​El día siguiente amaneció nublado y húmedo. La calle estaba limpia. Llamé a la redacción de la revista y anuncié que no iría a trabajar por encontrarme enfermo. Mis indisciplinas tendían a crecer desde la muerte de Luis Mary, y eso me producía cierta angustia, pues mi obsesión por el cumplimiento exacto de determinados deberes había sido siempre un muro de contención contra el que se estrellaba la locura que permanecía en estado latente en algún punto de mi alma. Temí que la situación anormal que me estaba tocando vivir alimentara esa parte de mí de la que llevo años defendiéndome.

Tomé un café soluble con dos galletas correosas y un analgésico y marqué el número de la comisaría a la que estaba adscrito el inspector Cárdenas o Bárdenas. Esta vez me pusieron con él sin dilacion.

Me presenté como Manolo G. Urbina, un perriodista amigo del presunto suicida, que había recibido graves amenazas por investigar la muerte de don Luis María Ruiz. Le conté brevemente el resultado de mis pesquisas haciéndole ver que tenía en mi poder el número de datos preciso para provocar la reapertura del sumario.

El inspector Cárdenas o Bárdenas me escuchó pacientemente salpicando mi breve exposición con monosílabos pronunciados de manera mecánica, aunque no hostil. En general, daba la impresión de ser un tipo bondadoso y paciente, dispuesto a escuchar cualquier historia que cualquiera tuviera ganas de contarle. Cuando acabé de hablar, dijo:

-Mire, señor Ge Urbina, yo no sé si usted quiere presentar una denuncia acusandonos al forense y a mí de negligencia en el cumplimiento de nuestros deberes o, por el contrario, me está pidiendo consejo sobre cómo actuar a la vista de los nuevos datos que asegura poseer.

Dijo esto sin ninguna agresividad, en un tono paciente y amable. Yo, que siempre me he sentido culpable de no sé que, me asusté un poco ante la posibilidad de que el inspector hubiera recibido mi exposición de los hechos como un ataque a su capacidad profesional. Me apresuré, pues, a decirle que no, que lo que yo buscaba era un consejo a la vista de la situación en que, a mi pesar, me había visto envuelto. El inspector respondió que, en ese caso, lo mejor es que hiciera un informe escrito de cuanto le había contado y que se lo llevara a comisaría al día siguiente o al otro. Insistió en que en ese guión describiera físicamente a los sujetos que habían registrado mi apartamento, y que dejara bien explicadas las relaciones que a mi modo de ver había entre la muerte de Campuzano y la de mi amigo.

Quedé, finalmente, en que se lo llevaría al día siguiente, pues habiendo recibido de los matones un plazo de 4 días a partir del anterior, creí prudente por mi seguridad personal y por la de Teresa acelerar los trámites antes de agotar ese plazo. El inspector estuvo de acuerdo y, aunque no pareció preocuparse mucho por las amenazas de que Teresa y yo habíamos sido objeto, me aseguró que a la vista de ese informe, y tras las averiguaciones pertinentes, decidiría las acciones precisas para mi seguridad y la de mi amiga.

Nos despedimos, colgué y durante algunos minutos intenté imaginarme físicamente al inspector. En mi fantasia, lo vi tomándose el segundo café de la mañana, agazapado tras de una mesa llena de expedientes. Me pareció un modelo de funcionario público: amable, pero escéptico; lento, pero eficaz y, en fin, cansado, con el cansancio que correspondía a quien después de haberse ganado la vida duramente veía ante sí un breve futuro alimentado por una pensión escasa: los inviernos en Alicante y el verano en la Sierra, en una pequeña casa con jardín cuyas tejas, ladrillos, puertas y ventanas representaban un único que se podía tocar con las manos tras de un pasado laboral e íntimo repleto de trienios que conducían a la vejez.

Inmediatamente reaccioné contra esa imgen, que no era sino una proyección de mis instintos literarios más bajos, y me senté frente a la máquina de escribir dispuesto a redactar el informe. A los dos folios me di cuenta de que avanzaba despacio y con dificultades debido a que la frialdad del lenguaje que intentaba emplear eliminaba las conexiones lógicas entre unos hechos y otros.

Lo peor, con todo, es que esa técnica narrativa, que yo imaginaba como específica de los informes policiales, además de aislar cada suceso despojándolo de las relaciones que guardaba con el conjunto, lo reducía a una anécdota ridícula que dejaba bastante mal parada mi imagen como incipiente investigador de casos criminales. La angustia comenzaba a atacarme, cuando recuperé una idea expuesta en un capítulo anterior: le dejaría al inspector el original del texto novelado que había comenzado a escribir con ocasión del comienzo de mis investigadores. Le dejaría, pues, este texto, esta novela a medias que él debería ayudarme a terminar y en la que los argumentos de orden afectivos cumplían, respecto a los sucesos que narraba, la función de nexo que no conseguía encontrar en el informe frío y policial que había intentado escribir. La idea, pese a ser mía, me satisfizo y me proporcionó cierta euforia. He de confesar que el hecho de haber encontrado un lector para esta primera novela halagó mi vanidad de escritor fracasado. Por si fuera poco, una vez liberado de la redacción del informe, me encontraba con el día libre y con la cabeza excepcionalmente despejada gracias a los saludables efectos del analgésico que me había tomado como desayuno.

Aprovechando tal estado de ánimo, telefoneé a Carolina y conseguí arrancarle una cita para comer ese mismo día bajo la promesa de que había reflexionado sobre la entrega de la cartera, pero que quería discutir con ella algunos puntos.

Empleé el resto de la mañana en hacer cosas inútiles. La idea del asesino colectivo, magistralmente expuesta por Teresa, me parecía cada vez más logica y, en consecuencia, tendía a seducirme. Sin embargo, desde el lugar que me había tocado ocupar a mí en todo el lío, era más completa y bella la idea del asesino individual. El asesino solitario tiene, seguramente, un lado rechazable y por eso se le encarcela o se le agarrota vilmente, o se le pone una inyección venenosa teniendo mucho cuidado con no dañarle el nervio ciático. Pero ese lado que él muestra es aquel que todos ocultamos. A alguien ha de tocarle jugar ese papel dentro de este juego de policías y ladrones que es la vida. Por eso, los asesinos solitarios que matan por rencor o por lucro deberían tener un reconocimiento oficial con el que se premiara la importante labor cultural de sus execrables crímenes.

En fin, la cosa es que la tesis de Teresa me parecía inteligente, pero la mía me parecía bella. El dilema era semejante al de aquel poeta sueco que quería tener al mismo tiempo la rodaja y la cebolla. Porque el asesinato era sin duda una unidad lógica, una igualdad algebraica que no podría verificarse más que para ciertos valores, pero tenía en uno de los hilos de su trama algo que correspondía a una venganza histórica: era justo que Luis Mary muriera, porque su muerte hacía de mí un hombre. Liberado, al fin, de su perpetua amenaza, podría comenzar a escribir una novela. Los dos vivos no habríamos llegado a nada: muerto él, yo me haría escritor.

Con estos pensamientos asesinos, y con las uñas rotas de rascar la grasa de los mecheros, me llegó la hora de salir. En Cartagena no vi ningún taxi. Subí, pues, hasta López de Hoyos, donde había una parada, y tomé el primero de la fila. Un hombre de abrigo marrón que me seguía tomó el siguiente. Di la dirección del restaurante donde había quedado con Carolina y encendí un cigarro tras comprobar minuciosamente que no había ningún cartel prohibitivo. El taxista llevaba la radio encendida y desde los estudios centrales de Radio Madrid un locutor que parecía estar encantado de la vida anunciaba a los oyentes la inmediata transmisión, en directo, de una matanza desde no sé que pueblo de Cáceres. Al pronto me quedé aterrado, porque del anuncio de esa emisión, que había escuchado la noche anterior en otro taxi, llegué a pensar que se trataba de una alucinación auditiva debida a mis muchos desvelos. Sin embargo, unos segundos más tarde, los estudios centrales conectaron con  una emisora local desde la que otro locutor, que también parecía muy contento, narraba el ambiente que rodeaba la matanza haciendo ligeras e inseguras alusiones al carácter ritual de la celebración.

En un alarde de agilidad periodística, el locutor de los estudios centrales hacía agudas preguntas relativas al peso del cerdo que se iba a sacrificar o a su estado de ánimo en aquellos momentos que procedían al fin. El de Cáceres contestaba a todo como buenamente podía haciendo mucho hincapié en el aire festivo de la gente y en el buen tiempo reinante.

Yo permanecía en el fondo del taxi profundamente angustiado, fumándome la boquilla del cigarro y deseando que todo acabara de una vez. En esto, cuando el de Cáceres anunciaba el momento supremo, tras de haber amarrado al animal que gritaba como un poseso, el de Madrid, en primera fila siempre de la noticia viva, preguntó:

-¿Podrías acercarle el micrófono al cerdo?

Me apoyé en el respaldo del asiento delantero y le rogué al taxista que cambiara de emisora.

-¿Se está usted mareando? Preguntó.

-Estas cosas de sangre me ponen malo dije.

-Eso depende de con quién se identifique uno aseguró.

Pensé que lo más prudente después de aquel gratuito insulto era callarme. Pero antes de llegar al restaurante encendí otro cigarro y le quemé un poco la tapicería.

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