​Me desperté unas 15 veces a lo largo de la noche. Al amanecer, sin embargo, me entró el sueño y me quedé profundamente dormido. A las 8:30, alguien dio un grito desde la puerta de la celda y me levanté. Mi traje estaba arruinado y mi cuerpo molido. Me condujeron a través de pasillos y escaleras hasta la habitación dónde había sido interrogado la noche anterior. El decorado era el mismo, aunque con distintas  actores.

Esta vez fui invitado a sentarme frente a una mesa sobre la que vi la documentación que le había vendido a Carolina, así como el medio kilo de pasta en billetes de 5000.

También estaba el cheque de los 2 millones que había pensado regalar a Teresa. Al otro lado de la mesa había un inspector muy bien arreglado que revisaba los papeles y daba pequeños sorbos de café a un vaso de plástico. Un mecanógrafo en buen estado ocupaba, a mi derecha, el lugar del cansado de la noche anterior.

-Veo por su aspecto que no ha conseguido conciliar el sueño observó el policía.

-Determinadas situaciones consiguen desvelarme respondí algo insolente.

-¿Le apetece un café? 

-Con un par de optalidones, si es posible.

El inspector tocó un timbre y encargó un café con leche a alguien que, a mi espalda, se había puesto a sus órdenes. Añadió que intentera conseguir dos optalidones.

-¿Aspirina da igual? Preguntó el sujeto detrás de mí. 

-No, que me produce acidez intervine.

El sujeto se retiró y el inspector comenzó a hablar:

-Disculpe que no le permitieran ayer ponerse en contacto telefónico con nadie. Es el problema que tenemos siempre con las retenciones.

-Mire usted dije con la insolencia que me daba el cansancio, esto ha sido una detención ilegal en toda regla. Y no me importa, no pienso emprender ninguna acción legal, porque tengo muchas cosas que hacer esta mañana.

-Sin embargo, me gustaría que habláramos un poco de todo esto dijo señalando con los ojos los papeles que había sobre la mesa.

Me quedé callado unos segundos, aparentemente que pensaba, aunque cada vez que intentaba hacerlo me venía a la cabeza, la historia del taxista y su cuñada.

En esto, alguien entró y colocó delante de mí, sobre la mesa, un vaso de plástico con café y dos optalidones. Tomé un par de sorbos e ingerí los dos. No sabía cómo actuar. El inspector parecía dispuesto a tolerar mis desplantes, pero temía que, sí estos iban muy lejos, cambiara de actitud y me amenazara también con aplicarme la ley antiterrorista. Finalmente me acordé del inspector Bárdenas o Cárdenas.

-Verás usted dije con gesto de infinita paciencia, no pienso hablar de nada con nadie.

No tengo nada que temer; no soy un delincuente. Por otro lado, trabajo en una revista de gran tirada que podría publicar esta semana que viene un reportaje sobre el modo en que la policía trata a los ciudadanos decentes.

-¿Es Carolina Orúe una ciudadana decente?

Preguntó.

-No hablo por esa señora, sino por mí. Desconozo si la viuda de mi amigo tiene algo pendiente con la justicia, pero sus deudas, desde luego, no las reconozco como mías.

-De acuerdo añadió el policía algo conciliador, siga usted.

-Le hablaba del reportaje de mi revista, pero no pienso usar ese privilegio, porque comprendo que todos podemos cometer errores.

Ahora bien, ustedes están impidiendo con mi detención que yo acuda a una cita que tenía concertada con el inspector Constantino Bárdenas en una comisaría de Madrid.

-¿No se referirá usted al inspector Cárdenas?

-Cárdenas, eso es lo que he dicho mentí.

-Lo conozco y sé a qué comisaría está adscrito. ¿Quiere que le llame?

-Sí, por favor. Dígale que tienen ustedes retenido a don Manuel G. Urbina, el periodista que estaba haciendo algunas averiguaciones en relación a la muerte de Luis María Ruiz.

El inspector llamó a centralita y solicitó que le pusieran con la comisaría correspondiente.

Habló con su colega, le contó brevemente la historia y colgó.

-Dentro de 30 minutos lo tenemos aquí dijo.

-Estupendo dije yo.

-¿Le apetece jugar a las damas en lo que llega nuestro amigo? Preguntó cortésmente.

-Prefería hacer un par de llamadas y leer el periódico contesté con paciencia.

-Lo de las llamadas no va a ser posible todavía, pero le traeremos un periódico.

El mecanógrafo salió y al poco regresó con uno de la tarde del día anterior. No protesté. Lo cogí, clavé la vista en un sitio cualquiera de la primera página, y puse el mismo gesto de interés que solía usar en los restaurantes cuando comía solo. En la página de pasatiempos sonó el teléfono. El policía lo cogió, dijo un par de monosílabos y disculpándose conmigo, salió de la estacia. El mecanógrafo, entretanto, pasaba con furia a máquina un expediente.

Al rato regresó al policía con un señor mayor que se identificó como Constantino Cárdenas.

Le estreché la mano y luego nos sentamos los tres en torno a la mesa. El policía anfitrión rogó al mecanógrafo que se largara y nos quedamos solos.

-Bien, usted dirá comenzó el inspector Cárdenas mirándome con una indiferencia cortés.

-La verdad es que no tengo mucho que decir contesté con seguridad. Como usted sabe por la conversación telefónica que mantuvimos ayer, yo había investigado algunos extremos en relación a la muerte de un amigo mío, Luis María Ruiz, que apareció colgado en el salón de su casa hace algunos días. Pues bien, ayer y al término de una cena fui detenido.

-¿Con quién cenó usted?

-Con su viuda, Carolina Orúe.

-Ya. ¿Qué más?

-Nada más. Fuimos detenidos sin ninguna explicación, y esta mañana he rogado que se pusieran en contacto con usted.

-¿Usted no sabe por qué le detuvieron?

-Pues no, francamente.

El inspector se levantó y comenzó a mirar los papeles que había en la mesa. Después acarició ligeramente los billetes de 5000 y, por fin, tomó el cheque en sus manos.

-¿De dónde procede este cheque al portador?

-Me lo dio la doctora Orúe.

-¿A cambio de qué?

-De todo eso que hay en la mesa.

-¿Incluidos los billetes?

-Sí.

-De manera que, si lo he entendido bien dijo con aire reflexivo, usted queda conmigo para ofrecerme ciertos datos, y la noche anterior a nuestra cita le entrega, a cambio de dinero, toda esa documentación a una sospechosa.

-La documentación la vio ayer por la tarde un inspector de Hacienda y dijo que no valía para nada. De todos modos, tengo las fotocopias.

El inspector me miró con gesto de estudio, como si intentara averiguar si se enfrentaba a un tipo demasiado listo o a un tonto rematado. Finalmente, expresó una opinión.

-Es difícil creer que sea usted tan torpe.

Lo dijo de tal manera, que no lo recibí como un insulto.

Yo sabía que tenía 64 años, puesto que estaba a punto de jubilarse, pero parecía mayor a eso. Sus palabras exudaban un tono paternal que, desde mi punto de vista, hubiera resultado protector, aún en el caso de que yo tuviera algo que ocultar.

-No sé a qué se refiere dije al fin. 

-Veamos dijo cambiando de tema al tiempo que volvía a sentarse, ¿ha preparado el informe que le pedí ayer por teléfono?

-Sí mentí.

-¿Es minucioso?

-Bastante.

-De acuerdo, espere un momento aquí, por favor.

Los dos policías salieron al pasillo y regresaron a los 10 minutos.

-Está usted libre dijo el inspector Cárdenas. Si me lo permite, le acompañaré a su casa para recoger ese informe. Lo leeré y hablaremos de nuevo mañana o pasado.

Entró el mecanógrafo y me entregó una bolsa grande de papel donde estaban todas mis pertenencias. Firmé un papel y me devolvieron el abrigo. Mientras me colocaba la corbata, pregunté:

-¿Puedo llevarme el cheque?

-Todavía no. Ya hablaremos de eso.

Firmé otro papel relacionado con la retención del cheque y salimos.

En la calle lucía el sol. Nos metimos en un coche camuflado y di mi dirección al conductor.

El inspector Cárdenas comenzaba a caerme bien. Iba muy tranquilo a mi lado.

Se movía con una indiferencia rara que a mí me parecía muy cercana a la sabiduría y daba la impresión de no haberse alterado nunca por nada. En un momento del trayecto dijo:

-Procure descansar, tiene mala cara. Habrá un policía protegiéndole, por si acaso, mientras se aclaro todo. Nos hemos ocupado también de proteger a su amiga Teresa, aunque ella no lo sabe y es mejor que siga sin saberlo.

-De acuerdo respondí agradecido. ¿Qué pasa con Carolina Orúe?

-Seguirá detenida, de momento.

-¿Asesinó ella a su marido? Pregunté. 

-Ya veremos dijo, y llegamos.

Subimos a mi apartamento y le entregué con cierto pudor la novela que estaba escribiendo.

-Vera usted dije para justificarme, cuando empezó todo, y por una especie de deforestación profesional, comencé a llevar un diario de los hechos, una especie de novela-homenaje a mi amigo muerto. Hay en ella cosas que no le interesarán, pero contiene, sin embargo, una relación ordenada y contextuada de todos aquellos hechos que podrían serle útiles.

El inspector ojeó el mamotreto y sonrió por primera vez en aquella mañana y, posiblemente en aquel año.

-No se preocupe dijo, en otro tiempo fui un buen aficionado a las novelas policíacas.

La experiencia, por otra parte, me ha enseñado que las cuestiones afectivas que se mueven en torno a un crimen suelen proporcionar mayor información que una tonelada de documentos.

Lo leeré despacio y le diré mi opinión.

-Estupendo dije con el patético entusiasmo de un primerizo.

-Bien añadió él despidiéndose, el agente que nos ha acompañado vigilará su casa. Descanse y no haga tonterías.

Se marchó, me duché y me metí en la cama.

Creo que no tardé en dormirme, pese a los ruidos mañaneros de los apartamentos que por arriba, por abajo y por todos los lados rodeaban el mío.

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