El hombrecillo al que seguíamos tenía andares de pájaro. Llevaba una camisa blanca, de manga corta, y pantalones azules de tergal. Nos condujo al Parque del Oeste, lleno a esa hora de parejas y de señoras frenéticas ocupadas en las labores de ganchillo. Se detenía con frecuencia a contemplar sucesos tan triviales como un niño deslizándose por un tobogán o un perro tratando de alcanzar una pelota. Después daba un saltito de gorrión y cambiaba de rumbo.

-Yo creo que ha notado que le seguimos dije a Luis Mary.

-No importa respondió. Vamos a ponerle un poco nervioso. Entretanto, vete memorizando algunas cosas, aunque no te parezcan de gran uso por el momento: el sujeto se llama Campuzano; fue, en tiempos, visitador médico. En la actualidad dirige una revista médica llamada Hipófisis, que está financiada por los laboratorios Basedow, una multinacional con más ramificaciones que mi árbol genealógico.

-¿Por qué le seguimos?

-Nos lo dirá él en su momento.

La inteligencia de Luis Mary tendía a la paradoja con el mismo tipo de inclinación que arrastra a las ratas hacia las alcantarillas.

-No entiendo nada dije.

-Es lo mismo. No hay ciudadano que bien investigado no merezca 10 años de cárcel. Al que tenemos delante se le podrían meter 20 usando sólo los documentos que lleva en la cartera.

-Podría haber esperado cualquier cosa de ti, excepto que terminaras de detective privado.

-Si perseguir a un tipo de 1,50 que arrastra una cartera significa para ti ser detective, es que tu imaginación ha adelgazado en los últimos años, Manolo Ge. Estoy a punto de dar un golpe de mucha pasta y he decidido regalarte la exclusiva periodística, que vale unos cientos. De manera que acepta el regalo o vete, pero no me pongas nervioso, porque ese tipo tiene más cerebro que tú y yo juntos.

El tal Campuzano entró en la Rosaleda con la misma falta de determinación con que había recorrido el resto del parque. Entramos tras él guardando una distancia prudente, aunque sin disimular nuestra actitud persecutoria. El sujeto dio un par de vueltas componiendo gestos entre asustados y furtivos, pero había llegado a mecanizarlos de tal modo, que parecían tics nerviosos que no guardaban ninguna relación con nuestra presencia. Finalmente, se sentó en un banco y comenzó a fumar. La tranquilidad con la que lo encendió y el placer reposado con que se tragó la mezcla de nicotina y alquitranes, contrastaba con la actividad general de su cuerpo. Tenía el pie derecho ligeramente separado del tronco, como dispuesto a levantarse bajo el estímulo de una señal convenida. Los ojos, casi redondos, giraban de un lado a otro en busca de un objetivo inexistente o, en todo caso, muy lejano.

Luis Mary y yo permanecíamos observándole detrás de unos rosales. Parecía que no nos podía ver, aunque hubiera sido muy aventurado hacer cualquier consideración acerca de la capacidad visual de aquellos ojos. En un momento determinado, nuestro hombre de paso hacia otro gesto miró su reloj de pulsera. Luis Mary dijo:

-Está esperando a alguien. Es posible que no haya advertido nuestra presencia.

-En ese caso no trataba de despistarnos, sino de hacer tiempo especulé yo.

-Es posible, pero no me fío nada. Escucha, lo más importante de este asunto es no perder de vista la cartera. Creo que tarde o temprano aparecerá un contacto a quien se la tiene que entregar. Cuando esto suceda, yo me iré detrás del contacto y tú detrás de Campuzano. Si ves que la cosa se pone difícil, no te expongas a nada; te largas y en paz. Ya hablaré yo contigo mañana o pasado, ¿vale?

-Vale.

La idea de escaparme del asunto de manera tan sencilla me tranquilizó y adopté una postura de reposo. Si el contacto aparecía, yo pensaba largarme. Luis Mary, sin embargo, estaba cada vez más nervioso y esto era para mí una novedad que daba cuenta de la magnitud del asunto que se traía entre manos.

En esto, el hombrecillo se levantó, tiró el cigarro y aprovechó el gesto para lanzar otra mirada a su reloj. Después comenzó a andar pausadamente en dirección a la salida.  Nos condujo al teleférico y, según subíamos las escaleras, Luis Mary algo descontrolado ya, me dijo:

– Vamos a pegarnos a él como si fuéramos juntos. Si coge una cabina, nos metemos los 3 en la misma.

-¿No sería más prudente seguirle en la de atrás?

-Haz lo que te digo.

-De acuerdo contesté resignado.

El llamado Campuzano sacó un billete de ida y vuelta. Luis Mary, detrás de él, sacó dos para el mismo trayecto. La empleada miró el reloj y dijo:

-Tienen que volver antes de 1h; el teleférico  deja de funcionar cuando anochece.

En la terminal tuvimos que esperar unos segundos. A esa hora ya no subía nadie. El empleado nos miró a los 3. Estábamos mudos como estatuas y tensos como un arco a punto de estallar. Dijo:

-¿Les importaría ir en la misma cabina?

-No, se apresuró a contestar Luis Mary.

Yo no dije nada. El hombrecillo, tampoco, pero siguió lanzando las mismas ráfagas visuales por encima de sus hombros. Me llegaba por debajo de la barbilla, aunque advertí que tenía los músculos de un picapedrero.

Se sentó en un banco ocupando el centro Luis Mary y yo nos colocamos frente a él, tomándonos ligeramente por la zona de los muslos.

Miré hacia abajo y comencé a sentir vertigo. Intenté mirar a Campuzano, pero eso me producía desazón. Tenía los ojos de una paloma y parecía tan asustado como un animal de esa especie. Intenté sonreír y fracasé.

-Me están dando ganas de devolver conseguí articular finalmente.

No oí que nadie me respondiera. Cerré los párpados y las sensaciones se multiplicaron, pero los mantuve cerrados de todos modos. En el laboratorio de mi cerebro comenzó a producirse una actividad espontánea, ajena al control de mi voluntad: veía el negativo del rostro de Campuzano; pero poco a poco el negativo se volvía positivo y aparecían sucesivamente los rasgos pajariles del hombrecillo al que seguíamos. Observé que sus labios eran del papel de fumar, aunque algo rosados. Estaban contraídos en un gesto cruel, que anulaba la sensación de susto de su mirada. Me recordaron los labios de un cardenal cuya foto había visto en un libro de arte en mis tiempos de estudiante.

Cuando abrí los ojos, habíamos atravesado ya los tejados destartalados de las casas que hay en esa zona y estábamos en el punto más alto sobre el que pasa el teleférico: encima de un río.

Sentí en mi estómago la presencia de un gato encerrado o una pelota de gusanos de seda. 

Pensé que no podría retener el vómito y me volví a Luis Mary, que estaba muy serio, con la mirada clavada en la entrepierna de Campuzano.

Miré hacia allí y vi que por dejado de la cartera negra asomaba una navaja de 15 cm tan afilada como el labio superior de su dueño. El miedo apaciguó a los gusanos de seda y mi tensión nerviosa descendió ante el primer hecho concreto de aquella maldita noche.

Cuando nuestra cabina alcanzó la zona de la Casa de Campo sobre la que el teleférico discurre a menos distancia del suelo, el hombrecillo miró por primera vez hacia abajo. Luego levantó la mano izquierda y arrojó la cartera por la ventanilla que había encima de él, a su espalda. Pude ver, mirando de reojo, una sombra que se acercaba a recogerla. La navaja no había cambiado de posición ni la actitud nerviosa de Campuzano había bajado. Entonces, Luis Mary dijo:

-Enhorabuena, Campuzano. Tenías un plan perfecto.

El sujeto nos miró a uno y a otro, sin dejar por eso de vigilar su espalda, y graznó:

-Ustedes me seguían, ¿si, no?

Su voz estaba más cerca del garlido de una gaviota que del sonido de los distintos pájaros que había representado hasta el momento.

-Eres un águila respondió Luis Mary para acabar de completar mi muestrario ornitológico.

En esta situación llegamos a la terminal del teleférico, donde Campuzano cerró la navaja y se la guardó en algún lugar cercano a la ingle.

Descendimos detrás de él y vimos cómo se alejaba en dirección a una cabina telefónica.

-Vamos a esperarle dijo Luis Mary.

-Yo no regreso con ese pájaro respondí.

-No te preocupes, ya ha soltado la cartera, que es lo que quería. Ahora no es peligroso y le podemos sonsacar algo.

-Bueno.

El miedo me impidió dar una respuesta más inteligente.

El sujeto colgó el teléfono y salió de la cabina. Vino hacía nosotros.

-Van a volver conmigo ¿si, no? Dijo y echó a andar hacia la terminal.

Nosotros, sin abrir la boca, nos colocamos junto a Sinoéh, antes Campuzano, y con más miedo que vergüenza nos metimos en la misma cabina.

Oí el ruido de la puerta al cerrarse e inmediatamente, el sonido de una navaja automática al abrise. Se la colocó de nuevo entre las piernas.

-Como esto se mueva bruscamente, vas a pincharte en un sitio muy doloroso bromeó Luis Mary.

-Le gusta mucho jugar con fuego, ¿si, no? Respondió Sinoéh.

-Solo cuando la hoguera es productiva, Campuzano. Y la leña que tú usas vale mucho dinero. Asóciate conmigo y nos forraremos los dos.

-Yo no trabajo con inmorales respondió dando un repaso con los ojos a la indumentaria de Luis Mary.

-Es muy frecuente en la gentuza de tu calaña confundir la moral con la ley. Sois una especie de degenerados cuya definición escapa a los límites del código penal. Os parecéis a las polillas, que se mueven en torno a algo que nunca podrán alcanzar, porque en el momento de alcanzarlo se abrasan. Si lo que tienes entre las ingles te sirviera de algo, habrías colocado esa navaja en otro sitio.

La provocación de Luis Mary afiló la mirada de Sinoéh, que encogió los labios en una especie de fruncido orgánico repugnante. Tuve la impresión de que nuestro hombre iba a lanzar por el agujero resultante el sonido característico de una serpiente asustada. Afortunadamente, la navaja no se movió de su lugar, aunque ahora, sin la cartera negra ocultándola parcialmente, impresionaba más la capacidad penetradora de su hoja. Dije:

-Déjalo ya, Luis Mary.

-No te preocupes contestó,  el señor Campuzano, al que no sé si te he presentado en el viaje de ida, es una especie de reptil perfectamente estudiada y catalogada; de manera que conozco sus características. Lo que lleva entre las ingles sólo puede usarlo para impresionar, ya que una suerte de jugarreta genética le impide usarlo para otros fines fuera de los puros ornamentales. De lo que hay que cuidarse realmente es de su mordedura, que ocasiona una urticaria temporal parecida a la que produce el jugo que sueltan las orugas, esas larvas de mariposas que tienen forma de gusano.

Después de esta explicación científica, nos quedamos todos un poco silenciosos. Yo no sabía a dónde mirar y resolví la duda volviendo de nuevo los ojos a la navaja de la oruga. Pasados unos segundos, Luis Mary arremetió otra vez:

-¿No ves? Es lo que te decía, te hechiza con lo que tiene entre las piernas y, cuando el hechizamiento se convierte en hipnosis, te ataca en el cuello con los dietes. Menos mal que has venido conmigo, que soy un experto.

Ahora sí que escuché un silbido de serpiente que me heló la sangre. Cuando me fue posible levantar los ojos, la cara de Campuzano se sostenía sobre el cuello sometido a toda clase de tensiones musculares. Sus ojos me movían en la órbita precisa que distingue a ciertos animales momentos antes de atacar, y sus párpados parecían soldados, condenando a los ojos a mirar sin descanso. Era uno de esos monstruos, a los que acompaña el efecto de una respiración asmática que se resuelve en un silbido, cuya capacidad para producir terror venía dada por la impresión que da ver fuera del cuerpo lo que calculamos que todos debemos de tener por dentro.

Afortunadamente,  en este momento entrábamos en la terminal y los ruidos externos consiguieron aliviar la tensión en el interior de la cabina. Campuzano cerró la navaja con un movimiento preciso y salió delante de nosotros sin dedicarnos un solo gesto de desprecio.

Luis Mary todavía pretendía seguirle, pero un par de gorilas muy simpáticos nos detuvieron en la puerta y nos obligaron a jugar delante media hora en una maquinas tragaperras, estratégicamente situadas en el lugar, mientras Sinoéh, el pájaro-reptil, se largaba escaleras abajo. Los dos gorilas, que conocían aquellos puntos del cuerpo donde el dolor alcanza su máxima perfección bajo el menor estímulo, nos castigaban entre risas cuando no conseguíamos en la máquina la puntuación precisa para sacar una partida gratis. Yo, que no he sido nunca hombre de barra ni de tragaperras, me llevé la peor parte.

Cuando se fueron tras proferir diversas amenazas para el caso de que nos volviéramos a encontrar, Luis Mary intentó reírse, pero el movimiento excesivo que se requiere de los músculos faciales para producir la risa le ocasionó un reflejo doloroso en sus castigados hombros y estuvo a punto de desmayarse.

-¿En qué andas metido? Conseguí preguntarle.

-Ya te contaré; hay mucho dinero por medio.

-Sí, pero los hospitales son caros y a lo mejor este tipo de accidentes no los cubre la Seguridad Social. Así que hazme un favor: olvídate de mí para este asunto.

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