​El taxi me costó 480 pesetas. En el ascensor calculé que la muerte de Luis Mary, entre taxis, invitaciones y horas de ausencia al trabajo, me estaba saliendo bastante cara.

Decidí hacer una relación de gastos y cobrarme del medio kilo escondido en la cisterna. Quiero advertir que la idea me pareció mezquina, pero que la acepté porque forma parte de mi carácter esta inclinación hacia lo innoble que tanto detesto.

Encontré a Teresa llorando en el sofá, abrazada al teléfono. Junto a sus pies había un vaso volcado y una botella de ginebra destapada. Le quité el teléfono y lo coloqué en su sitio. Después me senté a su lado y la tomé por los hombros. No lloraba de miedo, ni de lástima. Lloraba de rabia, porque cuanto  estaba ocurriendo le parecía injusto.

-Es como si alguien estuviera empeñado en hacerme daño a mí personalmente me explicó.

-Estás exagerando, Teresa. Las cosas ocurren y a alguien le tiene que tocar.

-Oh, no empecemos a discutir.

Me levanté en silencio y fui al baño. Encontré en el botiquín un frasco de valium, pensé que cos dos pastillas sería bastante. Regresé al salón.

-¿Has bebido mucha ginebra? Pregunté.

-No, un par de tragos.

-Bien. Entonces, mira, tómate estas pastillas y te metes en la cama. Procura descansar, con este estado de nervios no podemos hacer nada.

-¿Has averiguado algo? Preguntó tras coger las pastillas y tomárselas con otro trago de ginebra.

-Es pronto para empezar a atar cabos, pero no dejo de moverme. He visto a Carolina. Sospecha que tú tienes la cartera y pretende que yo la recupere para ella.

-¿Qué le has dicho? Preguntó inquieta.

-Nada. De momento estoy haciéndole creer que voy a ayudarle. Ya veremos. He quedado con ella el jueves para acompañarle a la buardilla que tenía Luis Mary en la calle de La Palma.

-¿Aún no ha ido Carolina?

-Dice que no.

-Es mentira. Si tanto le preocupara esa cartera habría ido a mirar allí antes de decirte nada.

-Ya lo he pensado, pero le voy a seguir el juego, a ver qué pasa.

-Lleva cuidado, Manolo. Creo que esa mujer es una mala persona.

-¿Qué pensabas cuando me metiste en esto, que me iba a tener que mover entre monjitas y bondadosos padres de familia?

No contestó. Se levantó con dificultad y tambaleándose fue al cuarto y se metió en la cama. 

Estaba algo tocada del ala y temí que hubiera bebido más ginebra de la que había confesado.

Me acerqué a la cabecera y me incliné sobre su rostro.

-¿No te desnudas? Pregunté.

-No, que esta noche he de asistir a un sueño de mucho vestir.

-¿Seguro que sólo habías tomado dos tragos?

-¿De qué?

-De ginebra.

-Ya te lo he dicho respondió con grandes dificultades; dos tragos. Lo que ocurre es que luego tú me has dado 7 pastillas de valium.

Deduje, pues, que se había tomado siete tragos de ginebra y las dos pastillas de valium.

Dormiría bien. La arropé y le di un beso en la frente. Después salí de allí con el gesto miserable de quien abandona su adolescencia en cualquier sitio.

Llovía con más intensidad. La calle estaba, pues, desierta y húmeda, como la vida de algunos. Caminé hacia San Bernardo y tomé un taxi.

Entré en mi apartamento con algunas precauciones, pero no pasó nada. Todo estaba en orden, si exceptuamos que en la taza del retrete, flotando sobre el agua, pude ver la boquilla de un cigarro cuya marca no era la mía.

Inmediatamente miré dentro de la cisterna: el dinero seguía allí. Me felicité por hacer dejado la cartera en la redacción y me lavé los dientes. Después me desnudé, encendí un cigarro y me eché sobre la cama. Eran las 24:30 de la noche.

A las 1:40 el ascensor se detuvo en el tercero y escuché los pasos de dos o tres personas que se dirigían hacia la puerta de mi casa. En seguida cogí de la mesilla el cuchillo falso y la mancha de sangre sintética y me coloqué ambas cosas sobre el pecho desnudo. Mientras yo hacía esto, los dueños de los pasos manipulaban mi cerradura. Me coloqué atravesando diagonalmente la cama, de forma bastante espectacular pero cómoda.

Abrieron la puerta y entraron con sigilo. El haz de una linterna vaciló un par de veces en la puerta de mi cuarto. Permanecieron en el salón cuchicheando. Eran 3. Uno de ellos dijo:

-Venga, enciende la luz. Vamos a despertarle y que se dé un susto para que cante mejor. Encendieron la luz del salón, que iluminó también parte de mi cuarto a través de la puerta. Después los oí acercarse. Uno de ellos dijo:

-¡Despierta, cerdo! Y encendió la luz.

Durante unos segundos se quedaron mudos ante el espectáculo.

-Yo me largo.

-Yo también.

Ahora parecían dos. No podía verles la cara. 

Finalmente se oyó al tercero;

-Esperad un momento.

Se acercó a mí y me tocó el hombro con cierta repugnancia.

-Está aún caliente. ¡Dita sea! Me parece que nos hemos quedado sin cartera.

-Vámonos ya, que nos cuelgan el mochuelo a nosotros.

-Sí. Aquí no hay nada que hacer.

Salieron. Respiré. Sudé de miedo. Encendí un cigarro. No pude dormir.

A las 6:30 de la mañana aún no había amanecido, pero yo seguía despierto como un búho y preocupado como una lechuza. Me duché, me lavé la cabeza y me afeité. Calenté leche y me tomé un café con dexedrina. Delante de mí había una jornada masticable, hinchable y estirable. Una jornada de chicle, en suma.

Cuando llegué a la redacción aún no funcionaban los ascensores. Subí andando y me puse a trabajar. A las 9:00 llegó el redactor jefe. Le entregué dos folios de algo y sonrió satisfecho.

-¿A qué hora suele venir Fernando? Pregunté. 

-Está ahí ya. Ha subido conmigo.

Me acerqué a su despacho y le sorprendí hurgándose las narices. No le importó.

-Estudiia eso y nos vemos dentro de una hora dije señalando las fotocopias.

-Vale, vale; ahora llamo a mi amigo.

-El tema de tu amigo empieza a resultar patético, Fernando. Inventa otra cosa.

-No se me ocurre.

Di la vuelta y salí. La redacción estaba a tope.

Escribí 7 pies de fotos y corregí dos pruebas.

Volví al despacho de Fernando.

-¿Qué hay? Pregunté. 

-Esto no vale nada, hijo. Ignoro lo que estabas buscando pero te aseguro que no está aquí.

-¿Lo has estudiado bien? ¿No hay alguna factura o algún documento que haga a esos laboratorios sospechosos de algo?

-Nada, querido. Es todo tan inocente, simplemente y vacío como el cerebro de tu redactor jefe.

-Está bien. Gracias.

-Toma, llévate los papeles.

-Tíralos. De todos modos, tengo el original.

Todo este asunto había resultado confuso desde el principio, pero ahora me veía obligado a observar la confusión desde el lado de lo inexplicable. Durante 1h o 2h anduve por la redacción un poco sorprendido de lo difícil que es llegar a saber la verdad de algo. Después fui al redactor jefe y le dije con gravedad:

-Tengo que irme.

-¿A dónde?

-Se trata de una cuestión personal.

-Bueno dijo agachando la cabeza, haz lo que quieras, pero a ver si se te pasa pronto la crisis.

Averigüé la dirección del difunto Campuzano. Salí a la calle y tomé un taxi.  Fui. Una pequeña señora de negro, muy mayor, abrió la puerta y se me echó a llorar en el abdomen.

-¿Era usted compañero suyo? Preguntó hipando al tiempo que me introducía en la casa.

-Más que eso, señora respondí, éramos amigos.

La señora se colgó de mi brazo y lloriqueó sobre él mientras avanzábamos por el pasillo. Al fin, llegamos a una sala donde pude colocarme algo alejado de ella.

-¿Dónde está? Pregunté. 

-No está aquí. Tuvieron que llevárselo para la autopsia. ¡Dios mío, qué vergüenza!

-Verá, señora, yo era amigo de su…

-Sobrino.

-De su sobrino. Gracias. Los dos, como periodistas, teníamos, aparte de nuestros deberes profesionales, una afición secreta: la poesía. Él era un gran poeta, mejor que yo, y tengo interés en reunir algunas cosas suyas para publicarlas como homenaje póstumo.

La señora había dejado de llorar y me miraba atónita. Le parecía excesivo tener que añadir la condición de poeta de su sobrino a la triste vergüenza de su comportamiento suicida.

-No sabía nada dijo.

-Bien, era una cosa muy privada. A los dos nos daba un poco de vergüenza… cosas íntimas, usted sabe.

-¿Pero la publicación de esas cosas no dañaría aún más la reputación de mi sobrino?

-Al contrario, señora. Servirá para revelarnos su humanidad, su grandeza de espíritu.

-¿Y no revelaría también sus debilidades?

-Las debilidades de un hombre, señora, constituyen su grandeza.

-Entonces, venga conmigo dijo a modo de conclusión.

Me llevó a un despacho grande, algo desordenado.

-¿Sabe dónde guardaba sus cosas personales? Pregunté.

-Aquí está todo. Pero como él llevaba muchos asuntos, que era muy trabajandor, no le sé decir aquí está esto y aquí lo otro dijo y se echó a llorar.

Le ofrecí mi brazo como se le ofrece un dedo a un periquito. Saltó sobre él y la llevé por el pasillo hasta la sala. Allí me la quité de encima y la dejé sobre un sofá lleno de almohadas. Volví al despacho y empecé a registrar la mesa. Como no sabía lo que andaba buscando, me dediqué a coger todo lo que estaba escrito, especialmente si se trataba de alguna clase de documento o factura.

Cuando no me cabían más cosas en los bolsillos, me largué. Antes, quise despedirme de la señora, pero estaba dormida y me pareció más prudente dejarla así.

Cogí un taxi y le pedí al taxista que me llevara al cementerio.

-¿Algún familiar? Preguntó dispuesto a solidarizarse con la pena.

-No, una investigación.

-¿Es usted detective?

-Investigador privado.

-Vaya. ¡Qué emoción!

Bostecé intentando aparentar aburrimiento y el taxista, que tenía unas inclinaciones raras, dijo:

-Oiga, ¿qué es lo que usted lamenta más cuando ha resuelto un caso?

Me quedé pensativo, intentando ocultar con ese gesto el estupor que me produjo su pregunta. Al final dije:

-Lo que más lamento es que debo volver a los autobuses y al metro. Mi sueldo no da para muchos taxis.

El taxista no volvió a decir nada y de ese modo pude pensar el resto del camino. 

En el cementerio había mucho tráfico. El cadáver de Campuzano yacía en una capilla ardiente adosada a la sala de autopsias. Numeroso público. Curioseé un rato, pero no escuché nada interesante. Tampoco vi a nadie conocido, ni siquiera a los dos gorilas que jugaron con Luis Mary y conmigo la tarde del teleférico.

Al rato, las miradas de los deudos y amigos de Campuzano comenzaron a fijarse en mí impertinentemente. Por un momento temí que alguno de los presentes hubiera reconocido en mí al cadáver apuñalado de mi apartamento. Pero no; habían notado simplemente mi condición de intruso en aquel festejo fúnebre. Para romper esta tensión, me acerqué a un señor bajito, que era de los más tristes y que se parecía mucho a Campuzano. Le dije:

-Perdón, amigo. Deduzco que es usted su hermano. 

-Sí dijo.

Le estreché la mano componiendo un gesto de desolación.

-Gracias, gracias.

-¿Conoce ya los resultados de la autopsia?

-Todo parece indicar que de quitó la vida.

-Vaya. Por cierto, que quería decirle añadí si no sería conveniente que permaneciera alguien con su tía. Vengo ahora de verla y la pobre mujer está desecha. Se la ve tan mayor…

-¿Pero estaba sola?

-Completamente.

-¡Por Dios! Me prometió mi hija que iría a hacerle compañía.

-Entonces estará al llegar.

Tras esta breve conversación, las miradas cambiaron de tono, y yo me sentí aceptado como uno más en aquella fiesta dolorosa.

Unos minutos más tarde estaba ya aburrido y cansado de permanecer allí. De manera que decidí fugarme antes del entierro. En actiitud del que da un paseo me dirigí a la salida. Al llegar afuera, vi el coche de Carolina haciendo maniobras para aparcar. Carolina iba dentro. No dejé que advirtiera mi presencia. Salió del coche y se dirigió a la capilla ardiente. Desde lejos observé cómo un grupo de hombres con aspecto de ejecutivos la saludaban cortésmente al acercarse.

Comencé a atar cabos, a relacionar cosas, a sujetar en mi cabeza pequeñas intuiciones que, a modo de fogonazos, me conducían hacia el oscuro lugar del asesino.

Entretanto, un taxi me llevaba a casa, donde intentaría recuperar un poco del sueño perdido durante la noche.

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