​Me desperté a 18:00. Nadie había intentado asesinarme. Tomé dos Alka-Seltzers, el segundo diluido en un vaso de agua. Cogí la cartera con los documentos y me marché a la calle.

Saqué 7000 pesetas de fotocopias. Fui a la redacción y dejé los duplicados sobre la mesa de Fernando. Eran las 19:10 y ya había anoche ido. Cogí un taxi y di un número de Paseo de Rosales, que correspondía con el consultorio de Carolina. Cuando llegué, advertí que el portal era el mismo del que había salido Campuzano. Sabía por los libros que, apenas comenzaba la investigación de un crimen, uno se encuentra con multitud de coincidencias que las más de las veces no deben de tener ningún significado. Ésta, sin embargo, sí debía tenerlo, pues Campuzano representaba a unos laboratorios farmacéuticos y en el tercer piso había una consulta médica.

La enfermera estaba un poco seca, pero bien moldeada. Era uno de esos personajes de labio fino y gestos fugaces que han conseguido monopolizar todos los puestos de trabajo relacionados con el ejercicio de la medicina. Me dijo que la doctora no recibía sino bajo petición previa de hora.

La miré y callé unos segundos. Después sonreí y dije:

-¿Le quedan aún muchos pacientes?

-Está con el último, pero ya digo que hoy no puede atenderle.

Compuso un gesto algo afectado. Rogué:

-Oh, pídaselo por favor, que es urgente.

No sonrió, pero me invitó a pasar. Fue sencillo: hacía algún tiempo que sabía que uno puede llegar a gustar a todas las mujeres a condición de no gustar a la única a la que uno quisiera gustar.

Tomé asiento con mucho gusto.

No había revistas sobre la mesa. La consulta era demasiado lujosa para una médico de 35 o 37 años. Recordé a Carolina junto a los padres de Luis esa misma mañana. Seguramente era guapa, pero yo me había fijado sobre todo en su melena, corta y con las puntas hacia dentro, que me debía remitir a una fijación adolescente. Esa clase de melena y una falda plisada era todo cuanto yo necesitaba ver a una mujer para invitarla a una copa. Sí a eso añadía el prestigio de ser la viuda de Luis Mary, creo que mi generosidad alcanzaría para pagar una cena en un buen restaurante.

Al poco, y sin que hubiera visto salir a nadie, la enfermera me invitó a pasar. Carolina me recibió de pie en el centro del despacho. Tras darme la mano, fue a refugiarse en su sillón, al otro lado de la mesa. No llevaba falda plisada, aunque conservaba la melena. Su camisa, de seda negra, era la misma que le vi a mi amigo la tarde que nos encontramos. A ella le quedaba muy bien.

Se volvió sobre el fichero, a su derecha, y colocó un dedo extendido sobre el borde de las tarjetas.

-¿Su nombre? Preguntó.

-Es la primera vez que vengo.

-Perdone, su cara me resultaba conocida.

-Nos hemos visto esta mañana. En un entierro.

Esperé alguna reacción convertible en sospecha. Pero no hubo nada. Había hecho con sus manos una plataforma para apoyar la barbilla y desde allí sus labios me sonreían tristemente.

Sus largos dedos se movían despacio por debajo de esa plataforma ejerciendo sobre mí el efecto de un péndulo en manos de un hipnotizado.

-¿En qué puedo ayudarle? Dijo al fin.

-Pensé que no la iba a encontrar aquí.

-¿Me buscó antes en otro sitio?

-No.

-¿Entonces?

Me sentí como un ogro dejándose vapulear por un enano. Adopté un gesto de cansancio y dije:

-No es muy normal pasar consulta el mismo día que entierran al marido de una, ¿verdad?

Parpadeó y temí que tal gesto anunciara una alteración grave en la prodigiosa mecánica de aquel ser. No fue así; me miró de forma aún más penetrante y dijo:

-¿Usted qué cree?

-Bueno, creo que no.

-¿De manera que usted no pasaría consulta a los dos días de quedarse viudo? Preguntó.

-No respondí inquieto.

-¿Y por qué? 

Estaba desconcertado por su seriedad. Dije:

-Porque no soy doctora.

Ella afiló los ojos, frunció las cejas y apretó los labios, componiendo de este modo la expresión de quien por fin ha conseguido entender algo difícil. Yo intenté reírme para ver si con la risa era capaz de escapar a ese diálogo circular. 

No pude. Pensé que debería aguantar el tipo hasta encontrar una salida.

-Está conversación no nos lleva a ningún sitio dije.

-Yo no podría ir hoy de todos modos respondió.

-¿Acaso cree que soy de la policía? Pregunté.

Se echó a reír descaradamente y, todavía no sé si para halagarme o para seguir agrediéndome, dijo:

-No, no, podría ser usted cualquier cosa menos policía.

-Fui amigo de Luis Mary expresé con un gesto de amargura que podía tener diferentes significados.

-¿Cómo te llamas? Preguntó descendiendo al tuteo con la ingravidez de una pluma.

-Manolo.

-¿Manolo Gurbina?

-Sí contesté resignado.

La seda negra de su camisa resbalaba sobre su ropa interior, que era blanca, según había podido observar por el escote cuando ella se reía.

Tal roce despertaba en mí algunas ansiedades básicas que estaban consiguiendo alterar el normal funcionamiento de mi comportamiento emotivo.

-¿Podemos hablar fuera de aquí? Dije.

-Sí contestó ella divertida. Eras mi último paciente de esta tarde.

Frente a la mirada rencorosa de la enfermera, le ayudé a envolverse en una enorme capa con forma de pétalo.

Nos metimos en una cafetería bastante lujosa.

Ella dijo que tenía hambre feroz y pidió tortitas con nata y café con leche. A mí me trajeron un Ginger Ale con whisky, aunque lo que me apetecía era un cubalibre de ron. Me pareció, sin embargo, que el Ginger Ale, frente a las tortitas de ella, valoraría mejor que el cuba libre la zona que ocupaban mis mano. Para entonces, la tormenta se había desatado ya en mi pecho; las compuertas habían saltado en mil pedazos por la presión de las emociones y yo andaba a la deriva, entre su taza de café y mi copa, con 15 años menos de experiencia. O sea, que estaba a punto de comportarme como un adolescente ante la hermana mayor de su mejor amigo. La imagen de Teresa se paseó un momento por la zona más caliente del conflicto, y yo tomé un trago de potingue dorado dispuesto a no ceder a aquello, ternura o pasión, en lo que un hombre sólo puede darse el lujo de fracasar una vez en la vida.

-Tú eres periodista, ¿no?

-Sí respondí.

-Luis Mary contaba muchas historias tuyas.

Al principio de oírselas, me pareció que era muy poco respetuoso contigo. Pero luego advertí que te tenía un cariño excesivo, que no sabía cómo manejar. Cuando más cruel era, más dominado se sentía por el afecto.

-Tú no pareces haber lamentado mucho su muerte.

-No seas mojigato. Todo el mundo sabe que llevábamos vidas muy independientes. Él andaba buscándose algo así para acabar y lo encontró relativamente pronto. Lamento su muerte en forma muy abstracta, como el viaje de un amigo, pero no me siento obligada a modificar mis hábitos ni a mostrarme triste.

-¿Por qué os casasteis?

-Por cuestiones privadas. En cualquier caso, éramos dos personas maduras y ambos sabíamos lo que el otro nos podía dar y a qué precio.

-Esa frase es muy fría.

Sonrió.

-Ponle tú un poco de música si quieres.

-¿Crees que se suicidó?

-¿Qué más da que se matara a sí mismo o que pusiera a otro en situación de matarlo? En los dos casos, el agente provocador sería él. A mí me parece un tanto ñoño y muy peliculero eso de andar a la búsqueda del asesino de un amigo suicida.

Anoté el insulto en la cuenta que acababa de abrirle y continúe con mi investigación:

-¿Entonces crees que lo mataron?

-No lo sé, pero ya te digo que la diferencia de sentido entre una cosa y otra no es más grande que la que hay entre una oración pasiva y su reflejo activo. Me da igual, aunque ya sé que hay por ahí una amiga vuestra, Teresa, que quiere que esto sea un asesinato.

Pedí otra copa y ella me acompañó con un coñac caliente que aumentó la nota más de lo que previsto para esta clase de situaciones sin falda plisada.

-¿Y qué hay de Campuzano? Pregunté.

-No sé. ¿Le pasa algo?

-Ya no. Ha muerto. ¿Lo conocías?

-Claro. Fue jefe de departamento de relaciones externas de los laboratorios Basedow. Era un hombre muy competente. Ahora dirigía una revista médica.

-¿Hipófisis?

-Sí.

-¿Por qué ese nombre?

-Supongo que porque dedicaba más espacio a la endocrinología que a otras especialidades.

-Sospecho que Campuzano también ha sido asesinado dije. Si es así, quizás te encuentres en peligro.

Enderezó su cuerpo produciendo reflejos con volumen sobre la superficie de la seda negra de su camisa, y agachó la cabeza permitiendo que el pelo, en crenchas, ocultara su rostro. El efecto conseguido era excelente, porque de una postura como ésa se puede salir en cualquier dirección. Salió riendo de un modo un tanto provocativo, o eso me pareció a mí, impaciente como estaba por que me provocara. 

-No te preocupes por mí dijo. La mayoría de las veces no tiran a dar.

-¿Qué quieres decir?

-Nada contesto mirándome con expresión ausente, como cuando se habla con alguien cuya ignorancia básica sobre la crueldad de la vida produce escalofríos. 

Y añadió seduciéndome:

-Eres un atolondrado. Por el modo en que preguntas las cosas se te podría contestar con la verdad o con un tiro de forma in distinta. ¿Te gusta apostarlo todo a cara o cruz?

Lamenté que mis reflejos no estuvieran a la altura de la imagen que se estaba haciendo de mí. Dije:

-No apuesto de ese modo porque me guste el riesgo, sino porque desconozco las reglas. Me ha pasado su juego un amigo al que se le hacía tarde para que lo mataran; tenía tanta prisa, que no pudo explicarme de qué  iba la cosa.

Levanté una ceja para rubricar la frase y la miré directamente, muy serio, con intención de hacerla estremecer.

En seguida, comenzó a estremecerse de risa y yo me sentí un poco patético. Después encendió un cigarro en varios tiempos. Los movimientos de sus brazos, de sus hombros y de su cabeza producían a través de su piel ondas que iban a morir a la zona más abultada de la seda. Los dientes, perfectamente colocados, hacían el efecto de una joya engastada en un conjunto artístico de gran belleza.

Era una mujer de plata y de marfil, tan frágil como un espejo, pero tan reflexiva y dura como su superficie.

-Está bien; preocúpate si quieres dijo, pero deja que sea yo quien señale los aspectos cómicos de este asunto. Todas las cosas tienen un lado divertido, aunque ya comprendo que es difícil hacerse cargo de los dos al mismo tiempo.

Y ahora, si me perdonas, tengo que irme.

-Te acompaño, si quieres.

-Déjalo, tengo el coche cerca.

Se levantó, la envolví en la capa. Salimos. Había comenzado a lloviznar y eso amortiguaba el frío. Fui con ella hasta el coche. Mientras abría la puerta, dije:

-Por cierto, Carolina, ¿sabes algo de una novela que había escrito o estaba escribiendo Luis Mary?

-Oh dijo ella, se pasaba la vida amenazando con escribir una novela, pero yo no creo que hubiera pasado nunca del segundo folio. La disciplina no era una de sus virtudes. De todos modos, Luis Mary conservaba en la calle de La Palma una vieja buhardilla de su época de soltero donde solía pasar algunas tardes. Allí deben de estar sus cosas personales. Para mí resulta un poco desagradable, pero no tengo más remedio que ir algún día para hacerme cargo de todo. ¿Te importaría acompañarme? Tal vez encuentres los dos primeros folios de algo.

En ese momento supe que a Luis Mary lo habían matado, pues conociéndole resultaba difícil creer que se colgara en el salón de su casa familiar teniendo un agujero propio en algún sitio.

-Te acompañaré con mucho gusto dije.

¿Cuándo?

-¿Pasado mañana?

-Vale.

-Bueno, pues ven a buscarme a las 20:00 a la consulta.

-Hasta el jueves entonces, Carolina.

-Hasta el jueves.

Se metió en el coche y encendió el motor. Yo permanecí en la acera, bajo la débil lluvia, contemplando su sombra. Ella me miró, bajó la ventanilla y me invitó a agacharme. Creí que iba a darme un beso, pero me cogió el brazo con una mano cuyos dedos estaban llenos de bisutería cara y dijo:

-Hay una cosa, Manolo, ¿me ayudarás?

-Depende.

-Déjalo, entonces.

-Te ayudaré. Dime.

-Mira, yo se qué esa amiga vuestra, Teresa, tuvo relaciones con Luis Mary. Nunca me importó, pero es posible que Luis Mary le confiera alguna cosa que ahora me pertenece a mí. No puedo darte más explicaciones, pero me gustaría recuperar una cartera con cierta documentación y 650.000 pesetas en billetes de 5000. Es importante para mí y no sólo por el dinero. ¿Podrías mirar en casa de Teresa?

-Lo haré, no te preocupes.

-Gracias dijo, y me besó de forma fugaz, como si sintiera que estaba abusando de un menor.

Se fue. Desde una cabina telefoneé a Teresa.

-Soy yo. Estamos todos en peligro dije.

-¿Qué pasa? Preguntó.

-Se han cargado a Campuzano. ¿Quieres venirte unos días a mi casa?

Me pareció escuchar ruido de vasos.

Dijo:

-Estuvieron aquí esta tarde, mientras salía a hacer la compra. Han revuelto todo en busca de la cartera.

-¿Te han robado algo?

-Dos bragas y un sujetador.

-Entonces no es probable que vuelvan. Conozco a esa clase de obsesos.

-En cualquier caso, ya no tengo miedo, aunque tampoco me queda paz, Manolo. Todo se ha ido al cuerno con la muerte de Luis Mary.

Se echó a llorar y a mí no me quedaban más monedas. Fuera de la cabina, bajo un paraguas negro, había una pareja de jóvenes esperando a que yo terminara de hablar. Abrí la puerta con el pie y, tapando el auricular con la mano, dije dirigiéndome a él:

-Déjame una moneda, por favor.

El chico se metió la mano en el bolsillo de la gabardina y sacó una moneda de 5 duros.

Dijo:

-Sólo tengo ésta y me hace falta a mí. 

La agitación de Teresa crecía por momentos; estaba presa de un ataque de nervios. Yo ignoraba cuántos segundos faltaban para que se interrumpiera la comunicación. Volví a mirar al chico y dije angustiado.

-Te la compro. 

Se observaron la chica y él con expresión avara. Ella dijo:

-1000 pesetas.

No discutí. Saqué el billete y se lo di a él.

Coloqué la moneda en la ranura. Respiré.  Tapé de nuevo el auricular. Les dije:

-Cerdos.

Se marcharon riendo. Retiré el pie y me dediqué a Teresa.

-Escucha, no te pongas nerviosa. ¿Quieres que vaya?

-No. Bueno, sí. Haz lo que quieras.

-Cojo un taxi ahora mismo.

Colgué. El teléfono no se había tragado aún el dinero más caro de mi vida. Corrí hacia donde había ido la pareja. Los alcancé. Le agarré  a él por las solapas del abrigo y no fue preciso hablar. Cogí el billete que me ofrecía y me largué.

-Por lo menos, devuélvenos los 5 duros dijo ella.

-Iros a la mierda murmuré, y detuve un taxi que pasaba en esos momentos.

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