​Bajé por López de Hoyos en dirección a Velázquez. Por alguna razón las luces de esa calle permanecían apagadas. La circulación era escasa, aunque torpe, y el ambiente volvía a estar húmedo. Alguien, que no trabaja de ocultarse, me seguía, y eso, paradójicamente, me proporcionaba cierta seguridad.

Intentaría quitármelo de encima cuando llegara a una zona más iluminada.

En Velázquez, de improviso, se me ocurrió un buen epitafio: ESO FUE TODO. Era breve, sintético y resumía adecuadamente la visa del muerto si el que se pudría bajo el epitafio   se había llamado alguna vez Manolo G. Urbina. Entonces pasó un taxi solitario. Lo paré, subí y comenzamos a andar. El perseguidor, por raro que parezca, se quedó desconcertado. No había ningún taxi libre a su alcance y, en consecuencia, tenía que renunciar a su presa. Me extrañó que fuera tan fácil quitarse de encima a un profesional y eso hizo sospechar de todo. Aunque quizás algunas de las cosas de la vida que nos parecen complicadas se  pueden resolver cogiendo un taxi a tiempo.

El caso es que llegué a la redacción. Confiaba en que hubiera alguien conocido en la sala de teletipos; de lo contrario, el vigilante no me dejaría pasar. No hubo problemas.

La cartera estaba en su sitio. La abrí y la vacié sobre la mesa. Era una de esas carteras que han puesto de moda en los últimos años los ejecutivos de todo el mundo: se abría en dos, como un maletín, y en su interior estaba tapizado con un material sintético que bajo la presión de un dedo se hundía facilmente. Cogí un cortaplumas y comencé a despegar el tapizado. De este modo, llegué a una lámina de gomaespuma que no me pareció sospechosa. Tras de esta lámina, encontré una superficie más dura que resultó ser otra lámina, esta vez de cartón. Detrás, no había nada. Hice lo mismo con el otro lado de la cartera obteniendo idénticos resultados negativos. Con mucho cuidado devolví las cosas a su sitio mientras digería la vergüenza íntima de haber hecho esa tontería. Definitivamente, mis dotes para la investigación criminal eran escasas. Si esa cartera hubiera estado realmente tapizada de heroína o coca, la historia que cuento no habría sido digna ni de la más abyecta y baja colección de novelas de espías. ¡Qué vida!

Salí a la calle iluminado aún por mi fracaso. 

Comenzaba a caer de nuevo una lluvia fina y sucia que le empapaba el alma al tipo más seguro de sí mismo. Caminé hacia Bravo Murillo, donde tomé un taxi. Mientras subía al coche, imaginé un recorrido tranquilo por Madrid fumándome un cigarrillo. El cigarro no me lo pude fumar, porque el taxista había colocado un cartel en el que se prohibía amablemente hacerlo. 

El recorrido fue odioso, porque el conductor tenía ganas de hablar. Como si hubiera adivinado mi contrariedad por no poder encender un cigarrillo, comenzó a largarme un discurso sobre la conservación del medio ambiente. Yo le conté la historia de las cucarachas rubias y las hormigas suicidas de ml apartamento, pero no me prestó mucha atención. Cuando llegábamos a casa de Teresa, finalizó su monólogo con estas frases:

-Y ya hemos cambiado, ya. Recuerdo que hace unos años llevé a Pozuelo de Alarcón a un seminarista, un chico culto con latín y griego, que me hizo creer que la ecología era la ciencia que hacía investigaciones sobre el eco. Hoy todos sabemos que eso es no tirar papeles al suelo.

Llegué a pensar que se estaba riendo de mí, pero parecía tan serio que no me atreví a decir nada. Por la radio anunciaron que al día siguiente retransmitirían una matanza en directo desde un pueblo de Cáceres. Pagué y huí.

En el ascensor revisé mi cartera. Todavía no  había cambiado ninguno de los 3 billetes de 5000 que había cogido de la cisterna. La verdad es que me apetecía inaugurarlos invitando a cenar a Carolina.

Teresa me abrió la puerta y me invitó a pasar.

Llevaba unos pantalones vaqueros y una camisa a cuadros. Debajo, no sé. Parecía abatida y se había tomado 2 o 3 cubatas.

Nos sentamos en el sofá y comprobamos, una vez más, la impenetrabilidad afectiva que caracterizaba nuestras relaciones. Me levanté y me serví un whisky. Dije:

-Para estar en el paro, tienes un buen surtido de botellas.

-Pareces mi padre, Manolo.

-Perdón.

La miré a través del vaso, mientras tomaba el primer sorbo, y pensé que qué mayores nos habíamos hecho y qué inmaduros continuábamos.

La nuestra fue una generación de indeseables que habrán de sufrir quienes nos sigan. ¡Qué distancia insalvable entre lo que quisimos ser y lo que éramos! Lo grave, con todo, es que no carecimos de inteligencia, pero nos sobró orgullo o pereza.

-¿Qué  decías por teléfono que habías encontrado? Preguntó.

-Nada. Se me ocurrió la tontería de que en el forro de la cartera que me diste podía haber droga.

-¿Y no la había?

-No.

-Pues nos hubiera venido bien para evadirnos un rato.

-No entiendo nada, Teresa. La documentación esa no vale un real, según el experto de la revista. Pero todos parecen estar locos por conseguir la cartera.

-¿Has vuelto a ver a Carolina? 

-Sí.

-¿Y qué?

-Nada.

-Lleva cuidado con ella, Manolo. Por lo que sé, puede coger a un hombre y darle la vuelta como a un guante.

-A mí ya me ha metido los dedos hasta la garganta.

-Y tú, seguramente, le habrás abierto la boca con gusto.

Por primera vez, aunque con cierta gravedad, conseguimos reírnos de nuestras mutuas impertinencias. Después permanecimos un rato como a la espera de que ocurriera algo que transformara nuestras relaciones, pero no hubo nada. 

Tuve la impresión de que estaba un poco cargada.

-¿Tú tienes alguna sospecha dirigida a alguien en concreto? Pregunté al fin.

-No sé, no pienso en un asesino individual, sino en un complot. Me temo que uno de los implicados en esa supuesta conspiración está muerto. Me refiero a Campuzano.

-¿Por qué Campuzano? ¿Qué sabes de ese sujeto?

-No lo conocí, pero Luis Mary me hablaba con frecuencia de él. Por lo que sé, era bastante torpe, pero su situación como director de la revista esa…

-Hipófisis.

-Sí, pues esa situación le daba cierto poder, como si a través de su puesto hubiera tenido acceso a alguna información importante. Al parecer, y dadas sus limitaciones personales, era bastante usado por los auténticos manejadores del asunto.

-¿De qué asunto? Pregunté.

-Pues de lo del fraude que estos laboratorios hacían a Hacienda. La historia, para mí, empezó cuando echaron a Luis Mary de los laboratorios.

-¿Lo echaron o se fue?

-Lo echaron dijo. Pero en seguida supieron que se había ido con una documentación importante. Entonces empezó todo el baile. Yo creo que al principio sólo querrían asustarle, pero él, con su insolencia, consiguió que desearan matarlo. En ese punto tuvo que jugar un papel importante Carolina.

-Explícate, rogué arrellanándome en la butaca.

-Bueno, mi tesis es que Carolina se casó con él por las mismas razones que él se casó con ella: por pura extravagancia.

-No sabía de nadie dije que se hubiera casado para resultar excéntrico. Lo extravagante es quedarse soltero y, además de eso, es estúpido.

-No empieces a insultarte, que en seguida te lo explico: la boda resultaba extravagante, porque ella era una señora bien vestida y con una profesión socialmente reconocida,  mientras que él era un piernas a su edad aún no había tenido ningún trabajo estable. Quería ser escritor, pero también de una forma muy vaga. A mí me decía con frecuencia que estaba proyectando una novela en la que pretendía sacarnos a todos los amigos.

-No le tratas muy bien hoy dije.

-Era un cerdo respondió y levantándose se fue a su cuarto.

Esperé unos segundos y fui tras ella. La encontré sentada en el borde de la cama, llorando dulcemente.

Me apoyé en el quicio de la puerta y pregunté:

-¿Llevas muchos días encerrada aquí?

-Ya no tengo con quién ir a ningún sitio respondió sin dejar de llorar.

-Otros salen porque no tienen con quién quedarse.

-No quiero que hablemos de nosotros.

-Acaba, pues, de contarme la historia.

Endureció el rostro y contuvo el llanto. Al poco, pudo hablar.

-Bien, ya sabes por qué la boda resultaba extravagante, aunque desde determinado punto de vista era una boda lógica.

-Enséñame ese punto de vista, por favor.

-Bueno, tú sabes cómo la gente de nuestra edad y nuestra condición ha mitificado determinadas formas de inteligencia, o determinados modos de vida en los que la indigencia era un referente moral al tiempo que un adorno estético. También sabemos, tú, menos, porque pagas impuestos y tienes desde hace años un trabajo seguro cómo esa imagen se vuelve contra uno apenas se empieza a ser mayor. Una noche, alguien, en un bar, se lo dijo a Luis Mary.

-¿Qué le dijo? Pregunté. 

-Era un tipo mayor, calvo y bajito, que no encajaba en aquel ambiente. Pero el caso es que se levantó y se dirigió a Luis  Mary, que llevaba un rato diciéndole impertinencias al camarero.

Recuerdo que, de forma algo agresiva, este señor bajito le puso la mano en el hombro y le dijo: ¿No ves que tu estilo casual y que tu desenfado resultan truculentos cuando se tiene más de 30 años?

-¿Tenía barba ese sujeto?

-Creo que sí. ¿Por qué?

-Por nada. Trabajo en una encuesta sobre el número de calvos que acaban por dejarse crecer la barba. ¿Qué hizo Luis Mary?

-Nada. Pagó y salimos.

-Anda, sigue con la otra historia, por favor.

-Bueno, pues en definitiva lo que yo creo es que Carolina se casó con Luis Mary porque él aportaba a su vida ese grado de locura y de indigencia inteligente del que antes te decía que andábamos enamorados. Y Carolina aportaba a la vida de Luis Mary esa seguridad y ese reconocimiento social del que cada año nos enamoramos más. 

-Una boda de intereses dije.

-De intereses ideológicos, sí añadió y se quedó pensativa.

-¿Qué piensas? Pregunté. El quicio de la puerta había comentado a perforarme el hombro.

-No, que en este punto es donde comenzaría a ser interesante conocer las actividades de Carolina. Verás, imagínatelos casados, pero llevando cada uno una vida bastante distinta a la del otro. En esto, Carolina se entera por una indiscreción de Campuzano, con quien debía de mantener alguna relación profesional, de que hay algo importante a investigar en los laboratorios Basedow. Interesa a Luis Mary en el tema y consigue una colocación para él al objeto de que investigue, dirigido por ella, en las zonas donde conviene hacerlo. Luís Mary comienza a sacar documentación y empieza a sentir gusto por el asunto. Llega un momento en el que la información que posee le coloca en una situación de poder respecto a Carolina. Además, en ese momento también, comienza a desconfiar de ella por alguna razón que ignoro.

-Pero ¿qué síntomas te inducen a pensar eso?

-Pues porque en ese punto es cuando Luis Mary empieza a venir por aquí con cierta asiduidad trayendo documentos y cosas para que yo se las guarde. Más tarde me contaría la historia y me prometería una parte de la recompensa. Pero siempre que hablaba de estos asuntos dejaba a Carolina fuera. No confiaba en ella, no.

Si te acuerdas, cuando tú lo encontraste en Rosales vigilaba la consulta de su mujer, de donde al fin salió Campuzano.

-¿Entonces?

-Las imprudencias de Luis Mary y su evidente ocultación de datos ponen nerviosa a Carolina, quien decide pactar con los gerifaltes del laboratorio en base a la información que ha llegado a obtener por medio de su marido. Una de las cláusulas de ese pacto incluye, seguramente, la muerte de Luis Mary. Pudo haberlo matado el mismo Campuzano, de quien después se desharían por tonto, o pudo haberlo hecho la misma Carolina. En cualquier caso, no creo que para una endocrino resulte difícil usar algún tipo de sustancia tóxica que pase inadvertida al suave rastreo de la autopsia que se suele hacer a un presunto suicida. Para colgar al moribundo de una soga no hacían falta más que 2 o 4 brazos de mediana potencia.

La cuestión es que la mano ejecutora pudo ser una u otra, pero los importante es que esa mano no respondía a un estímulo individual, sino al deseo de un grupo de personas para el que nuestro amigo resultaba molesto.

-Lo has explicado muy bien dije.

-¿Y eso me hace sospechosa de nuevo? Preguntó sonriendo con cierto desprecio, mientras comenzaba a desnudarse.

Mire descaradamente su cuerpo y, mientras me fijaba en las zonas que con mayor intensidad había besado en otro tiempo, pregunté:

-¿Crees que sería útil hacer una visita al forense que se encargó de la autopsia?

-Tú eres el investigador, Manolog respondió metiéndose entre las sábanas.

-Dormiré en el sofá dije a modo de conclusión, aunque no me moví del quicio.

-No, vete, por favor. Ya no tengo miedo.

Perdona que te haya llamado dijo, y apagó la luz.

Volví al salón, cogí la gabardina y me marché.

Era muy tarde y continuaba lloviendo. Bajé por San Bernardo contando las piedras y tomé un taxi a la altura de Tribunal.

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