​Recuerdo una frase leída en algún sitio y repetida luego hasta la saciedad: Lleva cuidado con lo que deseas en la juventud, porque lo tendrás en la edad madura. Junto a ella aparece otra de semejante calibre que la complementa y que fue para los de mi generación tan importante como la primera: A partir de cierta edad cada hombre es responsable de su rostro.

He querido citar a propósito de mi amigo Luis Mary, que se las aprendió a una edad terrible, situada entre el ginal de la adolescencia y el principio de lo que luego resultó ser la juventud, y que se las creyó hasta el punto de convertirlas en un programa de vida. Si deseó lo correcto, el diablo y él lo sabrán; lo cierto es que a los 35 tenía el rostro que caracteriza a los habitantes de las tinieblas. Y no sólo el rostro, sino que su cuerpo había adquirido también cierto perfume entre descompuesto y agrio, que llevaba consigo a todas partes como ejemplo vivo de lo que puede ser una madurez precedida de un pasado turbulento y rico en toda clase de experiencias extrañas, prohibidas o no.

Ahora ya no va a ningún sitio ni molesta a nadie con sus amargas quejas acerca de la vida o con sus crueles ironías sobre quienes formamos parte de ella. Está muerto. La semana pasada le dimos tierra en el cementerio civil con gran disgusto de sus ancianos padres. Han situado su cadáver a 1’50m de la superficie y tiene como vecinos a un par de suicidas, que con un tiro en la boca o una corbata mortífera alrededor del cuello pasaron a su suerte de existencia donde el deseo y las corrientes eléctricas que éste produce han desaparecido para siempre.

Mi amigo, como puede advertirse por las líneas anteriores, era un personaje de novela. Había leído demasiadas historias que le hicieron perder el sentido de la realidad; de la otra realidad, mejor dicho, donde discurre la vida cotidiana y uno acaba  una carrera, encuentra trabajo, crea un hogar, prospera, tiene hijos etc.

Recuerdo una de nuestras discusiones favoritas en lo tiempos de facultad:

-Necesito vivir así decía él para acuñar experiencias. Quiero ser escritor y los escritores no pueden ser vulgares.

-Tú no quieres ser escritor le respondí desde una posición vital que a él le parecía mezquina y ruin. El que quiere ser escritor soy yo.

A ti lo que te gusta es ser un personaje de novela  y hay que elegir entre una cosa y otra, porque no se pueden ejercer las dos al mismo tiempo.

-No, no. Tú eres un tipo muy normal: tu traje, tu corbata, tu novia… Acabarás haciendo oposiciones y serás un buen funcionario.  Pero escritor, no; no das el tipo. Además, te llamas García de apellido.

-Ya veremos. De todos modos, estoy dispuesto a hacerte un favor: si perfeccionas tus modales como personaje de novela, tal vez te incluya en una de las mías cuando sea famoso. Pero has de procurar trabajar más tu aspecto; no disfrazarte con esos jerseys y esos zapatos que Dios sabe de dónde sacas. Además, tienes cierta tendencia a sobreactuar tus papeles.

En fin, en discusiones así gastabamos nuestro tiempo libre de estudiantes. En honor a la verdad, he de decir que su fracaso fue menor que el mío. No consiguió ser novelista, pero sí llegó a ser un buen personaje de novela. Yo, en cambio, además de no haber logrado nunca escribir más de 30 folios seguidos, tampoco conseguí retener junto a mí a la única mujer que he querido, encontré un trabajo digno de mis ambiciones adolescentes; no tengo en fin, muchas posibilidades de progresar en la vida. Un desastre. Eso sí, vivo de la pluma. Soy gacetillero en una de esas revistas que hay en las mesas de todas las peluquerías. Trabajo 6h diarias( los días de cierre un poco más) y mi trabajo consiste en escribir inmundos comentarios a las fotos inmundas que me pasa el redactor jefe. Me llamo Manolo G. Urbina (lo digo completo por si alguien lo reconoce, pues a veces también firmo inmundos artículos sobre estrellas de cine y televisión).

Por eso he decidido desquitarme de tanta vida inútil y cumplir, de paso, la promesa que un día le hiciera a mi amigo: lo voy a meter en una novela; en ésta que ahora mismo, esta tarde de otoño, comienzo con un ritmo febril para que mis vecinos escuchen el teclear de la máquina y se enteren por fin de que en el apartamento número 7 del tercer piso vive un escritor.

Y la voy a escribir por dos razones.

Primera: porque sospecho que mi amigo no se suicidó, sino que fue asesinado por alguna razón que me propongo descubrir.

Segunda: porque, si en el curso de esta investigación me llegara a ocurrir algo desagradable, la policía podría encontrar en estos papeles alguna pista de importancia para capturar al doble asesino.

La presunción de que mi amigo ha sido asesinado no se basa únicamente en el hecho de que me apetezca escribir una novela en la que aparezca él como protagonista( en la medida en que un cadáver pueda ser protagonista de algo), sino en algunas conjeturas que hice a raíz de su entierro aprovechando ciertos datos que él mismo me había facilitado en vida.

Efectivamente, hace cosa de mes y medio o dos meses, a finales del verano, me lo encontré sentado en una de esas cafeterías caras que hay en el Paseo de Rosales. Hacia un año o dos que no nos veíamos. Después de acabar nuestros estudios mantuvimos intacta durante algún tiempo nuestra amistad,  pero como es frecuente en personalidades tan distintas, que en un momento se unen para completarse, las circunstancias nos fueron alejando. Yo he sido un hombre de pocos recursos y escasa imaginación y pronto tuve que comenzar a buscarme la vida. Luis Mary, más ingenioso que yo y también más hábil para la resolución de las cuestiones cotidianas, comenzó entonces, como veremos, a buscarse la muerte. De manera que nada sabía de él, excepto por referencias vagas de amigos comunes que tan pronto decían que se habría ido a vivir a Marruecos con una pintora, como que estaba en Barcelona apartado de todo y entregado a la tarea de escribir una obra maestra. Total, que su existencia no dejaba de ser una amenaza para mí, pues de un tipo como él podía esperarse cualquier cosa, incluso que un momento dado escribiera una buena novela.

Sin embargo, ese día de finales de verano al que me refería, Luis Mary no se encontraba en ningún país exótico, ni en un ático barcelonés, ni siquiera en la redacción de una revista más prestigiosa que la mía. Estaba en Madrid, sentado en una terraza, como digo, apurando un gin-tonic y vigilando el portal de una casa cercana.

Confieso que su aspecto no me gustó nada y que eso me produjo una cierta alegría que me cuidé muy bien de confesarme. A pesar del calor, llevaba unos pantalones de pana descoloridos y una camisa negra, de seda quizá, que le estaba demasiado ajustada para ser suya. El pañuelo rojo con el que contribuía a abrasar su cuello era el remate más infame que se pueda imaginar a la indumentaria descrita, de no ser por los botines que calzaba y que posiblemente habían sido de ante negro en algún tiempo; tenía una botanadura sin forro en el lado exterior y una fina correa a la altura del tobillo. Más tarde advertí que debajo de uno de ellos, el derecho creo no había calcetín.

Yo iba con un traje nuevo, estrenado en julio, que había sido un éxito en la redacción de la revista. Era de color gabardina y tenía un corte perfecto, como de periodista ocupado y triunfante. Reconozco que desde algún punto de vista este traje mío podría resultar vulgar, pero lo importante es que no necesitaba llevar el precio puesto para que los demás (sobre todo el redactor jefe) advirtieran que era muy caro. De manera que me coloqué el nudo de la corbata y me acerqué a la mesa de mi amigo dispuesto a recomendarle un sastre y un buen peluquero.

-Buenas tardes, Luis Mary.

Advertí que se había asustado más de lo debido, pese a que yo intenté sorprenderle. No obstante, reaccionó en seguida.

-Buenas tardes, Manolo Ge Urbina. Siéntate si no estás en trance de escribir el reportaje de tu vida y tomemos una copa.

Que me llamara por mi nombre completo me humilló, pues significaba que leía mis inmundos artículos y que mi modo de firmar le había demostrado algo que sospechaba desde hacía años: que llamándome García (y avergonzádome de ello sobre todo) no podía yo tener ningún futuro brillante. Creo que me puse algo rojo.

Luis Mary se rió:

-No te preocupes, hombre; hay apellidos peores para esta confesión tuya. Si te llamaras Campuzano, por ejemplo, a lo más que podrías aspirar sería a dirigir un folleto religioso o comercial escrito al dictado de tus jefes. Además, Campuzano rima con algunas palabras peligrosas y eso te expondría a mil chascarrillos desagradables.

-Pues tú tampoco puedes presumir de apellido dije tras pedir al camarero un té caliente para quitarme la sed.

-¿Cómo que no, Manolo Ge? Ruiz es un apellido precioso, de gran sonoridad. Además, los que nos llamamos Ruiz tenemos la habilidad innata de encontrar seudónimos alternativos de gran prestigio: Azorín, Picasso, Baroja…

-Baroja no se llama Ruiz.

-Me refiero a un amigo mío que hace cine. Ahora escucha: ¿sigues en esa infame revista?

-Sigo en esa infame revista ganando un sueldo infame con el que puedo permitirme el lujo de vestir decentemente, pagarme un apartamento y salir de vacaciones, todos los años.

Puedo, con ese sueldo infame, pagarte incluso la copa que te bebés.

-Me tendrás que invitar a la siguiente, porque ya está pagada. Pago cuando me sirven por si luego aparece alguno de esos gorrones que tienen dinero para todo, excepto para invitar a los amigos. Por cierto, que voy a darte la oportunidad de tu vida. ¿Qué crees que estoy haciendo aquí?

-De momento, insultarme respondí.

-Error, eso lo puedo hacer en cualquier sitio. Estoy vigilando a un tipo.

-¿Dónde está?

– No está, pero estará dentro de un rato. Saldrá de ese portal con una cartera negra en la mano y nosotros lo seguiremos allí donde vaya.

-Yo no. Tengo prisa.

-¿Has quedado con Teresa? Me dijo que ya no os veíais.

Luis Mary tenía esa mezquina habilidad, que algunos llaman ingenio, de golpear en las zonas más dolorosas de la personalidad de sus amigos. Teresa había sido el fracaso sentimental de mi vida. Fuimos novios desde los últimos tiempos del bachillerato hasta el final de la carrera.

Me dejó, porque, según ella, yo sólo sabía moverme en un plano. Llegó a odiar mi equilibrio, mi manía del orden, mi necesidad de encontrar el método adecuado para el desarrollo de cada actividad. Decía que yo la amaba, pero que la amaba de acuerdo con unas normas preeestablecidas; que programaba mi amor del mismo modo que programaba mis estudios: era, en definitiva, un hombre sin sorpresas. Teresa no supo curarme; ignoraba que ese orden externo era el contrapeso necesario al caos interior que aún me habita. Jamás adivinó que cada cosa que colocaba por fuera denunciaba alguna clase de desajuste interno. Yo he tenido que luchar durante toda mi vida contra la locura con la misma fuerza con que un alcohólico rehabilitado ha de enfrentarse a su deseo: sabiendo que bastaría un sorbo del antiguo veneno para deslizarse de nuevo por el tobogán que conduce a ese temblor poblado de monstruosos insectos. Teresa amaba en mí esa zona oscura que nunca he mostrado, pero que un mirada en el modo de encender un cigarro o de entregarle la propina al acomodador del cine. Me amaba, pues, por lo que yo más odiaba de mí mismo y nuestra ruptura me dejó de recuerdo    (a parte de 6 corbatas y un mechero de oro, que todavía conservo) una de esas heridas sin sutura cuyo olor han detectado todas las mujeres a las que luego he intentado acercarme.

La ilusión de mi amigo fue a dar en esa herida y la violencia con que me golpeó no venía tanto del hecho de nombrar a Teresa, como de la información lateral que contenía su frase: Me dijo que ya no os veíais. Ese me dijo significaba que él la había visto y dejaba abierta la puerta para que mi fantasía imaginara cualquier cosa acerca de la relación entre ambos. Dije:

-¿Tú no tienes ningún punto vulnerable?

-Sólo uno, Manolo Ge: la muerte. La llevo en la cerviz, como los toros, y es fácil de encontrar.

Ahora deja de sufrir un momento, que el tipo de la cartera negra debe de estar al salir. Tranquilízate, no tengo nada que ver con Teresa. La veo de vez en cuando, como antiguos compañeros; eso es todo. Debes saber que soy un hombre casado.

Tuve algunas tentaciones, que reprimí a tiempo, de averiguar la profesión de su mujer. Mi insulto sólo habría servido para poner más a la vista el daño que me había hecho. Nos quedamos silenciosos, con la mirada dirigida al portal.

Él a la espera de que le diese la enhorabuena; yo, en la esperanza de que le partiera un rayo.

Entre su espera y mi esperanza había una distancia calculable en unidades de idio, que no me fue posible medir, porque en ese momento apareció en el portal  una suerte de enano, por otra normalmente constituido, que llevaba una cartera negra, excesiva para su tamaño, bajo el brazo derecho. Pareció dudar unos momentos sobre el camino a seguir y, después de una rapidísima mirada sobre quienes permanecíamos en la terraza, dio un giro a la derecha y comenzó a andar dándonos la espalda.

Luis Mary se levantó con una calma contenida, extrajo de uno de sus bolsillos una pelota de billetes de banco y dejó uno, que habría servido para pagar tres copas más, sobre la mesa. Dijo:

-Vamos.

Y comenzó a andar tras el hombrecillo. 

Ignoro qué impulso me obligó a seguirle, aunque no dudo que procedía de la parte más débil y menos equilibrada de mi carácter. También influyó, seguramente, en mi repentina decisión el hecho de que Luis Mary parecía saber cosas acerca de Teresa. Estar junto a él en aquellos momentos era un modo de relacionarme con ella.

Anuncios