​El intento fracasó. La dexedrina es para gente de ideas firmes. Me pude, pues, a revisar los papeles de Campuzano. La relación carece de interés, si exceptuamos que por ella se podía advertir que hay gente más prolija que un diccionario en tomos. Había facturas, cartas, planos, fotocopias y tarjetas de visita. Parecía coleccionar papeles con el mismo espíritu enfermizo con que otros coleccionan monedas. Sé que este impulso es enfermizo, porque yo mismo las colecciono y, cuando tengo en mis manos un nuevo ejemplar, lo acaricio como si estuviera acariciando otra cosa. En rigor, esto lo hacemos todos los coleccionistas, pero ninguno de nosotros sabemos qué cosa ocultan nuestras colecciones para que las tratemos con ese cuidado.

Entre todas aquellas tonterias, me llamó la atención un pequeño muestrario de papel. Las muestras eran del tamaño de una postal y estaban unidas entre sí por una anilla de plástico. 

Observándolas detenidamente, daban la sensación de constituir un proceso a través del cual un papel basto y algo grueso iba adquiriendo, tras pasar por diferentes calidades, un tacto algo más frágil, pero poco común.

Entre las tarjetas, de todas las profesiones y colores, encontré una de  Carolina. Algunos lazos comenzaban a afianzarse sin que ello se iluminara el túnel donde permanecía agazapado el asesino. Después de revisar estos papeles, ya no tenía nada que hacer, excepto quedarme despierto hasta que se me pasara el efecto de la pastilla. Era uno de esos días en los que, debido a una rara conjunción de sucesos domésticos, la nevera estaba razonablemente provista de alimentos. Por desgracia, la dexedrina, tras dejarme insomne, me había arrebatado el apetito.

Me senté frente a la máquina de escribir y la golpeé hasta dejar lista la parte de arriba de este capítulo. Estaba tan nervioso, que se me había olvidado fumar desde el cementerio; de manaera que dejé de escribir y me puse a fumar. Con el tabaco me llegaron un par de ideas al cerebro, pero estaban como liadas entre sí y hube de desenredarlas y colocar una fuera de la otra. Cuando lo conseguí, me di cuenta de que no eran buenas.

Esperé un poco más, pero fue inutil. La dexedrina no aumenta la capacidad ideológica del individuo; lo que ocurre es que hace pasar varias veces, a gran velocidad, la misma idea. Decidí actuar. Cogí el teléfono, marqué:

-¿Teresa?

-Sí respondió al otro lado alguien que dormía. 

-Soy Manolo.

-Bueno.

Estaba dispuesta a darme la razón en todo con tal de conseguir unos segundos de sueños.

-Mira, necesito saber cómo se llama el inspector que se hizo cargo del cargo. Tal vez le haga una visita.

Escuché un ruido y se interrumpió la comunicación. Me molestó su falta de colaboración, si bien yo era responsable de ella en dos valium.

Volví a marcar. Descolgaron a la señal número 6.

-Teresa, si no me ayudas, me retiro.

-Constantino Bárdenas acertó a decir.

-¿Cárdenas? Insistí.

-No

-Pues yo siempre te entiendo Cárdenas.

-Oh, déjame dormir.

La dejé dormir. La mesita sobre la que estaba el teléfono se había quedado llena de bárdenas.

Le pasé un paño por encima y quedó como un zapato bien lustrado. De repente, me dieron ganas de hacer un paco de limpieza y me puse a ello en un estado de euforia incomprensible. La limpieza de la campaña de la cocina, pese a usar en ella productos más corrosivos, me llevó 2h. La grasa y el polvo son los enemigos mortales del soltero. Si los dejas avanzar hasta un punto, su crecimiento es irreversible y no te queda otra que cabiar de piso.

Me duché, paseé por la casa, fumé. El día estaba nublado, con amenaza de lluvia. Revisé de nuevo las tarjetas de visita de Campuzano. Seleccioné una que decía:

“JOSÉ MENÉNDEZ CUETO DEPARTAMENTO DE INVESTIGACIÓN SOBRE EL PAPEL. LABORATORIOS BASEDOW”.

Telefoneé allí y pregunté por el sujeto.

-El señor Menéndez no ha venido todavía me contestaron.

-Mire, señorita, es muy urgente. Llamo del Ministerio, soy ayudante del secretario, y tenemos que consultar una cosa con él. ¿Podría darme su teléfono particular?

-Espere dijo algo azorada.

La indecisión de la telefonista se prolongó durante algunos segundos. Finalmente, aunque algo insegura, me dio la información.

-Oiga añadió todavía un poco preocupada, ¿de qué ministerio dijo que llamaba?

-No se lo dije, encanto, pero ponga el de Obras Públicas, por ejemplo.

-¿Cómo dice?

-Obras públicas. Parece que el tal señor Menéndez ha encontrado una fórmula para mezclar la grava y el alquitrán del asfalto sin mancharse las manos.

-Ah respondió algo más tranquila.

Colgué antes de que reaccionara y marqué el número del investigador.  Estaba comiendo, pero conseguí que se pusiera.

-¿Señor Menéndez?

-Sí, yo mismo.

La expresión me hizo gracia. Creí que no tendría dificultades con él.

-Buenas tardes, soy Manolo Ge Urbina, periodista y, accidentalmente, investigador privado.

-¿Cómo? Dijo para ganar tiempo.

-Lo digo en el sentido de que ha sido un accidente lo que me ha puesto en esta situación: un amigo mío que usted sin duda conocía ha sido asesinado. Se llamaba Luis María Ruiz.

El silencio se hizo un poco espeso en la otra casa. Esperé un poco y continué:

-También han matado a un enemigo mío un tal Campuzano, que usted debió de conocer también.

-No sew de qué me habla. ¿Quién es usted?

-Se lo volví a decir.

Temí que en su afán de ganar tiempo el individuo Menéndez volviera a preguntarme lo mismo. Pero me adelanté.

-Necesito hablar con usted.

-Señor Ge, usted y yo no tenemos nada de qué hablar.

-A mí me da lo mismo dije golpeando al azar, entrevistarme con usted o con el director de personal de los laboratorios Basedow. Pero pensé que le hacía un favor dándole el privilegio de escoger.

Hubo un silencio muy breve, pero algo tenso, como el que se produce en el póquer cuando alguien mide las posibilidades de un farol bien engarzado

-Está bien dijo al fin. Venga a mi casa ahora mismo. A las seis he de estar en los laboratorios.

Me dio la dirección. Colgué. Cogí la gabardina y me fui.

Los taxis son caros, pero cómodos. Llegué en seguida. Me abrió el mismo Menéndez y me condujo a través de un pasillo a su despacho.

Escuché gritos infantiles provenientes de alguna zona de la enorme casa. A juzgar por los muebles, el científico,  de unos 44 años, había llegado muy alto en la vida, pero eso no había conseguido haber de él un hombre de gusto. Era alto, corpulento, y llevaba pegado debajo de la nariz uno de esos bigotes con forma de cepillo que a mí siempre me han parecido lamentables.

-Siéntese, por favor dijo con gravedad.

-Gracias respondí, y me senté al otro lado de una mesa tallada.

-Usted dirá.

-Verá, señor Menéndez, hay en todo este asunto una serie de coincidencias que lo colocan a usted en una situación un poco delicada.

Me miró fríamente. Yo me callé, porque no estaba seguro de por dónde debía continuar. De repente, me pareció que el muestrario de papel carecía de importancia y que la relación entre éste y Menéndez era demasiado floja. Durante los segundos siguientes, continué callado. Confiaba en que él me indicara la dirección a seguir.

-¿Qué sabe usted? Preguntó.

La idea de que hubiera algo que saber volvió a animarme y decidí coger las riendas del diálogo:

-Señor Menéndez, usted no es quién para examinarme. Si se porta bien, le dejaré colaborar conmigo. Si no, le enseñaré cierta documentación a un tal inspector Cárdenas. Claro que continué tras una pausa puedo llevarla al Ministerio de Hacienda y recibir una elevada recompensa.

Me callé para medir el efecto de mis palabras.

El tal Menéndez parecía asombrado, pero no en el sentido que yo imaginaba. Lo advertí cuando añadí:

-Escuché, me importa un bledo que sus laboratorios estafen los millones que quieran a la Hacienda Pública. Lo que me parece de mal gusto es que por una tontería así maten a mis amigos. De manera que, si está usted calculando cuál es mi precio, me adelanto a decirle que a mí sólo me interesa el asesino, aunque de momento no me parece que sea incompatible la búsqueda de ambas cosas.

Cuando terminé de hablar, el gesto de asombro de Menéndez se había transformado ya en un rictus de incredulidad. Me miraba con la tolerancia de un verdugo y yo advertí que había metido la pata, aunque ignoraba cuál de ellas y en qué clase de agujero. Encendí un cigarro, nos miramos. Agaché la cabeza para expulsar la segunda bocanada y vi a través del hueco central de la mesa sus calcetines grises.

-Siga usted dijo sonriendo.

-Tengo aquí una tarjeta suya dije enseñándola. La encontré entre los objetos de Campuzano. Detras hay una nota escrita a bolígrafo que dice así: Campuzano, consiga las tintas de la relación adjunta y hágalas llegar a la relación de Hipófisis.

Lo miré para comprobar el efecto de mi nuevo golpe. De momento, mantuvo la sonrisa y no daba la sensación de sentirse molesto.

-Siga dijo.

-He venido a verle al azar concedí. Un poco guiado por una especie de sugestión. Verá, primero me ha llamado la atención y me ha parecido muy poético que unos laboratorios farmacéuticos tengan un departamento dedicado a investigar el papel. Yo soy periodista y tengo algunas manías respecto al papel sobre el que escribo. No podría hacerlo con uno de distintas características.

Menéndez suavizó el rictus. Sin duda se sentía halagado por el modo en que yo valoraba su trabajo. Sonrió. Luego dijo:

-Ese departamento no es una exclusiva nuestra. Lo tienen todos los laboratorios del mundo, se dediquen o no a hacer productos médicos. El Estado suele apoyar esta clase de investigaciones, directamente o en forma de desgravaciones fiscales. Además, dése cuenta de que nosotros vendemos tanto papel como medicinas. En efecto, cada uno de nuestros productos va metido en una caja de cartón y en todas ellas hay un papel más fino, el prospecto. El papel, pues representa una parte importante de nuestro negocio. Cuanto más sepamos sobre él, más posibilidades tendremos de mejorar la presentación reduciendo los costos.

-Nunca hubiera imaginado dije fingiendo asombro que la actividad farmacéutica fuera una tapadera para vender papel.

-Todas lo son dijo riendo francamente. Su pescadero le vende con cada besugo unos cuantos gramos de papel de estraza. Y usted, como periodista, me obliga a comprarle una hoja cada vez que me vende un artículo.

Me pareció bien seguir exagerando y dije:

-En realidad, la vida toda es un montaje cuyo único objetivo es vender papel.

Esto último ya no le hizo grancia al tal Menéndez, por lo que comencé a pensar en otra cosa.

Sin embargo, esta vez se adelantó él:

-Hay algo que me impresiona de usted dijo con cierto misterio, y es el rigor con el que se equivoca. Yo soy científico y le aseguro que sé valorar ese afán de método que subyace en cada uno de sus disparates. Ha venido a verme sin saber lo que quería encontrar y se va sin encontrar nada que le interese. Pero eso no parece hacerle perder la calma. Le admiro, pero le aconsejo que no se presente con tan poco respaldo en otros sitios. Podrían tratarle peor que yo.

El cinismo de la última de sus frases pertenecía a alguien con poder suficiente como para triturarme. Supe que estaba amenazado de muerte. Maldije la memoria de Luis Mary y me fui de allí todavía intacto, pero intentando conciliar la idea de mi fracaso con la idea de mi muerte.

En la calle, los transeúntes parecían dudar sobre el brillante asfalto, y la humedad se resumía en la pintura empañada de los coches. Las luces permanecían encendidas por la huelga y yo, con el gesto fatigado de un viudo reciente, comprobaba cómo todas las sucias calles de Madrid, todos los medios de transporte de Madrid, conducían al sordido apartamento de moqueta amarilla y cuadros de payaso donde me hacía viejo. Se me ocurrió una idea desagradable y decidí guardármela por si llegara a resultar graciosa al cabo de unos años.

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