Entré en el restaurante y dejé la gabardina en el guardarropa. Carolina ya había llegado y estaba bellísima. Me senté frente a ella y nos sonreímos. El tipo del abrigo marrón se colocó en una mesa bastante alejada de la nuestra.

-¿Conoces a aquel vigilante? Pregunté.
-No me suena. ¿Desde cuándo te sigue?
-Desde que salí de casa.
-Debe ser un profesional.
-¿Quién lo paga?
-Qué más da eso. Los que mandan.
Creo que lo que más me cautivaba de Carolina era su cinismo o su radical inmoralidad de Luis Mary. Pero ella tenía clase; su atractivo provenía de la cantidad de ingredientes contradictorios que informaban esa casa ambigua que llamamos personalidad. Temí establecer con su imagen  una suerte de dependencia semejante a la que había establecido con Luis Mary. Pero ese temor carecía de fuerza en relación a su capacidad para seducirme. La vida suele ser una rosario de ausencias, un vacío que yo no he sabido tapizar adecuadamente. Sin embargo, en ella, ese vacío parecía no existir o, en todo caso, sus contenidos se renovaban con un caudal que parecía provenir de la memoria.
Llevaba un ligero jersey de angorina y cuello redondo, al que se adaptaban sus formas con la violencia, pero con la naturalidad también, con que se adecuan entre sí los distintos elementos que forman parte de una tormenta. Cuando sonreía, enseñaba una dentadura ligeramente imperfecta, que provocaba en mí confusas evocaciones, recuerdos ambiguos que procedían sin duda del material con que uno fabrica los sueños.
Pedimos una comida ligera, aunque exquisita, con la que nos entretuvimos sin necesidad de hablar mucho. En el café, finalmente, abordó ella la cuestión:
-Creo que concertamos esta entrevista para hablar del modo en que pensabas entregarnos la documentación y el dinero de la famosa cartera.
-Sí dije algo afectado por el prural que había empleado y que convertía mi relación con ella en la relación con un grupo.
-¿Y qué hay de eso? Insistió.
-Verás respondí adoptando un aire de negociación colectiva, nosotros creemos que el valor de esa cartera es grande a juzgar por los esfuerzos que estáis haciendo tus amigos del laboratorio y tú para recuperarla. En todo caso, es un valor que supera el de las 600.000 pesetas que, según tú, hay en ella. Creemos que su entrega merece una recompensa, un pago, que ignoro si estáis dispuestos a satisfacer.
-Estaba algo extrañada de que hasta el momento no hubieras mencionado la posibilidad de un rescate. Luis Mary me habló con frecuencia de tu afición al dinero.
-Bueno dije, la verdad es que en este asunto me limito a actuar como un intermediario. No quiero. No quiero nada para mí, pero creo que es justo que Teresa obtenga algún beneficio. Llevaba tiempo trabajando con tu marido en un asunto que le iba a dejar bastante dinero. Creo que bastaría con un par de millones para que pudiera salir adelante por el momento.
Carolina encendió un cigarro y se puso a pensar. Luego amenazó:
-Estáis jugando con fuego.
-Vosotros también respondí;  de otro modo, ya habriais acudido a la policía. Algo hay en esa cartera que no es legal y a cuya difusión teméis bastante. Si llegáramos a un acuerdo, nadie se quemaría demasiado.
-Está bien dijo poniéndose muy seria, es una decisión que no puedo tomar yo sola. Lo consultaré y te diré lo que piensan los otros. Llámame esta noche.
-Preferiría que quedáramos a cenar.
-Yo no.
-Da lo mismo. Como te decía, no pretendo obtener ningún beneficio económico de este asunto. Pero, ya ves, tengo el capricho de que cenemos juntos, y ésa es mi condición para seguir adelante con las negociaciones.
Carolina sonrió brevemente, aunque con dificultad.
-Los beneficios de orden sentimental dijo nunca se obtienen por la fuerza.
No respondí. Pagué y nos fuimos tras quedar esa noche, a las 22:00, en el mismo restaurante.
La acompañé a su coche y después comencé a pasear sin rumbo fijo. El tipo del abrigo marrón me seguía a 2 o 3 portales de distancia.
Pensé que visitar al inspector no eliminaba, en principio, la posibilidad de obtener 2 millones para Teresa.
Entré en una cabina telefónica y llamé a la redacción. Pregunté por Fernando. Se puso.
-Oye dije, que nadie se entere de esta llamada, porque oficialmente estoy enfermo.
-¿Y qué tienes?
-No sé; la gripe, por ejemplo.
-Bueno, dime.
-¿Tiraste las fotocopias de la documentación que te di el otro día?
-No, querido, yo nunca tiro nada.
-Bueno, pues hazme un favor: recógelas y espera a que te llame de nuevo. Voy a ver si consigo quitarme de encima a un perseguidor y te telefoneo otra vez para que me acompañes con esa documentación a un sitio. 
-De acuerdo. Chao.
-Adiós. 
Salí de la cabina y tomé un taxi que pasaba en esos momentos. Una nube se abrió y dejó escapar un rayo de sol, que era el primero que veíamos en varios días. Una vez en marcha, miré por la ventanilla de atrás y vi al sujeto del abrigo marrón en la acera. Estaba sonriendo y me decía adiós con la mano. Parecía evidente que el objeto de esas persecuciones era, más que controlar mis movimientos, ponerme un poco nervioso. El asunto comenzaba a resultar excesivamente absurdo, porque hasta el más tonto podía compreder que, aun en el caso de que les vendiera la cartera por 2 millones, nadie podría impedir que me quedara con una fotocopia de toda la documentación. El juego era, en verdad, muy peligroso. Por fortuna, esta vez me había tocado un taxista mudo y sin radio. De manera que llegué intacto a mi destino.
Había dado una dirección cercana a la revista y desde allí volví a telefonear a Fernando, que bajó en seguida.
-¿A dónde vamos? Preguntó.
-A la Delegación de Hacienda más cercana dije.
-¿Con esta porquería de documentación?
-Sí.
-Bueno, mira, se van a reír de nosotros. Voy a llamar a un inspector de Hacienda que conozco y, si nos puede recibir, el asunto resultará menos violento.
-De acuerdo concedí.
Se metió en la cabina desde la que le había llamado yo y salió a los 2 minutos con una sonrisa de triunfo.
-Nos está esperando dijo.
Cogimos un taxi y nos dirigimos al Ministeri. Yo me fumé un cigarro y contesté con evasivas a las preguntas que me iba haciendo Fernando. En el Ministerio tuvimos que pasar 5 controles, subir 4 pisos y recorrer un número indeterminado de pasillos. Al fin llegamos a un despacho con una moqueta en el suelo y reproduciones de Velázquez en las paredes, donde nos recibió un ejecutivo de 40 años, que abrazó a Fernando y me estrechó la mano. Nos sentamos al otro lado de la mesa.
-Veras dijo Fernando dirigiéndose a su amigo, Manolo trabaja conmigo en la revista y está investigando un supuesto fraude fiscal de los laboratorios Basedow. He conseguido una documentación que yo creo que no sirve para nada, pero que queríamos enseñarte.
Fernando abrió una carpeta y puso sobre la mesa los papeles. El inspector los recogió y salió del despacho recomendándonos que nos pusiéramos cómodos. Fernando no dejaba de hacerme preguntas y yo no dejaba de fumar teniendo buen cuidado de no proporcionarle ninguna información.
Al fin, volvió su amigo y dijo que aquello no valía para nada. Añadió que había consultado el banco de datos del ordenador y que los laboratorios Basedow aparecían como modelo del comportamiento fiscal. Nos fuimos.
Acompañé a Fernando a la reducción y le di la llave de mi mesa pidiéndole que me bajara a la calle la cartera que había en uno de los cajones.
Me la bajó, le di las gracias y me fui a casa tras rogarle que conservara él las fotocopias. Me miró con cierto afecto y dijo a modo de despedida:
-Creo que estás buscando algo que no hay.
Cuando llegué a mi apartamento, estaba sonando el teléfono. Era Carolina.
-¿Qué hacías en el Ministerio de Hacienda? Preguntó riéndose. Parecía haber recuperado su frivolidad en lo que yo me hundía en el desamparo.
-Creí haber despistado a tu perseguidor dije.
-Te advertí que era un profesional respondió.
-¿Qué hay de nuevo? Pregunté.
-He consultado tu propuesta y les parece correcta. De manera que lleva esta noche al restaurante la cartera.
-¿Qué llevarás tú?
-Un cheque al portador de 2 millones.
-Un cheque no es ninguna garantía.
-Sí, si está conformado por el banco.
-No os puede haber dado tiempo a conseguir eso. Los bancos cierran al mediodía.
-Los laboratorios Basedow pueden abrir las oficinas de su banco a la hora que quieran.
-De acuerdo, pero lo podíais hacer de un 1.400.000 teniendo en cuenta las 600.000 que hay en la cartera.
-No. Nos interesa que nos devuelvas ese dinero por razones de orden contable. El cheque que voy a dar te lo pagaran con dinero negro.
-¿Y qué es eso?
-Un dinero que pasa por caja, pero del que no queda registro en ningún sitio.
-Sois un prodigio de organización. De acuerdo, estaré en el restaurante a las 22:00, con la cartera.
Colgué y permanecí perpejo unos segundos.
No había entendido nada en relación a ese dinero oscuro, pero la contabilidad ha sido siempre para mí la más indescifrable de las filosofías. Telefoneé a Fernando. Se puso:
-Oye, soy Manolo otra vez. ¿Podrías hacerme un favor?
-Estoy apasionado con tu historia. Tú dirás.
-Ven a mi casa a eso de las 21:00 y te lo explico.
-Vale. Ciao.
-Adiós. 
Saqué el dinero de la cisterna y lo metí en la cartera, junto a la documentación. Después hice una relación aproximada de todos mis gastos desde que había comenzado la investigación y me lo cobré de las 600.000. Me quedé, de propina, las 15.000 pesetas que llevaba en el billetero y que pensaba estrenar esa misma noche invitando a cenar a Carolina. Después comencé a escribir este capítulo para que el inspector Bárdenas o Cárdenas tuviera una información lo más actualizada posible. En seguida llegaron las nueve.
Me duché, me afeité, me perfumé, me vestí y esperé unos minutos. Temí que Fernando hubiera llegado mientras permanecía en la ducha. Se presentó, finalmente, a las 21:40.
-Llegas tarde dije.
-Me entró una cosa urgente a última hora en la redacción. Perdona.
Iba a darle la cartera, pero luego lo pensé mejor y trasladé los papeles y el dinero a una carpeta roja. Le indiqué que saliera de mi casa con la carpeta 15 minutos después de que hubiera salido, que fuera al restaurante donde yo estaría cenando con Carolina y que ocupara una mesa algo alejada de la nuestra.
-¿Y después qué? Preguntó.
-Cena y espera mis instrucciones, respondí, y cogiendo el abrigo salí en dirección al restaurante con la cartera vacía en la mano.
Si alguien intentaba quitármela por el camino, se llevaría un chasco y romperiamos las negociaciones.

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