​Al meter la llave en la cerradura intuí algo, pero seguí adelante. En seguida advertí que había luz en el salón. No me dio tiempo a retroceder; una mano de tamaño y fuerza semejante al de una pala mecánica salió de la rendija, me atrapó y consiguió arrastrarme al interior de mi casa. En el sofá había otros dos matones a los que no pareció impresionar nada mi llegada.

Supe que eran matones, porque me miraban de lado y fingían limpiarse las uñas, pero también porque el volumen de uno de ellos, debidamente vaciado y curtido, podría haberse construido una tienda con capacidad suficiente para 6 indios.

Sobre la mesita en la que yo solía colocar el café y los pies para ver la tele había restos de pan, queso, un par de cuchillos, mantequilla, vino y la lata de sucedáneo de caviar donde había guardado las hormigas, sólo que faltaban las hormigas. Parecían satisfechos con el apetitivo a juzgar por el modo en que fumaban sus cigarros.

-¿Les apetece tomar una copa? Pregunté cortésmente.

Se miraron entre sí como dudando si debían aceptarla o no. Finalmente, el que me había obligado a entrar, contestó:

-La copa te la vamos a dar a ti, gilipollas.

Advertí que era el más listo de los 3 y tomé nota de ello para mi futuro inmediato. Este que digo fue a sentarse en la butaca situada junto al sofá y sacó de un maletín que debía de pertenecerle, y que tenía a sus pies, mi colección de monedas; tras de ella, comenzó a estraer papeles que colocaba sobre los restos del aperitivo sin violencia ninguna, como si intentara demostrar algo. Me fijé un poco y vi que se trataba de los papeles que yo mismo había robado en la casa de Campuzano.

-¿De dónde has sacado todo esto? Me preguntó cuando acabó de vaciar el maletín.

-Lo encontré en casa de un tal Campuzano, fallecido, por cierto, hace unos días.

-¿Lo encontraste?

-Eso te he dicho.

-No vuelvas a tutearme 

-…..

-No vuelvas a tutearme.

-No.

-De acuerdo. ¿Encontraste algo más?

-No, lo que hay ahí. Facturas, cartas, esas tarjetas de visita y nada más.  La colección de monedas es mía.

-Era tuya. Hemos decidido requisarla.

-Bueno dije intentando ganarme su aprecio. 

Evidentemente, no habían encontrado el dinero, por lo que deduje que eran mas tontos que yo. De repente, la cisterna comenzaba a parecerme un pésimo escondite. Me maldije por no haber tomado la precaución de deshacerme de los papeles de Campuzano, pero encontré un consuelo inmediato al advertir que no habían dado con el muestrario de papel. Se trataba de ganar tiempo.

-¿Puedo quitarme la gabardina? Pregunté con educación, sin ningún asomo de arrogancia.

No obtuve respuesta y decidí quitármela de todos modos. Eso pareció desconcertados durante unos segundos, pero se recuperaron en seguida.

-El otro día dijo el del maletín no quisimos molestarte, porque te encontramos un poco muerto, atravesado por un cuchillo y con mucha sangre, pero hoy te vamos a sacar las tripas como te andes con bromas.

¿Son ustedes de la policía? Pregunté intentando parecer ingenuo.

-No, somos enfermeros, muertos de hambre.

Uno de los que todavía  no había hablado sonrió con esfuerzo. En realidad, estaba pálido y sudaba de manera anormal. Supuse que el ácido fórmico estaba provocando algunas reacciones químicas en su sangre.

-Me parece respondí que, si es usted enfermero, debería ayudar a su amigo.

Se volvió hacia el matón pálido.

-¿Qué te pasa?

-No sé, algo me ha sentado mal.

-Pues te aguantas. Y tú dirigiéndose a mí, ¿cómo prefieres que te rompa los dientes: ¿uno a uno o todos de golpe?

-La verdad es que es una elección complicada, pese a la simpleza con que usted lo expone, por alguna oscura razón esta frase pareció halagarlo. ¿No pondríamos llegar a un acuerdo por el que quedara excluida, o aparcada al menos, esta parte de la negociación que se refiere a mis dientes?

-Hablas como un dirigente sindical, pero las hostias te van a doler como a un militante de base.

-Tiene usted muchos recursos verbales dijo sonriendo; desde luego, muchos más  que sus dos amigos.

Se levantó, me cogió por los hombros y me aplastó  contra la librería.

-¿Dónde  está esa cartera que andamos buscando?

-Precisamente dije intentando mantener cierta dignidad, pese a la humillante postura en que me encontraba, venía ahora a hablar con la doctora Carolina Orúe y hemos tocado este tema. Le he dicho que ignoro el paradero pero me he comprometido a colaborar en su búsqueda durante los próximos 4 días. Excuso decirle que, si usted me malstrata mucho, esa colaboración resultará en la práctica imposible.

El matón dudó unos segundos. Luego me soltó y entró en mi dormitorio. Oí girar el disco del teléfono y escuché unas palabras en sordina.

El matón enfermo seguía palideciendo de un modo alarmante, y el otro permanecía atento a mis miradas. Al fin, salió del dormitorio el matón parlanchín.

-Nos vamos. Pero quizás tengamos que volver dentro de 4 días. Eso depende de ti y de tu amiguita Teresa.

El matón vigilante se levantó y el matón pálido intentó hacerlo, pero parecía sufrir enormes dolores.

-¿Quién se ha tomado mi caviar? Pregunté.

No obtuve respuesta. Entre  los dos cogieron al enfermo y se marcharon.

Vacié los ceniceros y recogí la mesa; después me entregué al miedo. Tuve un impulso, reprimido a tiempo, de llamar a Carolina y quedar con ella para entregarle la cartera. Dw este modo, habría obtenido dos cosas: cenar con ella y quitarme de encima un asunto que  comenzaba a producirme un desgaste excesivo. El recuerdo de Luis Mary me detuvo cuando ya había marcado 3 numeros. La evocación de nuestra amistad adolescente logró paralizarme: uno nunca sabe lo que les debe a los amigos. En cualquier caso, si existía una deuda, éste era el momento de pagarla. Después de esta breve reflexión, concluí que jamás sería un cínico por más que intentara aplicar las técnicas que aprendí de Luís Mary.

Por otra parte, la cuestión relacionada con el asesinato continuaba siendo enormemente confusa. Los hechos carecían de solidez y las esquinas del rompecabezas no lograban adaptarse unas a otras. El motor de la nevera comenzó a ronronear y yo cogí un papel y un lápiz y apunté:

-Luis Mary buscaba una recompensa del Ministerio de Hacienda en base a una denuncia que pensaba presentar relacionada con determinadas irregularidades fiscales de los laboratorios Basedow.

-Luis Mary aparece colgado en el salón de su casa.

-Se supone que su viuda registra inmediatamente la buhardilla de mi amigo en busca de una cartera que el azar acabaría por depositar en mis manos.

-Se supone asimismo que Carolina habla con sus cómplices y, presionada por éstos, o en colaboración con ellos, hace un plan de búsqueda dirigiendo sus primeras sospechas a Teresa.

-Entretanto, yo me presento en la consulta de la viuda y me identifico como un buen amigo de Luis Mary.  Expreso también mis dudas acerca de las circunstancias de su muerte.

-Carolina ve entonces en mí el sujeto ideal para resolver las cosas sin violencia. Decide, pues, usarme como intermediario para recuperar la cartera que todos suponen en poder de Teresa.

-A pesar de ello, los matones registran con cuidado mi casa, aunque no se les ocurre mirar en la cisterna del retrete.  Yo advierto que el registro se ha hecho gracias a una colilla flotante. Esa noche vuelven con idea de asustarme, pero me encuentran asesinado.

-La casa de Teresa es, a su vez, víctima de un registro.

-Comienzan a ponerse nerviosos etc.

-La muerte de Campuzano no aclara nada, pero tiende a crear un foco de sospecha en la revista Hipófisis y en el departamento de investigación sobre el papel de los laboratorios Basedow.

-Por otra parte, parecía evidente que la clave de todo esto estaba en la cartera que yo tenía escondida en un cajón de la redacción. Sin embargo, allí no había más que un montón de papeles inocentes y un poco más de medio kilo en billetes de 5000. Nadie arma tanto follón por esa cantidad.

Telefoneé a Carolina. Estaba.

-¡Hola! Me dijo. ¿Qué pasa?

-Uno de tus matones o uno de los matones de  tus jefes se ha comido un frasco de hormigas que tenía guardado en la nevera. Además, han intentado maltratarme, pero afortunadamente se me ocurrió invocar tu nombre y me perdonaron la vida.

-La invocación de mi nombre no te servirá de nada dentro de 4 días, Manolo.

-También me han robado mi colección de monedas.

-Me encargaré de que te la devuelvan, cuando nos des alguna pista sobre la cartera.

-Dime una cosa, por curiosidad.

-¿Qué?

-¿Qué puede haber en esa cartera que justifique tantos atropellos?

-Ya te lo dije Manolo: papeles y un poco de dinero que ahora me vendría muy bien para hacer frente a los gastos del entierro de Luis. Por otra parte, si la cartera era de mi marido, ahora me pertenece a mí. Eso es todo.

-Cuando quieres, puedes resultar más vacía que un guante en un cajón.

-¿Y eso no te gusta?

Dudé unos momentos. Luego dije la verdad::

-Sí.

-Ya ves que lo hago por ti.

Su voz se había enroquecido levemente como si una ligera emoción hubiera contraído su garganta, pero también como si intentara reprimir un ataque de risa. Preferí pensar lo segundo y actué de acuerdo con esa referencia.

Dije:

-¿Quién asesinó a Luis Mary?

-No vuelvas con eso, por favor.

-¿Y a Campuzano?

-Se suicidó. No daba más de sí.

-¿Tuviste acceso al informe del forense?

-¿Sobre la autopsia de Campuzano?

-Sabes que no, sobre la de Luis Mary.

-Por supuesto.

-¿Y había rastros de alcohol o de alguna otra droga?

-En las vísceras habría habido rastros de alcohol, aunque hubiera madrugado para suicidarse. ¿Detrás de qué andas?

-Bueno, si se le suministró una droga o algo así, pudo haberse colgado él, pero inducido por alguien. Era de esa clase de personas que con la borrachera se ponía cortés y no podía rechazar ninguna invitación. Además, estoy seguro de que la invitación a ahorcarse reunía para él el caudal de extravagancia preciso para no pensarlo 2 veces.

Me callé, pero Carolina no comenzó a hablar inmediatamente. Después de su silencio escuché su respiración y, en seguida, sus palabras:

-Estás muy gracioso esta noche, Manolo, pero pierdes el tiempo buscando algo que no existe y descuidando la única búsqueda que te interesa. Además, eres un poco exagerado. Te han dado un par de sustos, de acuerdo, pero también tú los asustates a ellos la otra noche. Y, claro, tu actitud robando papeles en casa de Campuzano y molestando a Menéndez Cueto y preguntándome a mí cosas tan raras es muy sospechosa. Nos hace pensar que buscas una información completaria a la que hay en la cartera, y eso no nos gusta, porque hay asuntos que no le importan a nadie. Y entonces, claro, los que mandan quieren pararte los pies, aunque yo les he dicho 100 veces que eres inofensivo y que vas a colaborar en la medida en que te sea posible y todo eso. Pero mientras yo digo eso a los que mandan, tú  no haces más que cometer imprudencias de todo tipo.

-De acuerdo. Quizá lo deje todo, pero contéstame a esto: ¿Tú sabes que Luis Mary tenía o creía tener pruebas de que los laboratorios Basedow habían estafado a Hacienda una cantidad que podía suponer unos 20 millones en concepto de comisión para quien efectuara y probara la denuncia?

-No. Lo que pasa es que Luis Mary estaba loco y sospechaba en general de todos los papeles. El error lo cometí al proporcionarle un trabajo en los laboratorios.

-¿Y por qué te casaste con un loco?

-Porque era un loco divertido.

-No lo entiendo, Carolina; no puedo entender nada.

-¿Me conseguirás la cartera?

-Ya veremos. Creo que sí.

-Estupendo. Y recuerda que un buen detective nunca dice mo entiendo.

-¿Qué dices entonces?

-Calla. La verdad está siempre en el silencio. ¡Buenas noches!

Colgó. El control de mis emociones siempre ha sido para mí algo misterioso, porque no depende de mi voluntad, aunque tampoco sabría decir qué o quien lo maneja. Me encontraba bastante deprimido, pero el miedo, al menos, parecía que iba a cogerse la noche de permiso.

En esto, mientras repasaba la conversación mentalmente, tuve una intuición, casi una certeza: drogas. La cartera escondía en alguna parte una cantidad de droga cara, cuyo precio justifiicaba el nerviosismo que ni los papeles ni el dinero podían explicar.

Era muy tarde, pero decidí ir a la redacción a por la cartera. Cuando salía por la puerta, sonó el teléfono.

-¿Manolo?

-Sí, ¿que hay?

-Soy Teresa.

-Estoy muy mal. ¿Puedes venir a pasar la noche a mi casa

-¿Quieres decir que estás deprimida o que tienes catarro?

Mi afán por agredir a Teresa sólo era comparable al amor que sentía por ella.

-Déjalo.

-No, escucha. Salgo ahora mismo hacia la redacción. Creo que he descubierto algo. En una hora o así estoy en tu apartamento.

Colgué y salí.

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