​Por fin, llegó el día siguiente llamado jueves. 

La noche del miércoles había dormido mal, en parte por los efectos secundarios de la dexedrina, pero también por el miedo de que los matones de la noche del martes volvieran a visitarme y me hicieran tragar el puñal falso y la sangre sintética. Suponía que a esas alturas todo el mundo del hampa madrileña sabría que se me había visto vivo y coleando en el entierro de Campuzano. La verdad es que pensé en irme a dormir a casa de mis padres, pero no había visto que ningún detective actuara así en las novelas ni en el cine. De modo que me encerré en mi cuarto y me acosté abrazado al teléfono, confiando en que, si los oía llegar,  me diera tiempo a llamar  a la policía.

Sin embargo, no pasó nada excepto que yo me levanté como un cadáver profesional al que se le hubiera obligado a vivir 3 días seguidos sin echar una pequeña muerte después de la carroña. O sea, que me encontraba en un estado de cansancio cercano a la hipnosis. Con movimientos mecánicos, ajenos al poder de mi voluntad, me preparé un café soluble en el agujero que el dueño de mi apartamento llamaba cocina. Mientras me lo tomaba algo más tarde con la mirada fija de las resacas, descubrí sobre la moqueta una suerte de hilo negro que parecía moverse.

Me agaché y vi que se trataba de una hilera de hormigas diminutas que había llegado hasta allí procedente de algún punto cercano a la ventana que daba al patio. Se dirigían, sin que ninguna distracción turbara su empeño, a la cocina. Al llegar allí, la fila se dividía en dos y las hormigas situadas en un punto impar de la hilera se escabullían por una rendija del suelo, mientras las otras trepaban por una pata  de la nevera hasta alcanzar una juntura por la que entraban al interior; una vez dentro, al aparecer, morían. Encontré en el cajón de la fruta, de cuya limpieza no me había ocupado nunca, un número de cadáveres considerable que recogí y guardé en un envase de sucedáneo de caviar vacío.

Acabé el café y me senté a reflexionar unos instantes . Aquello parecía un ataque de delirio tremendo, pero al revés o al menos bastante disminuido. Se podría argumentar que en esa estación del año ya no quedan insectos visibles en ningún sitio, pero puedo refutar esa afirmación con un dato: el invierno pasado sufrí en este aparcamiento una invasión de cucarachas rubias, que observaban asimismo un comportamiento un tanto raro, al menos si tenemos en cuenta que la cantidad de sustancia gris que hay en el interior de esos animales sólo tiene de inteligente y de gris el color; lo demás es pura exageración dirigida a impresionar los temperamentos sensibles. Pues bien, estas de las que hablo, y que todo juzgaba imaginarias cuando les contaba mi caso, son las famosas cucarachas de moqueta, llamadas así porque en ese medio encuentran las condiciones idóneas precisas para subsistir. Al parecer, proceden de una mutación de la vulgar en un esfuerzo por adaptarse al medio. Lo leí más tarde en una revista de divulgación científica.

Recuerdo que era un domingo por la tarde y que en la radio daban un programa especial dedicado a los Beatles. Entonces, por hacer un experimento, pasé la aspiradora por toda la casa respetando, sin embargo, las zonas por donde ellas solían moverse. El resultado fue que a las 3h había muerto el 60% mientras que el 40% restante prolongaba su agonía 24h más. Escribí a la revista científica advirtiéndoles de este curioso modo de romper el equilibrio ecológico que era limpiar el polvo, pero todavía no me han contestado ni han publicado mi carta en los números posteriores.

Me marché a la redacción y estuve toda la mañana escribiendo las mentiras habituales, aunque creo que conseguí darles, debido a mi prolongada vigilia, un toque de ensueño o de irrealidad que no me disgustó del todo. Fernando vino a verme un par de veces con la intención de sonsacarme qué era lo que investigaba en relación a los laboratorios Basedow. La primera vez se conformó con una mirada de cansancio; la segunda, hube de decirle directamente que se metiera en sus asuntos.

Telefoneé también a Teresa, que se encontraba en un estado de depresión cercano al hundimiento, y averigué a través de ella la comisaría a la que estaba adscrito el inspector Bárdenas o Cárdenas. No conseguí  localizarlo y quedé en llamar en otro momento. Opinaba que  a esas alturas tenía en mi poder el número de datos suficientes para convencer a ese inspector de que la muerte de Luis Mary estaba rodeaba de una cantidad de siniestros sucesos que deberían conducir a la reapertura del sumario. Para convencerme a mí mismo, hice un breve repaso mental de los hechos. 

Sí, efectivamente, era hora de ponerse en contacto con la policía, sobre todo porque mi propia integridad física, y quizá también la de Teresa, corría un peligro no imaginario. Durante algún tiempo, y mientras permanecía con la mirada fija en una foto cuyo pie tenía que escribir, pensé en el modo de exponer todo esto al inspector, pero no pude concentrarme en ello porque sentía colocados sobre mí los ojos del redactor jefe, que me miraba, como si tratara de averiguar cuál sería mi próxima indisciplina laboral.

Finalmente pensé que quizá lo más operativo sería dejarle el relato que había comenzado a escribir sobre la muerte de mi amigo. El pensamiento de que mi original, todavía incompleto, pudiera tener ya un primer lector restauró algunos puntos muy dañados del lienzo donde reposaba desde la adolescencia, y en pésimas condiciones de almacenamiento, mi vanidad de escritor. Ello me infundió animos y en seguida conseguí inventar un romance como complemento a la foto que tenía sobre la mesa y en la que aparecía una famosa actriz, entrada en años, bailando en una discoteca con un muchacho que podría haber sido su hijo.

Pero lo importante de todo esto, que narro con desgana en la tibieza infernal de mi apartamento, no es cada hecho considerado en sí mismo, sino que todos ellos al transcurrir de forma sucesiva conducían a las 20:00 de la tarde, momento en que yo debería encontrarme con Carolina, la viuda de mi amigo, la mujer de marfil que había despertado en mí las ansiedades básicas que todo hombre maduro y solitario sueña poder sentir antes de que sea demasiado tarde.

Después de comer me di un baño, me perfumé y me quedé dormido sobre la máquina de escribir. Cuando desperté eran las 19:15 de la tarde. Me lavé la cara, me perfumé otra vez y cogí 3 billetes de 5000 de la bolsa donde estaba escondido el dinero. Después dudé entre la gabardina y el abrigo inclinándome al fin por la primera.

Conseguí un taxi en la esquina de Cartagena y a las 20:50 llegaba a la consulta.

-Me estánesperando dije a la enfermera con una sonrisa.

-Pase a la sala y siéntese contestó sin mirarme. 

Cuando Carolina acabó con su último paciente eran las 20:10. Llevaba ese día un vestido de lana gris con un escote en pico por cuyos límites flameaba el estampado de un breve pañuelo. Sobre ese vestido se colocó la capa con forma de pétalo que ya ha salido en otro lugar de este relato, y me llevó en su coche por un Madrid anochecido hacia el refugio que perteneciera en vida a mi amigo Luis Mary. Cuánto la quise yo en esos momentos. Me pareció que ella era la primera aventura de mi vida y pensé que sería bonito matarla con cierta delicadeza en la buhardilla de mi amigo.  Esa muerte podría ser sin duda alguna un argumento definitivo para que el inspector Cárdenas o Bárdenas se convenciera de que había  gato encerrado aquel asunto.

-¿En qué piensas? Preguntó delante de un semáforo.

-Me parece raro que no hayas ido todavía al agujero de Luis Mary, aunque sólo fuera por curiosidad respondí.. 

-Los lugares de los muertos recientes despiden malas vibraciones. Conviene ir con alguien. 

Yo había oído antes el rollo de las malas y buenas vibraciones, pero nunca a gente de la edad de Carolina.  La sensación de aventura se acentuó y me dejé llevar por ella donde quiera que fuese. Por primera vez en mi vida, también, no tenía miedo. 

La buhardilla me pareció un desastre. El decorado era perfecto, aunque le faltaba un ahorcado colgando del centro de la habitación. Carolina se sentó en un camastro y miró con desaliento a su alrededor. 

¿Cómo me hago cargo de todo esto? Dijo. 

Había libros de todos los tamaños en los lugares más insólitos de aquella cueva dotada de luz eléctrica. Los discos, sin embargo, estaban confinados en una especie de sofá sin patas situado bajo una ventana ciega o bastante miope, si consideramos el escaso paisaje que era posible ver. No vi el tocadiscos por ningún sitio, aunque descubrí un rincón sorprendentemente vacío donde podría haber estado hasta hacía poco. Las cerámicas populares y los objetos indios constituían un peligro notable cualquiera que fuese el lugar de la habitación donde uno se hallase. La cocina y el servicio parecían como excavados en la sucia  pared del fondo y de ellos venía uno de esos olores que acaban por obligar a los vecinos a 

avisar a los bomberos o a la policía.

-Yo no avanzo más dije, a lo mejor hay algún muerto.

-¿Y a quién le tocaría ahora? Preguntó sonriendo con una suerte de frivolidad malévola enriquecedora.

-Yo diría que al señor Menéndez Cueto, de los laboratorios Basedow.

-¿Le conoces?

-Ligeramente.

-Bueno dijo ella sin descender de la sonrisa, vamos a ver si es cierto.

Se levantó del camastro y me precedió hasta los lugares citados. No había ningún cadáver, aunque sí abundante materia orgánica en proceso de descomposición. Seguro que el cubo de la basura había podido andar solo. Sin embargo, no vimos la cartera allí, ni debajo del camastro, ni entre los libros, ni en el interior de un absurdo horno de pan, hecho en barro, que había en algún punto del salón. Yo busqué con ahinco, pese a que sabía que no podíamos encontrarla, para disipar cualquier sospecha de Carolina en relación a mí. Al final, agotados, separamos unos discos y conseguimos sentarnos en el sofá. 

Sus caderas casi rozaban las mías. Ella llevaba en la mano un puñado de cuartillas que había recogido de algún sitio.

¿Encontraste al menos el manuscrito de la novela que buscabas? Preguntó.

-No respondí. ¿Qué es eso?

-Unas cuartillas que he encontrado por ahí.

Vamos a ver: poemas, poemas, poemas. Mira lo que dice aquí: argumento para una novela: el relato comenzará con mi propia muerte, una muerte algo ambigua, claro está; a partir de ahí sólo tengo que imaginar la reacción de las personas más cercanas a mí y transcribirla adecuadamente.

-¿Qué más dice? Pregunté algo ensombrecido.

-Nada; siguen los poemas. La idea debió de parecerle tan genial, que le liberó del esfuerzo de escribir la novela.

-¿Te importa que me lo quede? Es… un recuerdo.

-Tómalo, a mí me sobran los recuerdos y ademas todos corresponden al mismo proyecto.

Esa novela era la obsesión de su vida.

Carolina advirtió mi progresivo descenso a una suerte de miedo melancólico y voraz. De manera que me rodeó con sus brazos y me besó en la frente, pero yo era otro en esos instantes y ya no deseaba matarla ni quererla, sino alejarme de ella y acudir a Teresa, por cuyo pecho, en otro tiempo, se diluía mi temor a la vida como la nieve en el agua.

-Eres un sentimental decía Carolina entretanto llenándome de besos, aliviando un daño instalado en una zona distinta de la que ella pretendía curar. La viuda soy yo, y tú el amigo encargado de consolarme. No inviertas los papeles.

-Perdona dije, en seguida se me pasa. Lamento que me cinismo no esté a la altura del tuyo.

-No te preocupes. Lo comprendo. Por cierto, Manolo, ¿has hablado con Teresa acerca de la cartera que andamos buscando?

-Sí. No sabe nada.

-Yo sé  que ella no la tiene, pero me parece muy raro que no sepa dónde  está.

-¿Y porqué sabes que ella no la tiene? ¿Encargaste tú el registro que hicieron en su casa?

Me miró sonriendo y en aquella mirada había una invitación a la complicidad, pero también el anuncio de un daño que podría ocurrirme si no guardaba la debida distancia respecto a los hechos en que me había visto envuelto. La sensación de amenaza se completó con la siguiente frase:

-Mira, Manolo, te has metido en todo esto por casualidad. El azar te ha proporcionado una información que seguramente no sabes usar y cuya manipulación puede hacerte saltar en pedazos. Te aconsejo que no hagas tonterías.

-Sólo quiero saber quién se cargó a Luis Mary, Carolina. Y no hay en ello ningún afán moralizador ni de venganza, sino una especie de impulso incontrolable del mismo tipo que aquel que nos obliga a amar a quien más daño puede hacernos.

-Apestas a sentimentalismo. Tu cabeza es una olla a presión cargada de bonitos sentimientos, pero me temo que está a punto de estallar. Si pudieras ser un poco razonable…

Su preocupación por mí parecía sincera y de improviso sentí que comenzaba a gustarme. Estábamos solos ella, su melena y yo. Deseé tomarla de la cintura y hundirme en ese abismo desde el que se suele regresar más viejo, aunque no más saciado. Pero comprendí que no podría hacer nada en aquel lugar.

-Vámonos a cenar dije para continuar diciendo frases trascendentes.

-Cenaré contigo el día que consigas alguna información interesante sobre el paradero de esa cartera. Y mi consejo es que no te retrases demasiado. Su sonrisa era ya una pura amenaza; hay gente que carece de sentido de humor y que no sabe apreciar tus macabras bromas.

-¿A qué te refieres?

-Bueno, he oído decir que el otro día te encontraron asesinado en tu apartamento.

No contesté. Nos miramos. Ahora parecía asustada, aunque no sabía si por mí o por ella.

Fui a tocarla, pero me rechazó.

-Escucha dijo, no debería decirte todo esto, pero tengo miedo. Se trata de gente con la que un periodista metido a detective no puede bromear durante mucho tiempo. He conseguido pararlos  hasta ahora, pero me están presionando demasiado, se echó a llorar y no conseguí que aceptara el refugio de mi hombro. Tu visita a Menéndez Cueto ha sido una imprudencia. He obtenido la promesa de que no se metan contigo ni con Teresa durante los próximos 4 días, pero, si en ese tiempo no aparece la cartera, el asunto que fuera de mis manos.

-Tú sabías que esa dichosa cartera no estaba aquí.

-Sí contestó.

-¿Y por qué has fingido? ¿Que tienes que ver en todo esto, Carolina? Pregunté con tono de confesor.

-Te ruego que no juegues a rehabilitarme. Soy bastante mayor para hacerme cargo de mis intereses. Sólo intento que seas capaz de hacerte cargo tú de los tuyos.

Había dejado de llorar antes de que el rímel comenzara a diluirse a sus lágrimas. Deduje que un control tan preciso sólo podía ser hecho producto de la mentira. Como en la vez anterior, la idea de separarnos comenzó a parecerme insoportable. Insistí, pues, en que cenáramos juntos.

– Cuando sepas algo de esa cartera respondió volviendo a sonreir con la frivolidad que era habitual en ella.

La dejé en su coche y anduve dando patadas a las piedras durante 1h. Después entré  en una cafetería y en el servicio quemé la cuartilla de Luis Mary donde aparecía la idea para una novela. Todo era negro en aquella hora de humillación. El aire parecía un animal enfermo.

Tal era la enfermedad, tal el peso de cuando en él se movía, que una hoja desprendida de un árbol habría quebrado la piel del pavimento. Pero no había árboles, ni tierra, ni otro abismo que la implacable persecución del criminal acompañada por el sonido negro de mis botas.

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