​No volví a saber nada de Luis Mary hasta 1 mes y medio o 2 meses después aproximadamente. Estábamos en los próximos días de un noviembre soleado, aunque frío. Yo preparaba mi primera entrevista importante a un conocido actor de cine y me aplicaba a combatir la soledad de mi apartamento y de mi vida con el mismo espíritu entre tenaz y minucioso que distingue a un contable a la búsqueda de 30 centimos imaginarios sobre las hojas cuadriculadas del Libro Mayor.

En esto, una noche sonó el teléfono y me arrojé sobre él como si se tratara de esa llamada secreta que todos esperábamos. Distinguí en seguida al otro lado la voz de Teresa.

-¿Eres tú, Manolo? Dijo 2 o 3 veces.

-Sí articulé al fin, es que estaba dormido. Perdona.

-Oye, estoy aquí cerca, en un bar. Tengo que hablar contigo. ¿Subo o bajas tú?

-¿Sabes el piso?

-Sí; tercero, apartamento 7. Bueno, qué, ¿subo entonces?

-De acuerdo, te espero.

Colgué el teléfono y me puse a sudar. Después me levanté y recogí un cenicero lleno de colillas que arrojé por el váter. Las boquilla, hechas de algún material insumergible y maldito, se quedaron flotando pese a haber vaciado la cisterna. Me vestí, me peiné con los dedos; me vi durante unos segundos en el espejo y advertí en mi cara los signos de un solitario que caminaba hacía la madurez. Algo había en mis pómulos o en mi frente que me relacionaba con cierto tipo de trastos que, abandonados en un desván, ignoran hace tiempo el efecto perdurable de una caricia. Luego fui al salón, coloqué un libro abierto sobre la mesa e introduje una cuartilla en el rodillo de la máquina. Pulsé apresuradamente las teclas y escribí con mayúsculas: Capítulo XXII. Esperaba que ella lo viera y que creyera, pues, que estaba escribiendo una novela. Inmediatamente el sonido del interfono me heló la sangre. Cogí el telefonillo.

-Soy yo, abre dijo Teresa desde abajo.

Pulsé el botón y escuché, con la precisión con que un condenado a muerte oiría el sonido de las armas al ser cargadas frente a él, los ruidos del ascensor en su doble movimiento de apertura y cierre, y los pasos de Teresa sobre el largo pasillo en busca del apartamento número 7.

Abrí la puerta antes de que llamara al timbre.

-Hola dijo, y nos besamos mutuamente.

-Siéntate, por favor me apresuré a decir para evitar un silencio embarazoso.

Se sentó, encendió un cigarro, me miró. Luego dijo:

-Luis Mary ha muerto.

Recibí la noticia, acumulé tensión y me disparé a los pocos segundos:

-¿Y por qué tanta ceremonia? No conocías este apartamento…. Hace años que no nos vemos y lo primero que me dices nada más sentarte es que Luis Mary ha muerto. Para esa clase de noticias se usa el teléfono y, además, me lo debería haber dicho cualquier otra  persona.

-Es que se ha suicidado.

-Mejor; me alegra saber que al final supo dirigir acertadamente su agresividad.

Yo estaba de pie, de espaldas a ella. La oí llorar.

-No me vayas decir ahora que estabas enamorada de él. Y no me digas, por favor añadí sentándome frente a ella, que no se te ha ocurrido un lugar mejor para llorarle.

-Es que tal vez no se haya suicidado murmuró.

-Tal vez no esté muerto dije por continuar con el mismo argumento, pero asombrado de que su presencia me hiciera aún tanto daño.

Su aspecto no era muy diferente al de los mejores días de nuestra cercana juventud. Su forma de vestir y de peinarse, su manera de llorar incluso me arrastraron a una zona de la vida que, si no fue feliz, fue intensa y asombrosa para el adolescente insoportable y atormentado que de mí recuerdo. En esa zona, antes de que mi existencia se convirtiera en un pasillo cuyo final no podía ser otro que este agobiante apartamento, me fue dado creer que mi lucha contra la soledad tendría éxito. Y, si lo creí, fue por ella, por sus caricias, por la interpretación que hacia de mis estados melancólicos, pero también por la manera en que mi imagen, tras de introducirse en su cuerpo, me era devuelta sin fisuras a través de sus palabras o de su mirada.

-Supongamos que no se ha suicidado dije al fin. ¿Qué gano yo con eso? Y tú ¿qué pierdes?

-No se trata de ganar o perder, Manolo. Estábamos juntos en un asunto y lo mismo me podía haber tocado a mí.

-Te puede tocar todavía; no tienes por qué ser la primera en todo. Además, si te hubiera tocado a ti, a lo mejor quien estaría llorando aquí en este momento sería Luis Mary. Lo que quisiera saber es a quién puedo acudir yo para que se haga cargo de mi dolor, porque parezco el idiota de la familia.

-Había olvidado dijo levantándose que delante de ti sólo se puede hablar de Manolo Ge Urbina. Espero que hayas llegado a ser un experto en el tema.

-Si conociera un poco el tema, no te habría perdido dije cogiéndola por los hombros, asqueado de representar esa escena que se ajustaba a los modelos de comportamiento sentimental que más odio.

Ella acercó su cabeza a mi pecho y rompió a llorar de nuevo. Sin embargo, este segundo llanto era más falso que la moqueta de mi apartamento. Pensé que sería mejor entenderse con un lenguaje así, en el que los llantos de ella ocultaran su desafecto y en el que mis insultos ocuparan el lugar de los besos. 

-Siéntate y cuéntame la historia.

-Luis Mary se casó hace 1 año dijo mientras fingía reprimir los falsols gemidos con una médico. Los amigos no comprendieron bien aquella boda, pero con el paso del tiempo vimos que las cosas iban bien, excepto que a Luis Mary se le veía algo nervioso, como si estuviera en un estado de alerta permanente. Por esa época, como a los 3 meses de su boda, empecé a verle con algunas frecuencia. Me propuso un par de trabajos relacionados con laboratorios químicos y productos farmacéuticos, pero no le hice mucho caso.

De todos modos, continuamos viéndonos cada vez más seguido. Últimamente, se quedaba a dormir en mi casa algunas noches.

En este punto volvió a sollozar, pero ahora los sollozos preludiaban o intentaban contener un llanto tan verdadero como mi ruina moral.

Dije:

-No es preciso que cuentes anécdotas laterales. Dime si el asunto tiene que ver con unos laboratorios llamados Basedow, una revista titular llamada Hipófisis, un sujeto portador de una navaja de 15 cm y una cartera que se podría dividir para venderla en parcelas.

-Sí. Luis Mary me contó que os habíais visto y la aventura de aquella tarde en el teleférico.

Por eso he venido, por si le habías vuelto a ver y te había contado algo más.

-No volví a saber nada de él. Y lo que queda por añadir a mi breve relato es la imagen de Luis Mary y yo golpeados contra unas máquinas tragaperras. Con risas al fondo.

-Verás dijo ella, estaba investigando algo que valía muchos millones. Se trataba de un fraude que los laboratorios Basedow habían hecho a Hacienda. Como sabes, el Estado da al que denuncia esta clase de delitos el 30% de la cantidad recaudada gracias a la denuncia. El porcentaje por el fraude de los laboratorios Basedow podía suponer unos 20 millones de pesetas. A Luis Mary sólo le faltaba conseguir algunas pruebas.

– Si la cosa fuera asíde fácil, Teresa, mañana mismo me iba a recoger las pruebas de fraude a la Hacienda Pública de una multinacional cualquiera. ¿Sabes ya en que sección o departamento expiden los certificados de estafa esta clase de empresas?

En ese momento me di cuenta de que estaba imitando a Luis Mary. Sus torpes sarcasmos, sus gestos, su memoria tal vez. Ella dijo:

-No seas irónico. Pareces Luis Ma…

-Continúa dije.

-Bien, Luis Mary tenía ya algunas pruebas, casi todas. Trabajó para los laboratorios una temporada.

-¿Por qué lo dejó?

-Le despidieron. Había llegado a saber muchas cosas.

-¿Quién lo colocó ahí?

-Su mujer.

-Casado y trabajando. Esa mezcla de obligaciones en un temperamento como el suyo puede conducir al suicidio.

-Siempre tuve la sospecha de que se metió en esos laboratorios para conseguirle algo a su mujer. 

-¿Qué clase de algo?

-No sé. Documentos o información.

-Y buscando eso se encontró con lo otro, con el asunto de los 20 millones.

-Eso creo. Yo le ayudaba en sus pesquisas, pero nunca llegó a contármelo todo.

-¿Cómo se llama su mujer?

-Carolina Orúe.

-El nombre no nos ayuda mucho, pero es bonito. Toma, apúntame la dirección de su consulta y de su casa. Le mandaré el pésame. Ahora dime por qué no has avisado a la policía.

-Lo hice, pero no quisieron saber nada sobre el tema. El encargado del caso es un inspector que está a punto de jubilarse y no quiere ningún follón. De manera que se agarra como una lapa al informe del forense, según el cual no hay duda de que fue un suicidio.

-¿Cómo se supone que lo hizo?

-Ahorcado de una cuerda, en el salón de su casa.

-¿Quién lo encontró?

-Carolina, al volver de la consulta.

-¿Cuándo?

-Ayer.

-Bueno, y ahora qué hago con estos datos.

-No sé; confiaba en que te hubiera dado a ti algo para que se lo guardaras aquella tarde. Un portafolios o unos documentos….

-No me dio nada y, si te dijo lo contrario , mentía para ocultarte que no lo había conseguido. De todos modos, déjame pasar. ¿Cuándo es el entierro?

-Mañana, a las 10:30.

-Bien, nos vemos en el cementerio y hablamos, a ver si se os ocurre. ¿Tienes tú el resto de los documentos?

-Sí, tengo en casa un maletín que me dio a guardar. Estaba con él en esto al 50%.

-Entonces, a lo mejor llorabas por el dinero. 

Eso me parece más sensato.

Me miró con el gesto en el que había un 50% de desdén y otro de lástima. Yo me dulcifiqué un poco. Dije:

-Quédate a dormir.

-Hoy, no respondió y se fue.

Yo me lavé los dientes, recogí el insomnio de la mesilla y me metí con él en la cama. Al cerrar los ojos, escuché el termostato de la nevera y el ruido del motor, que veía a despertarme de 2 o 3 veces en aquellas noches en que me acostaba sin el insomnio puesto.

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