana, a las 11, en comisaría. Hablaremos de su novela y, si es posible, le diré el nombre del asesino.

Le acompañé hasta el ascensor algo perplejo.

Después, volví a mi agujero, cerré la puerta y puse la cadena de seguridad. Encendí un cigarro, me tiré en el sofá y, como si alguna compuerta se hubiera roto dentro de mí, mi pecho quedó en pocos segundos inundado de sospechas. El tal Constantino Cárdenas era un zorro.

Con la excusa del muestrario, había venido a indagar algo acerca de mi vida. Lo que yo no podía saber era el resultado de esa indagación.

Me levanté y paseé por el salón. Necesitaba emplear el tiempo en algo; de manera que comí 4 restos que encontré en la nevera y después me puse a leer sin lograr la concentración adecuada.

A media tarde sonó el teléfono, pero colgaron cuando lo cogí. Me tomé un tranquilizante. Después telefoneé a Teresa, aunque fui incapaz de identificarme al oír su voz. Colgué, pues, sin decir nada y regresé al simulacro de lectura iniciado un poco antes. Al anochecer, tomé un par de tranquilizantes más y me metí en la cama sin cenar. Estaba en el fin de algo que no era un túnel, porque carecía de salida, aunque el resto de los atributos de ese algo era el que caracteriza a esa clase de construcciones cilíndricas imaginarias.

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