​La calle estaba oscura y menos húmeda que la noche anterior. Desde Cartagena pude ver un trozo de cielo con algunas estrellas desordenadas entre las nubes de algodón grasiento y sucio. Cogí un taxi en la esquina de López de Hoyos y me acomodé en él con la conciencia de que estaba muy próximo mi regreso a los transportes públicos. Ofrecí un cigarro al conductor, quien tras aceptarlo sin reservas comenzó a hablar. Empezaba en esos momentos una jornada laboral que duraría hasta las 6 de la mañana, después dormiría 3h y se incorporaría a la cabina de una furgoneta con la que hacía portes.

-Pero ese modo de trabajar dije no hay quien lo aguante.

Me respondió que no, que él lo soportaba bien a condición de no tener ninguna preocupación importante. Las precauciones de orden familiar, más que las económicas, eran las que peor llevaba.

-Ahora añadió ando un poco desquiciado por una cuñada mía que no está bien.

-¿Y qué le pasa? Pregunté por cortesía.

-Pues algo muy raro, porque lleva 12 meses embarazada y el médico del Seguro dice que eso no tiene importancia, que es porque el feto no está maduro. Y lo que yo digo es que quizá no esté maduro para tomar la comunión, pero que ya podría ir a una guardería.

Pensé que todos los taxistas de Madrid se habían confabulado para volverme loco. Una vez repuesto de la primera impresión, dije:

-Eso, desde luego, no es normal.

-¿Verdad que no?

-El Seguro ya se sabe…

-Claro, pero dígame usted a dónde la llevamos. Esta pagando todos los meses un dinero para esto.

Le recomendé que acudiera a un endocrino y le facilité la dirección y el teléfono de la consulta de Carolina asegurándole que no les cobraría nada si iban de mi parte. Quedó muy agradecido y no permitió que le abonase la carrera.

El restaurante estaba más lleno que a la hora de comer, pero aún quedaban mesas libres. Vi a Carolina en el mismo lugar que habíamos ocupado algunas horas antes, y me acerqué a ella con gesto de preocupación.

-Perdona por el retraso dije sentándome, me llamaron por teléfono cuando ya iba a salir.

-No te preocupes, me he entretenido con un aperitivo.

Estaba otra vez insoportablemente bella. Su aparente fragilidad corporal actuaba como un negativo de su seguridad vital. Y ese contraste entre debilidad y dureza estaba consiguiendo enloquecerme. Me pareció que se había cortado las puntas de su hermosa melena.

Comimos sin hablar, como traspasados por un sentimiento común que iba más allá del afecto. En el segundo plato vi entrar a Fernando con la carpeta roja bajo el brazo. Se situó en un rincón desplegando un periódico que no leyó por más que lo intentara provocar esa apareciencia. Todos los sujetos que comen solos en los restaurantes usan el truco del periódico como para decir a los demás que su soledad gastronómica no implica necesariamente un desamparo vital.

Sin embargo, mi propia experiencia me ha enseñado que no es posible tomarse un plato de sopa  y leer un editorial al mismo tiempo.

En los postres me permití una descarga sentimental. Dije:

-Me gustaría que el fin de estas negociaciones no significara también el fin de nuestra relación. Podríamos vernos en el futuro con alguna frecuencia.

Carolina miró la cartera que yo había puesto a mis pies, entre los dos, y respondió:

-Espero que no falte nada.

-No faltará nada.

-Sí es así, nuestra relación puede continuar, pero yo preferiría mantener contigo, más que una relación personal, una profesional.

-¿Qué me estás proponiendo? Pregunté algo turbado.

-Podrías ser paciente mío. Tu páncreas no funciona bien y convendría revisarlo dijo conteniendo una risa algo perversa.

-¿Por qué dices eso? Interrogué sabiendo que no debía hacerlo, pues las personas inteligentes sólo hacen preguntas cuya respuesta conocen de antemano.

-Tus confusiones sentimentales son típicas de sujetos afectados por algún tipo de disfunción glandular.

Volvió a reirse con una extraña colaboración por parte de los ojos y añadió que le encantaba ser un poco mala conmigo. Yo me dediqué al flan con nata para no darle otra oportunidad de mostrarse cruel.

Pedimos una copa y, mientras la tomábamos, sacó un cheque del bolso y lo deslizó hacia mí a través del mantel. Al portador, 2 millones y debidamente conformado por el banco contra el que se libraba. Mientras yo comprobaba estos extremos, ella cogió la cartera negra y la abrió.

Por primera vez, desde que la conocía, la vi tambalearse ante el engaño. Primero fue un gesto de decepción; en seguida, uno de miedo; finalmente; una mirada furiosa que alteró sus facciones que posó en mis ojos. Disfruté del espectáculo unos segundos con una sonrisa algo artificial entre los labios. Después dije:

-No te preocupes, intentaba prevenirme de que alguno de tus matones me arrebatara la cartera antres de llegar aquí.

Guardé el cheque en mi billetera, me levanté, fui hasta la mesa ocupada por Fernando y recogí la cartera. Fernando murmuró entre dientes:

-¿Cómo va todo?

-Bien respondí, puedes desaparecer cuando quieras.

Volví a mi mesa y le entregué la carpeta. Carolina la abrió con disimulo haciendo una revisión superficial.

-De acuerdo dijo, ahora ya podemos irnos.

Creo que el hecho de haber perdido un momento los nervios la había puesto furiosa.

-No te enfades dije tratando de apaciguarla; no tienes la exclusiva de todas las maldades.

Me miró y sonrió con cierto afecto. Eso logró alentarme. Dije:

-No entiendo por qué tanto interés por esa documentacionn. Por otra parte, puedo haber hecho fotocopias y usarlas en el futuro para un nuevo intercambio.

-Digamos que confío en ti respondió volviendo la mirada hacia una mesa donde dos gorilas consumían su tercer postre. A propósito añadió señalando discretamente a Fernando, no habrás implicado a nadie más en todo esto.

-No te preocupes, no sabe nada.

Le propuse que fuéramos a tomar una copa a otro sitio y se mostró conforme, aunque quería pasar un segundo por su casa para dejar la cartera. Pedí la cuenta y estrené uno de los 3 billetes de 5000. Tardaron en traerme la vuelta una eternidad, que yo empleé en fantasear sobre las posibilidades de esa noche.

La calle estaba más desierta que mi vida, a pesar de que todavía no eran las 24:00. Nos dirigíamos a su coche cuando un par de sujetos bien vestidos salieron de algún sitio a nuestro encuentro. Se identificaron con cortesía, aunque con dureza, como policías y nos rogaron que les acompañásemos. A Carolina le quitaron la carpeta roja y a mí la vacía. Luego nos introdujeron en un coche camuflado que había en las cercanías. Cuando me repuse del susto, pregunté por lo bajo a Carolina.

-¿No será esto un nuevo truco de tus amigos?

-Eres un imbécil, Manolo respondió ella con serenidad.

-A callarse añadió uno de los presuntos policías. 

Cuando vi que entrábamos en una dependencia anexa a la Dirección General de Seguridad, logré tranquilizarme un poco, pues mi temor era haber caído en manos de unos liquidadores profesionales. En realidad, pensaba, yo no tenía nada que temer ni nada que no pudiera explicar a la policía, aunque el cheque que llevaba no dejaba de constituir una preocupación, porque aún ignoraba a cambio de qué me había sido entregado.

Nos separamos en uno de los infinitos pasillos que hubimos de recorrer antes de llegar a nuestro destino. A mí me metieron en una habitación mal amueblada, donde había un mecanógrafo bastante cansado y un policía de paisano bien peinado y muy bien afeitado, si tenemos en cuenta la hora. Supuse que comenzaba entonces su servicio.

-Nombres y apellidos ordenó

-Manolo G Urbina.

-¿G es un apellido o un modo particular de reírse? Preguntó.

-No, no corregí asustado, corresponde a García. Es que soy periodista y suelo firmar así.

El mecanógrafo parecía escribir todo lo que oía.

-De modo que eres periodista insistió el policía descendiendo al tuteo de forma algo agresiva.

-Bueno, en realidad trabajo para una importante revista del corazón. Quizá hubiera sido más apropiado decir que soy escritor.

-Entonces, quedamos en que escritor, ¿no es así?

-Sí, es más propio. No trato temas políticos ni sociales, sólo hago artículos y reportajes sobre actrices de cine y cosas así.

-Escritor entonces.

-Eso es respondí aliviado.

-¿Y la señora que iba contigo?

-Es médico. Quedó viuda hace poco. Supongo que todo esto es una confusión.

-Ya veremos. Eso lo tiene que decidir el que entra de servicio a las 8:00.

-¿Quiere decir que voy a pasar aquí la noche?

-Sí, pero te pondremos cómodo.

-Tengo derecho a llamar a un abogado dije algo fuera de mí.

-Bueno respondió el policía como si resolviera un dilema, tendrás derecho, si te hubiéramos detenido, pero esto es más bien una retencion, ¿comprendes?

-Esto es una detención ilegal, conozco mis derechos.

-A que te aplico la ley antiterrorista, gilipollas.

-Bueno, bueno, está bien dije en tono conciliador, pero quería saber al menos a qué se debe todo esto.

-Ya lo sabrás mañana. Ahora es muy tarde y estarás deseando descansar un rato añadió con sorna.

A continuación me obligó a vaciar los bolsillos y a quitarme el cinturón, los cordones de los zapatos y la corbata.

-Es para que no te ahorques dijo ingenuamente.

-La verdad es que no suelo ahorcarme mucho en estos casos respondí con una sonrisa cómplice por ver si me ganaba su amistad.

-Venga, venga, déjate de tonterías y quítate los cordones de los zapatos.

-Llevo botas. 

-Vale

El mecanógrafo cansado, entretanto, tomaba nota de todas mis pertenencias. Cuando sacó el cheque del billetero, dijo en voz alta:

-Un cheque al portador de 2 millones de pesetas.

¿Y eso? Preguntó el policía.

-Negocios respondí.

-Vale, tío, mañana estarás más despejado.

Tocó el timbre y apareció un policía nacional. 

-Dale una manta a éste y ponle en un sitio donde se encuentre cómodo. Es universitario.

El calabozo en el que me encerraron, sin ser acogedor, tenía algo de hospitalario, pese al frío. 

Me senté en el camastro e intenté pensar sobre mi situación. Pero lo único que me venía a la cabeza era la historia del taxista.

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