El entierro fue digno de Luis Mary: un frío despiadado, un cementerio civil, 7 barbudos mal vestidos, un sepulturero asmático, 2 niños que venían con una señora enigmática, un fumador de puros con abdomen autónomo y yo, que, con los niños y los barbudos, formaba el único grupo no esdrújulo de aquel conjunto.

Más tarde llegaron 2 filósofos, que seguramente habían estudiado la lengua de mi amigo durante la autopsia, 3 videntes y un traficante de heroína. Ninguno de ellos era portador de un cartel visible que delatara su profesión; es que Teresa vino junto a mí y me fue diciendo algunas de las características principales de los personajes más notables que acudían al entierro.

Por si alguien ha llegado tarde, repetiré que el muerto fue muy importante en mi vida. Éramos, más que amigos, los amigos. No diré que a causa de él he llegado a ser todo cuanto más odio, pero se comprenderá mi posición de desventaja en aquella inolvidable amistad si añado que él tenía todo cuanto yo más envidiaba, mientras qur yo era poseedor de todo aquello que más despreciaba él.

-¿Y quién es la del vestido negro que está junto a los padres de mi amigo? Pregunté.

-Carolina, la viuda.

Lo dijo en un tono rencoroso, como si el papel de viuda le correspondiera a ella.

-Es muy guapa añadí.

-Sí concedió Teresa.

-En cuanto lo cubran nos largamos dije.

Paso un momento por la revista y después empezamos la investigación.

-Vámonos ya. Prefiero no verlo musitó ella.

Conseguimos un taxi en la puerta del cementerio. El taxista era muy alegre y, como advirtió que veníamos de un entierro, nos proporcionó toda clase de historias relacionadas con las conducciones de cadáveres. Finalmente, se mostró partidario de la cremación, aunque nos advirtió que el horno del cementerio de Madrid estaba mal hecho y que la chimenea salían olores a churrasco. Esto era malo, decía el taxista, porque tales efluvios producen en los familiares que asisten a la cremación una subida de los jugos gástricos, que estimula la sensación de hambre. Luego, los familiares se sienten culpables de haber tenido ese movimiento involuntario y caen en profundas depresiones. Sabía de un caso, añadió, de un señor de Guadalajara, vecino de un cuñado de su hermano, que no volvió a probar la carne después de asistir a la cremación de su suegro.

Estuve por proponerle un reportaje, pero ya habíamos llegado a la revista y además Teresa tenía mala cara.

-Subo un momento a ver al redactor jefe y bajo en seguida. Tú espérame aquí. 

-Vale.

El redactor jefe estuvo muy compresivo. Le dije:

-Chico, que se ha muerto un amigo mío y vengo ahora del entierro.

-¿Cáncer?

-No. Así que me voy a acercar a su casa para acompañarla un rato.

-¿Infarto?

-No dije, y advertí que sólo escuchaba la parte de mi respuesta que se refería a su pregunta.

Decidí comprobarlo de todos modos y añadí:

-¿Crees que debo llevar unos pasteles o una botella de vino?

-¿Pero tú te has vuelto idiota o es que crees que vas a una fiesta? ¿De qué a muerto?

-No.

-¿No qué?

-Que no me he vuelto idiota. No conoces tu propia técnica. He contestado sólo a la primera parte de tu pregunta.

-Muy gracioso. Y de qué se ha muerto.

-De un suicidio; en la garganta. 

-¿Cuerda?

-Sí. 

-Vaya eso es peor.

No me explicó por qué era peor ni en relación a qué lo consideraba más malo. Yo aproveché la coyuntura y dije:

-Entonces, me voy ahora mismo.

-Pero mañana, a las 9:00, aquí. Tienes que llenar dos páginas de cualquier cosa.

-Vale, no te preocupes.

-Oye, por cierto, que si quieres incluimos en la sección de necrológicas a tu amigo, ocultando lo del suicidio, claro. A los familiares les suele gustar eso.

Pensé que todos ejercemos la piedad con aquello que nos cuesta más barato. Tras la reflexión, añadí:

– Yo mismo redactaré la nota.

Teresa continuaba abajo. La observé sin que me viera antes de salir. Era otoño y estábamos juntos. Presentí que durante algún tiempo, quisiera o no, permanecería atada a mí y esa seguridad me proporcionó cierta euforia.

-Bueno, ya estoy libre. ¿Por dónde empezamos? Pregunté.

-No sé; no puedo pensar ahora.

-Está bien, vamos a tomar algo.

-Perdona, no podría comer nada.

-Dime qué es lo que podrías hacer. A mí me van a descontar de mi salario unas cuantas horas y me gustaría saber en qué las estoy invirtiendo.

Pensé que se iba a poner a llorar. Pero no; afiló los ojos hasta alcanzar el dudoso espesor de una cuchilla y me contestó;

-En el culto a ti mismo, Manolo Gurbina. Y no creo que hayas comprado nunca tanto por tan poco.

Como se ve, nuestra forma de agredirnos era tan directa como el espinazo de una cobra en actitud de reposo. Si nos hubiéramos podido insultar como el común de los humanos, ah, si hubiera podido llamarle alguna vez traidora, imbécil, puta, y ella a mí chulo, bobo, cabrón…

La miré y sentí que la nostalgia de un sueño me roía el estómago.

-Que raros somos dije.

Y eso fue todo.

Después cogimos un taxi y fuimos al piso de Teresa. En realidad, se trataba de un pequeño apartamento peor equipado que el mío.

-¿De qué vives? Pregunté.

-De aquí y de allá. Ahora estoy en el paro.

El desorden de muebles, libros y otros objetos alcanzaba la altura de un enano por cada metro cuadrado de piso.

-Deberías limpiar un poco aconsejé.

-Sacar brillo a la mierda es un trabajo de obsesos, Manolog. Eso es lo que tú harás toda tu vida, pero somos distintos unos de otros.

-Cada uno limpia lo que tiene, Teresa. Dame el maletín del que me hablaste. Estudiaré la documentación y te llamaré mañana o pasado, a ver si estamos más estables los dos.

Me fui con una cartera tan grande como la de Campuzano. Cogí el metro, subí  a mi casa y la abrí. Había facturas, correo externo e interno, albaranes, notas, subterfugios, el rosario de mi madre y más de medio kilo en billetes de 5000. Escondí el medio kilo en el cubo de la basura, metí en un cajón del aparador el rosario de mi madre y destruí los subterfugios. Lo que quedaba lo empecé por las últimas. Una de ellas decía: Presionar a Campuzano en el asunto Hipófisis. La busqué en el diccionario y decía: Glándula u órgano de secreción interna situada en la base del cráneo. No entendía nada. Más tarde me acordé de que el tal Campuzano dirigía  una revista médica con ese nombre. El resto de las notas era confuso y procedía de distintos puños, aunque predominaba el de mi amigo.

Algo decepcionado pasé al correo externo, pero estaba casi toda en inglés. Llegué a la interna: se refería a cuestiones domésticas de los laboratorios Basedow y su contenido no era más inteligente ni tampoco más divertido que el que suelen producir los jefes de personal de todas las empresas del mundo. En cuanto a las facturas y los albaranes, estaban escritos en un lenguaje alfanumérico que escapaba por completo a mi comprensión.

Tuve un impulsoy telefoneé a Teresa. Le dije:

-Oye, lamento haber estado tan agresivo contigo. Pero no puedo estar de otro modo, ¿comprendes?

-No te preocupes. ¿Has visto los papeles?

-Sí. 

-¿Y qué?

-Bueno, hay algunas notas de Luis Mary, unas facturas que seguramente gozan de una contabilidad secreta y, luego, papeles.

Teresa se rió y dijo algo que pretendía ser cariñoso.

-En serio añadí, esto hay que estudiarlo despacio. Te llamaba para otra cosa.

-Tú dirás.

-¿Sabes que, si se aceptara la hipótesis de que Luis Mary no se suicidó, tu serías una de las primeras sospechosas?

Oí trotar el silencio a lo largo del cable. Finalmente, dijo:

-Bueno, teníais una relación extraña. Ibais a repartiros 20 kilos, y a lo mejor comenzaste a pensar que qué estabas haciendo tú para merecer la mitad de eso, excepto guardar una cartera de papeles que por ti misma no sabrías usar. Desaparecido él, y teniendo todos los papeles en tu mano, no sé, me imagino que no tendrías más que ir al inspector de Hacienda y pasarle el dossier.

-Mira, Manolo, si sigues diciendo esas tonterías, mejor que no me ayudes a nada. Quizá a ti te dé igual que Luis Mary se suicidara o que lo mataran. Pero a mí, no. Creo que entre matarse y ser matado hay una diferencia que cualquier buen amigo debería intentar recorrer. 

-Esta bien, olvídalo. Otra cosa, ¿has estudiado tú los papeles?

-No, te he entregado la cartera tal como me la dio a mí Luis Mary.

-¿Ni siquiera le echaste un vistazo por curiosidad?

-Ya te digo que no. Estaba llena de papeles incomprensibles para mí. ¿Por qué lo dices?

-Por nada. Voy a empezar a moverme. Ya te llamaré, ¿de acuerdo?

-Gracias, Teresa, y perdona mi actitud de estos días. 

Colgué.  Telefoneé a la revista. Pregunté por Fernando, el especialista en temas económicos.

Era uno de mi promoción, algo indeseable como todos nosotros, pero buen profesional. Presumía de tener un amigo que aún era capaz de emitir opiniones personales. Hablar con él era siempre difícil, porque te obligaba a usar el código que su particular locura imponía.

-Hola, Fernando. Soy Manolo G. Urbina. Tienes un minuto para contestarme a la siguiente pregunta:¿Qué son los laboratorios Basedow?

-Una empresa de productos farmacéuticos legalmente constituida. O sea, una organización mercantil e industrial. ¿Quieres que te averigüe su número de registro? Me deben de quedar aún 50 segundos.

Pensé que antes de interrogar a Fernando debería haber elaborado un cuestionario.

-¿Se trata de una multinacional?

-¿Y cuál no, Manolo?

-Bueno, ¿y tú qué piensas?

-¿Sobre las multinacionales?

-No, hombre, sobre los laboratorios Basedow.

-Yo no pienso nada. Os tengo dicho a todos que hace años que no pienso. Pero, si te interesa la opinión de un amigo mío esos laboratorios tienen una estructura organizativa un poco rara.

-¿A qué se reguere?

-Según mi amigo, con esas dos palabras se intenta designar el conjunto de…

-Déjalo, déjalo le interrumpí. ¿Piensa tu amigo que las actividades que realiza esta empresa son notablemente más sucias que las del resto de esta clase de instituciones?

-Así es, Manolog todos hacían siempre idénticos chistes con la G. de mi apellido.

-¿Sabes si tu amigo conoce a un tal Campuzano?

-Lo conocía. Acabo de arrancar un télex que no van a leer ni las ratas. Resulta que Campuzano, el director de la revista médica Hipófisis, financiada por los laboratorios Basedow, ha aparecido muerto esta mañana en su piso. Se especula con la posibilidad de un suicidio.

-Gracias. Te dejaré una documentación para que se la enseñe a tu amigo.

-A tu disposición y suerte en lo que estés.

Colgué. Fui hasta la cocina, empotrada en un lado del salón, bebí dos vasos de agua. Al segundo le añadí un Alka-Seltzer. La cosa parecía grave; apenas comenzada mi investigación, ya se había cometido un crimen.

Coloqué en posición de cierre la cadena de seguridad de la puerta. Mire la hora. Quité la cadena de seguridad. Me fui a la calle; compré una bolsa de plástico con cremallera hermética y llegué, justo antes de que cerraran, a una tienda de artículos de broma y magia, donde adquirí un cuchillo falso y una mancha de sangre sintética. El cuchillo estaba partido y tenía unidas sus dos partes por un semicírculo de alambre, como esos que usan en el cine los actores destinados a morir. Comí en una cafetería y volví a casa.

Guardé el dinero dentro de la bolsa de plástico y la oculté en la cisterna del retrete. El cuchillo lo coloqué en la mesilla de noche, junto al teléfono, y en el cajón de la misma, al lado del insomnio, metí la mancha de sangre. Después me eché sobre la cama y me quedé dormido con el asa de la cartera en la mano.

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